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‘Il Bello’ Cannavaro se encomienda al ‘Monstruo’ Khusanov | Mundial 2026 de Fútbol


Deleitado por la atmósfera del estadio Azteca, santuario del ídolo de su infancia allá en la vieja Nápoles, Fabio Cannavaro, alias Il Bello, se asomó desde el banquillo y observó con curiosidad la progresión del muchacho que hace unos años sus compañeros bautizaron como Le Monstre.

Luis Díaz corrió hacia el balón como si fuera el último balón. No se dejó intimidar por el viento frío que empujaba el huracán. Punteó la pelota y pasó con una fracción de segundo de ventaja, antes de que le arrollara Khusanov. Masa por velocidad, el defensa uzbeko iba tan rápido, tan decidido, que trazó una recta como un meteorito y arrasó al colombiano y lo que se le puso por delante. El cámara de televisión que registraba la acción salió despedido, tras recibir el impacto del defensor, que frenó su carrera en la tribuna y contempló con gesto triste el desparramo. Luis Díaz derribado. El árbitro con la amarilla en la mano. La cámara tirada en la hierba. El operario pidiendo auxilio. Los médicos que acudían al lugar del accidente. Media hora después del inicio del Colombia – Uzbekistán en el estadio Azteca, la estrella de la selección asiática dejaba su ominosa marca en el partido. Para asombro de Cannavaro.

Así era Cannavaro cando ganó el Mundial en 2006. Así —pero ligeramente más impetuoso— es Abdukodir Khusanov, alias Kodir. Un modo de entender la defensa que trasciende el paradigma del central que maneja la pelota e inicia las jugadas con finura bonucciana. Khusanov representa un regreso al origen. Es el bárbaro Hulshoff del Ajax de Michels. Es el Nando y el Chapi del Barça de Cruyff. Es el Puyol del Barça de Messi. Es el zaguero central que eligió Pep Guardiola cuando, angustiado por el agujero que no lograban cerrar los finos Akanji y a Aké, se percató de que la única manera de sostener al Manchester City en las transiciones defensivas era sumando un defensa que sintiera la marca con la voracidad de los desesperados.

“Me gusta porque nunca se rinde”, dijo Cannavaro del joven que entrena desde que en octubre de 2025 la federación de Uzbekistán le llamó para que se hiciera cargo de la selección. El italiano de 52 años, venía de sumar experiencia en banquillos del fútbol chino cuando recibió una oferta que no pudo rechazar. Llegó con el trabajo hecho. Su predecesor, Timur Kapadze, acababa de clasificar al equipo para un Mundial por primera vez en la historia del país. Solo por conducir a Uzbekistán en la fase final le pagan dos millones de euros. A él y a su cuerpo técnico.

Hay equipos que se construyen desde el goleador. Otros, desde un centrocampista fundamental. Y otros crecen desde la defensa. El Uzbekistán que heredó Cannavaro fue un castillo que se cimentó sobre la roca de Khuzanov. Hijo de Hikmat Hashimov, que fue centrocampista en el Mettallurg Bekabad, internacional por Uzbekistán en 13 ocasiones, Khuzanov se crió en Tashkent, la ciudad en la que nació en 2004. Con 18 años dejó el Bunyodkor y emigró al Energetik de Bielorusia. Una temporada después fichó por el Lens por 100.000 euros. Sus compañeros se quedaron perplejos. Comenzaron a llamarle Le Monstre.

Era como jugar con una valla electrificada. Chocar con él equivalía a sufrir una descarga. Duro, firmemente clavado en el suelo como si echara raíces, resultaba difícil de mover y aun más complicado de sobrepasar en carrera. Adrien Thomasson, colega del Lens, se lo tomó a risa cuando el diario L’Equipe le preguntó por el misterioso chaval de 19 años con el que solo se podían comunicar mediante señas, ya que nadie en el vestuario hablaba ruso: “Simplemente evito ir a los duelos con él”. Brice Samba, entonces capitán del Lens, fue más explícito: “A mí me da miedo, ¡de verdad!”. Will Still, que fue su entrenador en el equipo francés, se sumó a la chanza: “En broma decimos que él podría haber representado a Uzbekistán en todas las disciplinas olímpicas”.

Solo jugó una temporada y media en el Lens. En enero de 2025, el Manchester City pagó 40 millones de euros por su traspaso. El equipo atravesaba la peor crisis en una década. Finalmente convencido de que buscar centrales de pie fino que armaban el juego desde atrás no podía ser la prioridad frente a rivales que lo reventaban a la contra, Guardiola optó por un marcador puro. Un mastín. Un jugador inflamado por el instinto territorial que reaccionase sin demora a las pérdidas de balón y fuese implacable en la acción directa. El elegido fue el muchacho que lideraba a Uzbekistán en la marcha hacia su primera Copa del Mundo. “A veces su energía le empuja a tomar decisiones equivocadas”, diagnosticó Guardiola. “Pero con el tiempo mejorará”.

Entre Guardiola y Cannavaro pulieron la piedra incandescente. Tras el 1-3 ante Colombia, hoy el meteorito Khusanov se cruza con Cristiano Ronaldo en Houston (19.00 horas en Europa Central), en la segunda jornada del grupo K. Será el duelo de la desesperación. Que los cámaras se pongan casco.


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