Jódar sucumbre a la majestuosidad de Zverev en Roland Garros | Tenis | Deportes

Se marcha Rafael Jódar pensativo, procesándolo con esa mente cuadriculada: aquí queda mucho trabajo por hacer. Mucho por crecer. Son 19 añitos, esto es la Philippe Chatrier y ahí está el listón, bien alto, perfectamente definido por un Alexander Zverev que dispone, ordena y avanza como expreso una vez resuelto el primer set, discutido. El resto, una lección: 7-6(3), 6-1 y 6-3, tras 2h 25m. El alemán, de 29 años, aterriza por quinta vez (en los seis últimos años) en las semifinales de Roland Garros y definitivamente se postula, aunque matiza y ríe con picardía. No me vas a coger, viene a decirle al francés que le entrevista, elegante Julien Benneteau: “He ganado hoy… Y eso es todo”. No parece haber candidato más fidedigno que él, pero el tiempo pasa y hace bien en no fiarse. De momento, penúltima estación, el viernes contra João Fonseca o Jakub Mensik.
Entretanto, Jódar termina este primer viaje en París y comprueba hacia dónde debe viajar, esa línea divisoria que separa a lo bueno de lo muy bueno, y luego lo mejor. Con la carga derivada de los días previos, esos dos partidos a cuatros sets y el domingo la propina de cinco ante Pablo Carreño, al madrileño se le agota el crédito, pero aprueba: unos cuartos en esta primera vez, así que no está nada mal. Batallador hasta aquí, enfrente se encuentra con un competidor incompleto al que le falta el lazo (el grande que se le resiste) y que no quiere perder ni por un segundo el foco: Zverev, avasallador con ese reverso y esa derecha que despide 35 tiros ganadores y que priva al tenis español de una plaza en las semifinales del torneo tras diez años de garantía. Ese último trallazo en carrera pone la rúbrica.
Todo es cuestión de actitud y, a tenor de esa expresión, la disposición inicial de Zverev no es la mejor. Él, siempre con ese remoloneo y esa entrada en calor que se dilata, como si necesitase un zarandeo para ponerse del todo las pilas. Él, diésel. Y no conviene esta vez, teniendo en cuenta que enfrente está uno de esos alumnos aplicados que toma nota de todo y que al mirar al horizonte se ve donde siempre quiso estar, en la inmensidad de la Chatrier, flotando, con todo ese campo para correr y pegar desde el fondo, y liberar así todo eso que lleva dentro y quiere contar al mundo. No le pesa el escenario. Al revés, el madrileño, de azul afrancesado y sin gorra, es un joven que ha llegado con buena parte del kit, o al menos la esencial. La especial: cabeza.

En términos de madurez, Jódar es un chico más hecho que otros componentes de su generación, con las cosas claras —sin los titubeos ni el conformismo que tanto abundan— y el libreto perfectamente aprendido; luego, el tiempo ya dirá, pero en esta escalada fulgurante que emprendió a partir de enero, viniendo prácticamente de la nada, ha demostrado quererlo. Y eso lo es todo. Ahora bien, todavía con un generoso margen por pulir y las carencias lógicas, el pulso con el alemán se le va haciendo cada vez más largo y conforme el grandullón va despertándose e imprimiéndole precisión a su martillo y su compás, todo cambia. Jódar compite de tú a tú casi una hora, pero uno crece y el otro mengua. La experiencia, ese tesoro.
La ocasión ideal
La cubierta escamada de la central no evita que los del gallinero se mojen porque sopla el viento por ese perfil, y el break que adelanta al español acaba convirtiéndose en una mera ilusión. Zverev, la torre a la que todo el mundo mira una vez que han ido cayendo otras más altas y que Alcaraz no está, embiste con toda su majestuosidad. ¡Pam, pam, pam! Tiros para dar y regalar. El hombre de la primera fila casi se lleva un pelotazo y el recogepelotas demuestra bueno reflejos: uf, por los pelos. Se salva él, que no Jódar, al que la tensión creciente le juega una mala pasada en un momento inoportuno. Deja la paciencia a un lado y la ansiedad por estar ahí e intentar impresionar suponen un paso en falso. Se precipita, escupe varios golpes demasiado rápido y lo paga.
Zverev dispone incluso de una opción para romperle de nuevo el servicio, el que hubiera sido el 6-5, pero en el desempate ya no perdona. Ahí, en ese punto, el de Hamburgo bate las alas y descerraja: ¡Pum! Tiemblan los soportes publicitarios del fondo. Una vez que coge temperatura, su tenis es violentamente delicioso. Dicta desde la atalaya con el revés y se hace dominador. A Jódar se le marcha una derecha paralela al pasillo, por un par de dedos, y casi de inmediato ve pasar a su lado una estela a 227 km/h. “¡Ra-fa!”, se oye un par de veces, tímidamente, por eso de que el chico no se desenganche. Pero ni el viejo grito de guerra tuerce el rumbo del alemán, que sobre ese fondo se hizo un día trizas el tobillo y ahora camina firme: él, favorito.

Le observa el madrileño y toma nota: así se juegan unos cuartos. Con clase. Luce de negro integral Zverev y todo el mundo (ya sobre aviso) se pregunta si será capaz de no enredarse y si luego, en el caso de progresar, podría llegar allí donde se presumía. Casi treintañero, en su estantería aún no figura un Grand Slam y tal vez no dé con mejor ocasión que esta: sin Sinner, sin Alcaraz, sin ni siquiera el viejo Djokovic o ningún insurgente que por ahora haya alterado lo más mínimo el panorama. Ya se verá. En la gira de tierra batida, no habido opositor más firme que Jódar, pero ahí falta recorrido —sostener la cadencia contra una figura de primerísimo nivel— y seguramente experiencias de este calibre. Pasarlo mal.
Con el primer set en el bolsillo, el número tres del mundo navega como a él le gusta: sintiéndose en plenitud, poderoso. La actitud, eso tan importante. Un gigantón entre dos mundos; ese en el que parte de la inferioridad y con ese gesto algo acomplejado —dos fenómenos oprimiéndole—, y ese otro rebosante frente a los demás —despistados o desconectados—. Al comienzo era él quien peloteaba un par de metros por detrás de la línea, pero es Jódar el que cede terreno y quien se ve achicando agua. No vuelve la cara el español, pero arrecia la tormenta. Un parcial de 13-2 parte el encuentro y Zverev, concentrado, enfila con decisión las semifinales, cerrando así la aventura de un joven que, pese al adiós, desliza: recuérdalo, París; aquí Rafa, el de Madrid.
Rafa Jódar
vs
Alexander Zverev
Sets:
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