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Los otros disparos de la guerra contra Irán

El presidente de EE.UU. Donald Trump acaba de causar una nueva zozobra entre los analistas con el cálido abrazo a Corea del Norte, un enemigo de Washington con capacidad destructiva nuclear y, al mismo tiempo, con el repudio a Corea del Sur, socio clave de la potencia norteamericana en el Indo-Pacífico para contener a China. En las mismas horas, el mandatario republicano consagró en un mapita como parte del territorio estadounidense el estrecho de Ormuz, que está bajo control total de Irán y es la pieza central de una guerra que configura el mayor desastre militar de EE.UU. desde Afganistán o Irak. Esas incongruencias vinieron acompañadas de la amenaza de bombardeo contra otro amigo de Washington, Omán, si es que ese país árabe negocia con Teherán.

Es improbable que la renovada señal de afecto a la dictadura norcoreana aliada de Beijing y Moscú, constituya una estratagema del magnate para distraer el caos del Golfo como se ha supuesto. El líder republicano profesa real estima por el mandamás de esa extravagante dictadura, Kim Jong-un, con quien se reunió ya tres veces y busca una cuarta. Convencido, aunque no logró nada en esas citas, de que fue su mejor momento geopolítico, lejos de los desasosiegos del presente. Pero es cierto que el episodio coincide con el vencimiento, esta semana, del fallido memorándum de entendimiento que EE.UU. e Irán firmaron en junio como la mayor oportunidad para cancelar un conflicto que estruje como ningún otro la economía global y la norteamericana en particular.

El fracaso de ese intento mide el de la propia potencia, incapaz de seguir adelante o retroceder. Frente ese cierre aparece ahora nuevamente la apuesta de que la colosal crisis económica que experimenta la República Islámica la obligue a ceder. La magnitud de ese desastre, que viene desde antes de la guerra, es posible constatarla indirectamente por medio de las imágenes que se publican con frecuencia ahora de un Irán con menos restricciones religiosas, velo incluido. Es para aliviar la presión sobre una población empobrecida y con recursos muy disminuidos que confronta un inflación del 90% anual y una devaluación del rial por encima del 96%, condiciones que amplifican la dependencia iraní de China y Rusia.

El propio escollo en que se convirtió el memorándum indica, sin embargo, la improbabilidad de que esas carencias modifiquen la postura endurecida de la dictadura. Teherán con ese papel se declaró vencedor de la contienda. El documento contenía un artículo que el régimen tradujo como la aceptación de su potestad sobre Ormuz, además de otro puñado de derechos. Una lectura que negó Washington. Pero la redacción confusa, premeditadamente vidriosa del texto, fue consecuencia de la urgencia de Trump para desembarazarse de este callejón. Lo acordado indicaba que la Casa Blanca se avenía a una amplia batería de concesiones, desde la devolución de miles de millones de fondos congelados hasta una multimillonaria reconstrucción del país.

La iniciativa fracasó no solo por el costo político de esa capitulación que le impedía a EE.UU. reclamar victoria. El problema principal ha sido la mutación que la guerra generó en una región de enorme valor estratégico. Irán se afirmó en una posición de fuerza, tutelando objetivamente el paso naval de Ormuz y, con su milicia hutí, el de Bab el-Mandeb sobre el mar Rojo, claves ambos para el trasiego de combustibles, insumos y mercaderías.

El presidente estadounidense Donald Trump se reúne con el líder norcoreano Kim Jong Un en la zona desmilitarizada que separa las dos Coreas, en Panmunjom, Corea del Sur, el 30 de junio de 2019. Foto Reuters

El costo del descalabro ha sido el distanciamiento de aliados centrales del mundo árabe que EEUU. fue incapaz de proteger. El reino saudita bloqueó el uso de la Base Aérea Príncipe Sultán y su espacio aéreo a Washington y se unió en un acuerdo de mutua defensa con Turquía y Pakistán, el satélite chino. Recordemos que Riad fue el principal socio de Trump, junto a Qatar, y Emiratos Árabes Unidos, para el “histórico” plan de paz en Gaza. Las claves de ese acuerdo eran el desarme de Hamas y la salida del ejército israelí de la Franja con la preservación de sus históricos habitantes.

