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Paul Seixas desafía a Tadej Pogacar en la Lieja-Bastoña-Lieja | Ciclismo | Deportes

2006 fue un gran año para el ciclismo. El 24 de septiembre, cuatro meses después de que la policía reventara en Madrid las redes de sustento y abastecimiento de los viejos campeones con la Operación Puerto, nació en Lyon Paul Seixas, sin la mancha del pecado original. Las estrellas ya no desayunan EPO y cenan transfusiones como el intocable Lance Armstrong y sus secuaces. Los jóvenes conocieron niños la soledad de la pandemia, la introversión, la preparación científica individualizada, Strava, TrainingPeaks, 120 gramos de carbohidratos a la hora, bicicletas aerodinámicas y un anillo en el pulgar para medir el sueño. Vida y esclavitud de profesionales desde los 15.

Otros compañeros de generación, también de finales de 2006, el alicantino Héctor Álvarez o el italiano Lorenzo Finn, pelearon con él de tú a tú en juveniles, y le ganaban a menudo. Pero el francés ha dado tal salto de rendimiento que ellos, aunque grandes talentos, ya le miran alejarse hacia otra dimensión. Inalcanzable.

Alto como Indurain (1,86) pero 12 kilos más delgado (66), fémures interminables, como Coppi, Seixas es un tallo que brilla contrarreloj (fue campeón mundial júnior a los 17) y escala a la antigua, de pie sobre los pedales cuando demarra en progresión, sin hachazos fulgurantes, dinamita con larga mecha, y deja sin aliento a los que intentan seguirle en lo más duro del muro de Huy y descorazona a Del Toro, a su rueda media Strade Bianche, en la cuesta de Santa Catalina hasta la plaza del Campo de Siena y Pogacar.

Un artificiero loco. Pegador y fajador, escalador y rodador de resistencia y de soledad, goleador y creador de juego, 9 y 10 como Messi, fibras IIa (rápidas y de gran gasto) y I (con gran resistencia a la fatiga), elevada potencia máxima aeróbica y extraordinaria capacidad de metabolizar y consumir el ácido láctico, excelente en esfuerzos cortos e intensos, de hasta tres minutos, y en largos puertos, de media hora y más. Muchos vatios máximos y qué relación peso potencia.

Un brote naciente en el invierno de 2021, impaciente por florecer y proclamar la primavera de la tierra liberada de la covid. La proclamación de una nueva forma de vivir. Toda la energía acumulada en un año de confinamiento se libera en explosión de adrenalina y deseo. El futuro es suyo, y Seixas lo abraza para no soltarlo más.

Qué cabeza, cráneo privilegiado. Cálculo mental, aritmética, matemáticas. Asombroso. En su equipo de cadetes, a los 14 años, ya le apodan Seixas Instruments, recordando todos sus calculadoras escolares marca Texas Instruments. “Es un ordenador portátil”, decía el responsable del equipo. “Si le pides una multiplicación un poco compleja, en el tiempo que tardas en coger tu calculadora, ya te ha dado el resultado”. Soñador y despistado. En su mundo. Desorganizado. La cabeza a pájaros, los pies en los pedales. Frío en carrera, duerme como un lirón y le resbala la presión, que le hace feliz y multiplica. “Soy el líder del equipo”, proclamó después de ganar la Flecha Valona el miércoles pasado. “Si voy a una carrera es para intentar ganarla. Lo importante es ganar”. Desde que era cadete, y ya asombraba, cientos de páginas, portadas en revistas, portadas en L’Équipe, han saludado sus éxitos y creado su personaje, el salvador esperado del ciclismo francés y mundial. Y desde hace un año, un debate abierto, un referéndum en el que todos opinan. ¿Deberá Seixas debutar en el Tour este julio a los 19 años? Si no lo ganara, ¿qué pasaría? ¿Se destruiría una carrera nacida para triunfar?

