El ciclismo en Barcelona, un cesto de cerezas enganchadas que crece desde hace más de un siglo


Ángel Edo quiso ser ciclista cuando vio aparecer un día a Celestino Prieto por las carreteras de Gavà vestido fastuoso del azul-amarillo del Kas y Juan Antonio Flecha, que se hizo ciclista en Argentina, a los 11 años, se iba en bici de Castelldefels a Vilanova i la Geltrú por las curvas del Garraf para ver si encontraba por las calles a Paco Gálvez en su Opel Corsa con el deseo de apuntarse a su escuela ciclista, en la que ya destacaba su hijo Isaac, excelente pistard que murió al clavarse en el pecho una astilla de la madera del velódromo de Gante. El Mundial 84 en Montjuïc completó la vocación de Edo, mientras que Flecha se fue a comprar una bici de carreras a Montcada, a la tienda en la que Miguel Poblet en persona le fijaba las medidas como hacía Eddy Merckx con todos los futuros campeones belgas en su taller de Bruselas, y en Vilanova después Marc Soler siguió sus pasos. Así es el ciclismo y así es Barcelona, un cesto de cerezas, no se puede hablar de un ciclista sin hacerlo también de los que lo fueron antes, y mucho antes.
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