El bar, ese lugar donde también juega (y gana) España | Mundial 2026 de Fútbol

A las calles de Madrid solo les faltó el silbido del viento acompañado por la bola del desierto. Prestando mucha atención, alguien que paseara por Arganzuela y siguiera el murmullo solo podría acabar en un lugar: el bar, mutado en la apoteosis de un partido de octavos de final del Mundial.
Algunas horas antes del comienzo del Portugal – España en el Bar Luis algunos parroquianos ya se animaban con las apuestas: “1-2, 0-1, 0-3”. Todos optimistas. Aunque no faltaban los que fruncían el ceño ante la afluencia de gente que invadía su oasis de tranquilidad donde beber el vino de siempre en el rincón de siempre.
En el calentamiento, Cristiano Ronaldo ha aparecido en la pantalla del televisor y con él la primera polémica. Una niña, que ya empieza a pillarle el truquillo a esto del fútbol, no ha dudado en espetarle: “¡Pringao! Bueno para nada”. La mujer que estaba a su lado no ha tardado ni un segundo. La bronca ha sido tajante. “Ese hombre ha hecho mucho por el Madrid. Ni se te ocurra insultarle”. Acto seguido, la niña ha salido del bar con un enfado importante. El tiempo pasa factura hasta a las leyendas.

Es el precio a pagar por el sacrilegio de reflexionar como un adulto. El fútbol es un juguete. 90 minutos para volver a ser niño y sin complejos. Patente de corso para el exceso. Puedes llorar, gritar, desgarrarte la camiseta, insultar, incluso siendo ateo, postrarte de rodillas e invocar a un Dios misterioso. Y todo sin recibir ni una sola mirada de reprobación. Hay millones de personas que se libran del frenopático gracias a dos palabras mágicas: es fútbol.
Los chistes, clásico entre los clásicos, tampoco fallaron entre amigos. “¿De qué cuadro eres?“, preguntó un amigo al otro. ”De El Greco», respondió. “No, boludo. De qué equipo”. “De España”, zanjó el chistoso. Entonces empezó el himno español, que pasó como un suspiro entre sorbo y sorbo de cerveza.

De nuevo en la calle, el murmullo lleva hasta el bar Donde Paula. Aquí la televisión hace de altar improvisado. Una decena de mesas arropan en forma de U el juego sagrado. La prole, unas 30 personas, permanecen detrás, de pie, en el anfiteatro.
No hay cánticos, solo murmullo, gritos en cada ocasión clara de los de Luis de la Fuente y, por encima de todo, viajes a la barra a por cerveza. Como en todo bar de barrio, hay quien ha venido por el partido y a quien el resultado le da más bien igual. “¿Qué es eso de la pausa de hidratación?”, se pregunta uno. “Nada, una excusa más para meternos publicidad”, responde otro con una sabiduría que solo se encuentra en los bares.
Al fondo del todo, David de 40 años, cascos de diadema, coleta fina, pelo muy oscuro con las primeras canas que asoman, disfruta del partido con su pareja. “El Mundial es diferente. Aquí hay un fondo común. Algo que solo he sentido en Madrid cuando el Rayo Vallecano pasó a la final de la Conference“, afirma. “Esto siempre empieza con el ya veremos y poco a poco la gente se va sumando. Si hoy ganamos, pues todo el mundo será español y muy futbolero. Ya verás”.
A pocos centímetros, Magiklit, de 73 años, mote que arrastra desde el año 79 cuando una mujer le vio cargado hasta arriba con utensilios de pesca y lo relacionó con el personaje de dibujos animados Mazinger Z, vive el partido con ardor. Es lector de El País: “Tiene los mejores sudokus”. Aquí es el alma del bar. Cerveza en mano en vaso especial —se lo trae desde su casa— , camiseta de España y gorra del Atleti apoyada en un mini barril, que decora la barra, Magiklit no titubea a la hora de presentarse. “Hola. Soy de España y del Atleti”, dice desenfundando con la rapidez de un pistolero. ”En mi casa mi mujer tiene una televisión donde ve Telecinco y yo otra donde veo los partidos y las películas. Como ella no quiere ver los partidos prefiero verlos aquí con los amigos”. En uno de los momentos de calor sofocante se ha calado la gorra que descansaba en el barril y no ha dudado en pedir a la mujer de al lado un abanico con la bandera LGTBI.
Con el paso de los minutos, el bar se ha ido vaciando de gente exasperada por la falta de goles. Nadie parecía creer, pero ha llegado la apoteosis. El gol de Mikel Merino en el minuto 91, que ha derivado en un grito al unísono y unas sonrisas abiertas como un acordeón que ya no se han cerrado, en este lugar donde tanto la vida como el fútbol son solo una tapadera.
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