Sobre la decisión, un recordatorio: hace muchísimos años que un francés no gana el Tour. El último, Bernard Hinault, en 1985, y el caimán bretón dirigía una mirada tan dura a los jóvenes que pretendían heredarle, que todos temblaban, se hundían, renunciaban a su ambición. Los más dotados de las últimas décadas –Jean-François Bernard, Richard Virenque, Laurent Jalabert, Thibaut Pinot, Romain Bardet, David Gaudu…- tocaron o rozaron el podio algunos años, después sucumbieron. Ninguno quería dar su vida para cumplir el sueño de un país, qué pesado. Renunciaron públicamente a su deseo de ganar el Tour, renunciaron a correrlo. Se encerraron en su casa buscando la felicidad perdida en las pequeñas cosas. Víctimas de la soberbia de otros.

Solo al abuelo portugués de Seixas le gustaba el ciclismo, y desde que el niño tenía cuatro años se agarraba a la mano de quien le llamaba Paulo y le hablaba de la infancia en Guarda, en la Raia de Ciudad Rodrigo, y se sentaba a su lado en el sofá de casa para ver ciclismo por la tele. Son los últimos años de Contador, los primeros del Sky, la llegada de una nueva generación de preparadores físicos al ciclismo. La era de las ganancias marginales. “Mi abuelo quedó huérfano a los cuatro años. No pudo montar en bicicleta, aunque era su pasión. Fue con él con quien empecé a ver las carreras por la tele. Me entraron ganas. ¡Desde los 4 años, tras el Tour de 2010, quise sacarme la licencia!”, relataba Seixas hace un par de años en la revista Vélo. “Pero mis padres no querían, porque nadie montaba en bicicleta en la familia, nadie sabía cómo hacerlo. Todos decían: ‘¡No, hay que empezar a montar en bicicleta más tarde!’. Tuve que esperar. Me apuntaron a kárate, el deporte de mi padre. Antes el kimono que el culotte, pero cuando cumplí ocho años, acabaron cediendo con la bicicleta!”.

A los 14 años fue el campeón de Francia cadete más joven de la historia y ya los equipos profesionales empezaron a solicitarle para sus canteras. Más que ganar, machaca a sus rivales, y se asombra de sí mismo. “Soy un escalador puro”, confiesa. “No sabía que podía marcar la diferencia en circuitos sin dureza”. Acaba en las redes del Ag2r, actualmente su Decathlon, ya emparejado con su entrenador actual, Alexandre Pascot, pero aún son sus padres, Emmanuel y Emmanuelle, los que le llevan a las carreras y a entrenar al velódromo de Lyon desde Anse, el pueblo del Beaujolais al que se habían mudado.

Como Tadej Pogacar, su hermano ocho años mayor, lo es todo a la vez, y más precoz aún.

No ha cumplido aún los 20 años. Ganó la Itzulia como quien se pasea (y tres etapas), el más joven ganador de la historia de una gran carrera de una semana, y también es el más joven que ha ganado la Flecha Valona descorazonando a rivales, dejando con la boca abierta a la afición, que le esperaba como espera, corazón acelerado, su cara a cara asaltando el fuerte de La Redoute en la Lieja-Bastoña-Lieja este domingo (desde las 10.00 en Eurosport). Será el debut de Seixas en el monumento que más desea, el que más le gusta, el que mejor se adapta a sus condiciones, y recuerda que ya lo ganó como júnior hace dos años. Le espera Pogacar, ganador tres veces ya desde la Redoute hasta Lieja, los 35 kilómetros que deciden la Decana. Y, como los aficionados, el esloveno está impaciente y encantado, y emocionado, con ganas de divertirse boxeando un poquito con otro prodigio de su generación, los que como él, son niños y ambiciosos, y tienen más miedo a no ganar que a perder. “Tendré que tener en cuenta a Pogacar, claro”, concede Seixas, que, por supuesto, no se arruga. Descenderá en cabeza la cuesta de Desnié y allá estará, el primero hacia La Redoute. ¡Tiembla, Tadej!


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