México y Estados Unidos: un Mundial, dos planetas diferentes

Más que haberse jugado en tres sedes diferentes, el Mundial 2026 debería ser recordado como el primero que se realizó en dos planetas distintos. En contraste con un México que se confirmó por tercera vez como un orgulloso y encendido anfitrión en continuidad con sus experiencias de 1970 y 1986, Estados Unidos y Canadá cumplieron su aséptico papel de donantes de predios de fan fest y estadios lujosos —casi siempre llenos, eso sí—, las únicas islas de fútbol de dos países que este lunes ya se habrán olvidado de que allí hubo un Mundial, si es que en algún momento lo supieron.
Este martes por la tarde, mientras la España de Lamine Yamal y la Francia de Kylian Mbappé paralizaban desde Dallas a gran parte del mundo, ningún televisor de los bares del aeropuerto de Atlanta emitía la semifinal. Lo mismo ocurría en las pantallas de la terminal de autobuses, en el centro de la capital de Georgia, encendidas en los canales de noticias CNN y Fox. A pocas cuadras, en una gasolinera de la ciudad, sus televisores permanecían apagados. El despachante del comercio miraba el partido desde su teléfono personal. “Gana España 1 a 0”, informó en inglés, sorprendido de que alguien —un argentino— le preguntara cómo iba el partido, todavía en el primer tiempo.
Al día siguiente, la misma Atlanta recibió en su magnífico estadio a la otra semifinal, un Argentina-Inglaterra incandescente. Si se accedía por la avenida Northside Dr SW dos horas antes del partido, nadie podría arriesgar que allí estaba por jugarse aunque fuera un partido de Segunda División: la calle que serpentea a 100 metros del estadio permanecía desierta, y no porque la policía hubiera cortado el tránsito. La mayoría de los fanáticos con camisetas de Lionel Messi y Harry Kane, es cierto, ingresarían minutos más tarde por la plaza Internacional de Georgia, en el sector opuesto, pero eran como las manadas de búfalos que avanzan por la sabana africana ante la indiferencia del resto de los animales. Los oficinistas estadounidenses ni siquiera les prestaban atención.

A la distancia, el mundo entero parecía querer ingresar al estadio, con entradas que en la reventa callejera se pagaban a más de 5.000 dólares, pero enfrente, en uno de los restaurantes del centro de convenciones de Georgia, los televisores sintonizaban un partido de béisbol. Dos de los edificios vidriados del downtown exhibían, al menos, gigantografías alusivas al Mundial, una de Yamal y otra de una tapita de botella de Coca-Cola de cuyo interior sale una pelota de fútbol, aunque sin referencias a futbolistas estadounidenses. Dentro del estadio, a juzgar por las camisetas que llevaban los hinchas, el tercer equipo con más presencia era el de los mexicanos, que en su mayoría decían hinchar por los británicos. Cada tanto, para recordar que el partido se jugaba en Estados Unidos, se veía alguna camiseta de US Soccer, visitante de local.
Hace ya dos semanas, periodistas de diferentes nacionalidades que hasta entonces habían permanecido durante el torneo en Estados Unidos llegaron al Azteca para el cruce entre México e Inglaterra por los octavos de final y hablaban como si su Mundial recién comenzara entonces: incrédulos, en su comparación con la indolencia con la que Estados Unidos trataba al Mundial, no podían creer la fiesta popular desatada en la Ciudad de México.
La sala de prensa del Azteca se llenó de frases celebrantes como “acá hay chicos que juegan al fútbol en las calles” o “en Estados Unidos a veces ni siquiera hay clima de Mundial dentro de los estadios: los hinchas comen pochoclos, están atentos a sus teléfonos y no miran el partido. México es todo lo que uno espera de un Mundial”. Eran periodistas que acababan de comprobar que la llegada al Azteca podría tardar más de dos horas desde otro punto de la ciudad y que más de un millón de personas se congregaban ante el Ángel de la Independencia en cada partido de México.

Con entradas disparadas a un lado y el otro de la frontera, la pasión con la que se vivieron los partidos en el Mundial también se definió por el entorno de los estadios. Si enfrente del de Atlanta se erigen salones de convenciones y empresas corporativas, al Azteca lo rodea Santa Úrsula, una barriada popular de la Ciudad de México que le contagia su calor al templo que recibió más partidos de la Copa del Mundo de la historia. Mientras en las calles de la capital mexicana —y de Guadalajara y Monterrey, las otras sedes— todavía se multiplican los murales, los carteles publicitarios y la venta de mercadotecnia del Mundial, en Estados Unidos muchos no saben que el domingo se juega una final.
Gran parte del país no espera el cruce entre un duelo de estilos, la competitiva Argentina contra la estilística España, ni por el duelo generacional de Lionel Messi y Lamine Yamal, sino por los shows del entretiempo de Justin Bieber, BTS, Madonna, Robbie Williams. Si en México —como en casi todas partes del mundo— el Mundial se vivió de manera subcutánea, debajo de la piel, en Estados Unidos también la final se parecerá a un Super Bowl, con cuatro tiempos y un show en el intervalo principal.
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