El quinto sabor del fútbol | Mundial 2026 de Fútbol


Tengo un amigo inglés con el que me gusta ver fútbol, sobre todo porque su forma de ser del Arsenal daría para un personaje de Nick Hornby. En México vive otro amigo tan del Racing que hasta que no venga a Santander a celebrar nuestro triunfo es como si el equipo no hubiera ascendido del todo. El día que jugaron ambas selecciones, la inglesa y la mexicana, pensé mucho en ellos, y vale que en este Mundial hay días en los que vas con los equipos pequeños por aquello de hacer un corte de mangas al orden preestablecido; sin embargo, cuando quise mandar un mensaje para desearles suerte antes del partido, se me enredó la rivalidad y acabé por no enviarles nada. A la mañana siguiente, mientras se hacía el café y la cocina olía a ese inicio cotidiano, leí la crónica del partido en la que el país anfitrión había caído derrotado en el Estadio Azteca, y me alegré por mi amigo inglés, claro, pero fui incapaz de apretar las teclas pensando en el de México. Tenemos la cabeza llena de mensajes que no enviamos aunque los hayamos escrito mentalmente, es la diferencia entre la intención y la determinación, pero en el fútbol es difícil trazar una frontera clara entre ambas. ¿Puedes alegrarte del éxito ajeno cuando va en contra de una emoción propia, como por ejemplo cantar un gol de una selección aunque el jugador sea del equipo que detestas en tu liga? De nuevo recurro a Galeano en esta tribuna porque una de sus citas encarna a la perfección la extrañeza emocional que provocan los Mundiales, la de querer abrazar al jugador al que le deseas una expulsión durante la temporada, o la de ansiar que falle el héroe de tu escudo cuando viste el escudo de su país.
“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”, dice el escritor, pero ese límite queda difuminado en el Mundial a la vista de cómo amigos madridistas gritaron este lunes de placer al ver la asistencia de Ferran Torres a Mikel Merino, aunque hoy lo negarán, como negarán los del Barça la admiración por Cucurella cuando le vean correr en el Bernabéu. Efectivamente yo no podría cambiar de equipo, pero el amor que siento por el mío no me impide admirar con una sana prudencia a los demás; porque así entiendo la rivalidad, como un aderezo que multiplica nuestros sentidos, una pasión por la que merece la pena perder la cabeza para darle a la vida su quinto sabor.
Rivalidad no solo es querer acabar con tu oponente; la rivalidad también es Lukaku imitando el baile de Trump (ese en el que se mueve como una palmera con brazos de T-Rex) tras marcar el cuarto gol a Estados Unidos. Rivalidad es ver a Lamine Yamal abrazar a Cristiano para reconocer el final de una carrera portentosa mientras sabe que ese gesto será lo más viral del día. Rivalidad es despedir a Neymar y a Modric de su último Mundial, mientras Haaland remata de cabeza sin cerrar los ojos, y trotando. Rivalidad es ver a Rodrigo vacilar a Bernardo Silva cuando casi nos empata y en ese conato de tangana pensar en el vestuario compartido del Etihad. Rivalidad es desear ganar por encima de todo, incluso por encima del desconcierto que supone no saber ni lo que sientes, porque si lo supieras, no verías fútbol. Ya lo decía Nick Hornby, que eligió al Arsenal de la misma manera que uno se enamora, sin razones suficientes.
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