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Conde de Godó 2026: Por qué el Godó es ‘més’ que un torneo: espíritu de club, centenario y, si breve, dos veces bueno | Tenis | Deportes

Rostros felices en el Godó, envuelto con gusto por la primavera y donde los tenistas pasean de un lado a otro entre familiaridad y espacios que sienten propios, suyos, reconocibles. Tenis de club. Frente a las estructuras estandarizadas y a veces impersonales de otros torneos pertenecientes a grandes multinacionales que siguen imponiéndose en el engranaje, Barcelona ofrece una singularidad y un espíritu genuino ya excepcional en el circuito que el número dos del mundo, Carlos Alcaraz, califica de “especial”. Es decir, un islote con encanto que comparte guiños estilísticos y conceptuales —entre las citas de relevancia— con Montecarlo y Queen’s, pero poco más. El resto, moles más o menos parecidas que responden al sistema monocolor actual.

Las pistas de Pedralbes atrajeron en su día a figuras como Björn Borg o Ilie Nastase, Ivan Lendl o Mats Wilander, del mismo modo que contaron con la presencia sistemática de Rafael Nadal —12 títulos, el más laureado— y ahora de Alcaraz, quien hace tres días se marchaba antes de lo previsto —lesión de muñeca, adiós también Madrid— y encuentra un oasis en la semana catalana. Frente a escenarios postizos, orígenes y lo auténtico. “No tengo miedo a decir que quizá tocaba descansar esta semana, porque jugamos un Masters 1000 la anterior y luego vienen Madrid, Roma y Roland Garros”, decía el murciano a su llegada. “Tocaría un descanso, pero este es un lugar especial para mí y si el cuerpo me lo permite, voy a venir siempre”.

Antes de que sufriera el percance articular frente al finlandés Otto Virtanen, el de El Palmar remarcó su predilección por un formato que continúa extinguiéndose y que particularmente, él y otras figuras echan cada vez más en falta. El equilibrio que se pierde. Lo sostenible. En poco más de un abrir y cerrar de ojos: torneos maratonianos, solapándose si no estorbándose, y el calendario cada vez más saturado; se une todo a la exigencia del sistema —jugar para defender puntos— y la ambición económica de los protagonistas. Preguntado sobre el escaso margen del que dispone en determinadas franjas de la temporada, Alcaraz, de 22 años y en la élite desde 2021, incidía en lo emitido varias veces: “Yo siempre he defendido los torneos de una semana y voy a seguir haciéndolo. Siempre son mejores”.

Son también muchos los aficionados que demandan la vuelta al viejo modelo, argumentando que con esa duración, aumenta la calidad —mejores enfrentamientos desde las primeras rondas— y el seguimiento de la competición es más claro, menos difuso; de lunes a domingo, esto es, un punto de partida y un cierre más naturales. Aunque en 2019 los Masters de Indian Wells y Miami ya insinuaron un crecimiento, fue en 2023 cuando la mayoría de los miles incorporaron la extensión de dos semanas; entre ellos, Madrid, Roma y Canadá. Hoy día, solo de los nueve que figuran en el calendario conservan los siete días (Montecarlo y París) y el resto han adoptado los 12. En consecuencia, torneos de categoría inferior (ATP 500, caso del Godó o 250) sufren un sándwich.

Alta gama

“No conozco a nadie al que le gusten los de dos semanas”, protestó en su momento Alexander Zverev. No opinan lo mismo desde los despachos, donde intentan monetizar al máximo cada segundo. ¿Qué significan más días? Más venta de entradas y mayor tajada por los derechos de televisión y comerciales. Una aproximación al patrón de funcionamiento de los cuatro grandes; la división entre estos y los miles es cada vez más imperceptible. En contraposición a las críticas, la prolongación permite que tenistas con un ranking inferior tengan oportunidades que en otras circunstancias no serían posibles, pero el precio a pagar por las figuras —aquellos que llegan más lejos, luego que juegan generalmente más partidos— es elevado.

“Muchos piensan que los eventos de dos semanas son más fáciles para nosotros, pero no es así”, lamentaba el estadounidense Tommy Paul en unas declaraciones recogidas por Clay. Aunque ofrezca mayor tregua entre una ronda y otra, el nuevo modelo hastía a los tenistas, quienes deben invertir más tiempo fuera de casa e inmersos así, por tanto, en la erosiva rutina mental de la competición. De ahí que estos días en Barcelona les sepan tan bien: criterio y nivel, cercanía en la organización. E historia. El RCTB nació hace 127 años (1899) y conserva el carácter seductor de siempre, categorizado por la ATP como un torneo de alta gama y capaz todavía, pese a la inercia de los tiempos, de contar con la presencia de algunos fueras de serie.

“Barcelona es magnífica para el tenis”, apreciaba estos días el suizo Stanislas Wawrinka en una entrevista concedida a La Vanguardia. “Somos diferentes”, saca pecho el nuevo director, Tommy Robredo, a la vez que los últimos acontecimientos confirman que ni Alcaraz ni Novak Djokovic desfilarán por la Caja Mágica de Madrid; uno por la muñeca, el otro por unas molestias que no terminan de remitir en el hombro. Pese a que todavía queden cuatro días para el inicio, el torneo de la capital española —inaugurado en 2002 por el multimillonario Ion Tiriac— intenta amortiguar el doble golpe. Reunirá otra vez a un pelotón destacable y ahí estará la número uno, Aryna Sabalenka; sin embargo, no son pocos los que piensan cómo logrará mantener viva la llama durante 12 largos días.

LAS FIGURAS: EN TORNO A UN MILLÓN

Los tenistas de primera línea (top-30) están obligados a jugar una cifra mínima de torneos, determinada según las categorías y con algunas excepciones a razón de la edad, los méritos y su recorrido en la élite (una cifra concreta de partidos). En caso de incumplimiento, acarrea sanciones.

El Godó es una de las opciones en la categoría 500, la tercera en importancia tras los cuatro majors y los nueve Masters 1000. Son torneos de una semana, pero con una particularidad en el caso del Godó: sigue los parámetros tradicionales los clubes ingleses de la primera mitad del siglo XX.

Para tratar de captar a las estrellas, caso de Djokovic, Alcaraz o Sinner, deben tirar de talonario. Varían sus tarifas, pero hoy día la cantidad a desembolsar está en torno al millón de euros. En otros tiempos, con Rafael Nadal y el suizo Roger Federer sobre el tapete, la cifra era lógicamente inferior.


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