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Neymar ‘out of context’ | Mundial 2026 de Fútbol


Algunas comedias recurren a la descontextualización de sus personajes para despertar las risas. Colocas a un tipo con unas características biográficas muy marcadas en un lugar al que no pertenece y dejas que pase el tiempo, que él mismo se enrede en ese ecosistema ajeno. A medida que avanzan las secuencias, sus rutinas, nada particularmente extraño, se vuelven hilarantes. Un Marciano en Roma de Ennio Flaiano, el alienígena que aterriza en al capital de Italia y despierta una ola de fascinación al salir de su nave en plena Villa Borghese. Luego, poco a poco, sufre la indiferencia romana, un pueblo que ha visto demasiado en 2.779 años para cederle el turno en la cafetería a un extraterrestre.

Ocurría también con Alfredo Landa en Alemania y con el primo de Larry en Chicago. O involuntariamente con los talibanes que el otro día viajaron a Bruselas, cuando alguien pensó que eran interlocutores legítimos para hablar sobre inmigración. Les imaginé yendo al centro comercial, mirando con desprecio a ese ejército de asesores, diplomáticos y parlamentarios bruselenses calzarse una cerveza después de una agotadora jornada en la Comisión Europea. Malditos infieles, debían pensar los afganos mientras se zampaban unos mejillones. Y ha ocurrido algo parecido estas semanas con las andanzas de Neymar en el Mundial, provocando esa extraña y cómica sensación de estar completamente desubicado.

El delantero del Santos, el mejor despilfarrando talento, saltó al terreno de juego contra Noruega en el minuto 67 sin apenas haber pisado el césped del Mundial. Hasta ese momento había sido noticia por comprarse un reloj de un millón de euros mientras sus compañeros estaban concentrados. O por haberle pedido la camiseta a Yassine Bono en un vídeo y ofrecerle otra a Doué. Hizo lo que le dio la gana, como siempre. Incluso después de aquella profecía que le costó a Unzué, cuando era segundo entrenador del Barça, una bronca con el brasileño. “Acabarás como Ronaldinho”, le soltó. Ya le hubiera gustado.

Ancelotti tiene fama de politiquear con las convocatorias, de hacer malabarismos emocionales con los egos de los jugadores. También de atender a intangibles para la cuestión de los recursos humanos. Pero lo de Neymar define mejor que nadie su estilo como entrenador. El tedio supremo, también, cuando faltan jugadores estratosféricos —como ocurrió en Nápoles o en el Everton— o se le caen por lesión en la selección, como el genial Estevao. Pero el autoboicot de su convocatoria para el Mundial ha sido antológico.

Llegados a este punto, contra las cuerdas, tiró el domingo de su jugador más descontextualizado. Pero Neymar, dos semanas después, seguía fuera de lugar cuando se acercaba al área y pedía el balón sin que nadie le tomase en serio; cuando centraba sin que nadie fuera a por ella o cuando, desesperado, le daba una patada a Odegaard por detrás. El 10 estuvo desubidado incluso en su mejor momento, marcando un penalti estéril, el último gol que anotará en un Mundial, y encarándose con un portero que había hecho con un partidazo poner en órbita a Noruega. Ridículo y triste final para aquel gran talento llamado a sustituir en la cima del fútbol a dos tipos, uno portugués y otro argentino, que siguen enamorando en su sexto mundial.


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