Equipos de golf como selecciones nacionales, la apuesta de LIV para sobrevivir | Deportes

En mitad de la tormenta, la liga saudí de golf busca un salvavidas al que aferrarse. Y el mejor que encuentra a mano es la competición por equipos, el elemento verdaderamente diferencial y rompedor que ha definido la identidad de LIV desde su nacimiento en junio de 2022 hasta estos días de zozobra. El anuncio del Fondo Soberano de Arabia, PIF, del final de su financiación a partir de 2027, un grifo que en este periodo ha chorreado 5.000 millones de dólares bañados en petróleo, conduce a los responsables de la liga a buscar “como locos” nuevos socios inversores que permitan la supervivencia de la competición. En ese partido que se juega en los despachos, la liga saudí no puede extender sobre la mesa una rentabilidad económica que no existe, ni una repercusión deportiva que es mínima en el mayor mercado mundial, Estados Unidos. Su carta de presentación es aquello que diferencia a la cita saudí de los circuitos estadounidense y europeo, el golf por equipos.
“Es el futuro”, explica el CEO de LIV, Scott O’Neil, acerca de esa clasificación colectiva que pretende convertir en un reclamo para los patrocinadores y en un gancho para que las estrellas cumplan sus contratos. “Es lo que nos hace diferentes. Permite la identificación de los seguidores con esos equipos. Vamos a redoblar la apuesta por eso”, añade el directivo mientras picotea jamón en la carpa de los Fireballs, el equipo plenamente español, junto al green del hoyo 17 de Valderrama, donde esta semana se disputa el LIV Andalucía.

El futuro de la liga puede pasar por un nuevo calendario que potencie esta competición por conjuntos como si fueran selecciones nacionales compitiendo unas contra otras en una especie de Mundial. Seis de los 13 equipos que forman hoy la liga saudí están formados por golfistas de una misma nacionalidad: los españoles Fireballs con Sergio García, David Puig, Josele Ballester y Luis Masaveu, los Hyflyers (EEUU), Korean Golf Club, Majesticks (Inglaterra), Ripper (Australia) y Southern Guards (Sudáfrica). Las paradas de la liga en estos dos últimos destinos han supuesto un gran éxito de público este curso. El torneo sudafricano fue la competición de golf más seguida en directo en la historia del país y entre los aficionados se encontraba el presidente de la nación, Cyril Ramaphosa.
Sin apenas presencia en el mercado estadounidense (las audiencias televisivas son muy bajas), LIV ha hecho las maletas y esta temporada visita 10 países diferentes: Estados Unidos, Inglaterra, Corea, México, Sudáfrica, Singapur, China, Australia, Arabia y España. “A un equipo nacional lo sigue más el público. Lo que más destaco del paso del LIV es el hambre de golf que hay por el mundo”, cuenta Jon Rahm.
El nudo del asunto es cómo rentabilizar ese golf por equipos y sobrevivir sin la chequera sin fondo del PIF. Cada cita saudí reparte ahora 30 millones de dólares en premios, sin contar con los gastos derivados de su organización. La respuesta del PGA Tour ha sido responder al dinero con más dinero, una guerra de talonarios que ha disparado la inflación en el mercado. Rahm, que cambió de bando por un cheque con muchos ceros y una participación en el equipo que capitanea, Legion XIII, descarta invertir de su bolsillo en la franquicia: “Zapatero a tus zapatos. Yo no entiendo de negocios”. Y menos de un negocio con pérdidas.
La patata caliente está en manos de Scott O’Neil, un empresario que consejero delegado de una multinacional con 140 parques temáticos en 23 países y que en el mundo del deporte de élite trabajó antes en los New York Knicks y los Philadelphia 76ers de la NBA, los Eagles de la NFL y los Rangers y Devils de la NHL. Todas son competiciones con gran historia, músculo económico y dimensión planetaria. LIV es un recién llegado que se ha quedado sin paga y que ahora se aferra al salvavidas del golf por equipos como el último gran aspecto de su apariencia original que todavía conserva.
Para conseguir puntos del ranking mundial mutó de las tres jornadas y 54 hoyos con las que nació a las cuatro rondas y 72 hoyos del golf tradicional. Con el fin de ser aceptado renunció a parte de su esencia. Pero tampoco eso le ha servido para asegurar su futura existencia. Valderrama vive estos días su cuarta edición seguida en un clima de fin de fiesta.
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