Incluía una estructura administrativa palestina para el enclave, como paso previo a una solución estatal para ese pueblo. Eran las condiciones de los socios árabes que Trump avaló. Se explica en que el cemento que unió a esas piezas es el corredor India-Europa (IMEC), un proyecto por mar y tierra que competirá con la ruta de la seda china y cuyo recorrido ferroviario debería cruzar por Cisjordania. La corporación Trump está íntimamente involucrada en esa iniciativa. El presidente no diferencia gobierno de intereses personales.

Pero Israel acaba de dar un nuevo portazo al acuerdo sobre Gaza luego de que Trump lo revalidara como parte de las pullas con el premier Benjamín Netanyahu, a quien culpa del desastre en que acabó la ofensiva contra Irán después que lo convenció de que sería una aventura sencilla. Un detalle para detectar lo que se juega en las trastiendas, es la reciente excursión por la región del yerno del presidente, Jared Kushner, negociando con Hamas e Israel para intentar salvar la propuesta y su significado económico. Vale subrayar un dato obvio: Kushner y no el canciller Marco Rubio, negocia en nombre de EE.UU., una solución para una de las mayores crisis globales, pero no es funcionario ni diplomático; es un pariente millonario del mandatario que dirige una firma de inversiones y bienes raíces. ¿Por qué las cosas podrían marchar mal?

La estrategia iraní

Una variedad de analistas recuerda que Rusia frente a Ucrania exhibió una inicial debilidad que discutía la leyenda de su poder. La comparación es automática y de ella abusan los iraníes. John Haltiwanger y Rishi Iyengar, en Foreign Policy, consignan que el general de brigada iraní Mohammad Reza Naqdi, asesor principal del líder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria, llegó a declarar a PBS NewsHour que “el ejército estadounidense es más débil de lo que creíamos”. No es así, por supuesto. Pero el poder no suele ser siempre definitorio especialmente en las guerras asimétricas y si, como enseñaba Clausewitz, ese poder no responde de forma coherente a los objetivos políticos.

Un buque en el estrecho de Ormuz cerca de la playa de Bandar Abbas, Irán. Foto Reuters

Dennis Citrinowicz, del programa Oriente Medio del Atlantic Council, lamentó que “la determinación de demostrar a toda costa que EE.UU. está ganando crea una realidad virtual que impide al gobierno y al presidente decidir en base a la situación real sobre el terreno. EE.UU. no controla el estrecho de Ormuz. Irán conserva capacidades suficientes para perturbar el tráfico marítimo a través de esa vía”, explicó. Pero Trump, abrazado a sus posverdades, envió a su ministro de Energía, Chris Wright, a comunicar que “el promedio de petróleo que sale del estrecho de Ormuz asciende actualmente a casi 9 millones de barriles por día”.

Sumado a la infraestructura de distribución terrestre mejorada, añadió, las entregas de combustibles fósiles desde la región se acercan a los niveles previos a la guerra. Toda una sorpresa para los mercados. Brett Erickson, analista de Obsidian Risk Advisors, aclaró de inmediato que “no existe ninguna evidencia de que 9 millones de barriles por día salgan del estrecho. Ninguna evidencia. Ni quizá, ni potencialmente, ninguna”. Son estas improvisaciones las que fortalecen a la dictadura persa y convencen a los aliados de EE.UU. de tomar distancia.

El problema del cariz de batalla económica que ha tomado la guerra se encuentra en una variedad de efectos difíciles de controlar. La guerra está sacudiendo el mercado de bonos que registra una venta masiva de los papeles especialmente pero no solo de la deuda norteamericana. Es por el impacto del alza del precio del crudo, la inflación y el riesgo de que las tasas no se reduzcan y más bien aumenten.Los rendimientos de los bonos suben cuando los precios caen para atraer a los inversores.En el caso de los bonos gubernamentales, el rendimiento es el costo que pagan los gobiernos para pedir dinero prestado. Como es más caro, aumenta la deuda. Esta semana la de EE.UU. superó por primera vez en la historia la barrera de los 40 billones de dólares y el bono del Tesoro a 30 años saltó al 5,34%, su nivel más alto desde 2007. No son números astrales. Fijan los costos de hipotecas, de los créditos, del litro de nafta, el supermercado y, en nuestras fronteras, multiplica las calamidades de los países del Sur mundial.


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