La patria del balón | Mundial 2026 de Fútbol


Convendremos todos en que Francia ya era un rival temible antes de la última columna de Mariano Rajoy, esa en la que aseguraba que la selección gala juega sin futbolistas franceses, es decir: sin futbolistas blancos ataviados con una boina, una camiseta de rayas marineras y una baguette debajo del brazo, que es como debe imaginarse el expresidente español a nuestros vecinos del norte.
Y lo sorprendente no es tanto la teoría en sí misma, sino descubrir que sigue habiendo gente dispuesta a explicarnos Francia como un catálogo de tópicos racistas disfrazado de guía turística.
Las palabras de Rajoy explican muchas cosas —casi todas sobre el propio Rajoy—, pero no por qué lleva Francia más de tres décadas produciendo futbolistas capaces de amargarle la vida a cualquier selección del mundo, en especial las representadas en este Mundial, aunque solo sea por una cuestión de proximidad. Tampoco explica las virtudes de España en lo futbolístico, que son casi tantas como las de los franceses, y ese es un gesto que quizá debamos agradecer al ahora columnista mientras tratamos de imaginar ese plan de partido que nos lleve hacia la victoria. Porque una cosa es manosear el padrón de un país amigo y otra, bastante más urgente, averiguar cómo demonios se le gana a una selección que, hoy por hoy, nos parece imbatible.
España conoce el antídoto, ya lo demostró en la Eurocopa de hace dos veranos. Consiste en quitarle el protagonismo a los delanteros galos para entregárselo a sus defensas, más proclives al tropiezo cuando intuyen alguna amenaza, algo que no ha ocurrido en todo el campeonato salvo la primera parte del primer partido, frente a Senegal: suerte que aquel día no estaba Rajoy en su puesto de la aduana.
El balón es la clave para desactivar el arsenal francés y España ha ocupado los mejores años de nuestras vidas en fabricar ese tipo de futbolista capaz de acaparar la pelota sin miedo a provocar un conflicto diplomático. Por eso podemos respirar tranquilos, que no confiados: porque pocas noticias resultan más tranquilizadoras antes de enfrentarse a Mbappé, Olise y compañía que saber, con conocimiento de causa, que ese único balón sobre el césped suele acabar, tarde o temprano, en los pies de Lamine Yamal.
Nunca en nuestra historia hemos disfrutado de una amenaza individual como la que supone el futbolista de Rocafonda para cualquier defensa rival. La España campeona de todo jugaba frente a tu puerta mientras esperaba a que alguien abriese una ventana, pero con Lamine Yamal sobre el terreno de juego bien podría echar abajo una pared o destruir el tejado. Esta es una selección capaz de adormecer a los rivales con paciencia, pero también de despertarlos del plácido sueño con una alarma tan irritante como aquella del radar que incorporaban los iPhone. Y son pocos los equipos capaces de viajar hasta las semifinales con un futbolista especializado en convertir cualquier ataque posicional en un accidente geográfico.
Francia seguirá siendo un rival descomunal aunque Rajoy se crea con la potestad de concederle o retirarle el pasaporte a media plantilla. Su delantera impone, su centro del campo dispone y tiene una defensa que parece sacada del modo leyenda de un videojuego.
Pero a veces, y por fortuna, el fútbol no se decide en base a gráficos de rendimiento ni en las profundidades de un luminoso laboratorio táctico. A veces basta con un solo instante en el que un muchacho de 18 años (hoy 19) recibe la pelota pegado a la línea de cal, levanta la cabeza y obliga a un país entero a dejar de respirar durante cinco segundos: el mismo tiempo, sospecho, que debe tardar Mariano Rajoy en dictar sus columnas.
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