La espontaneidad mágica de Alison dos Santos tiñe de felicidad el final del Ultimate


Todo está en el gesto, en la instantánea medida, calculada, de Josh Kerr ascendiendo hacia un trofeo con las Brooks al hombro, un desgaire aparente que rompe cuando detiene sus movimientos para colocar su zapatilla con cuidado de que se viera perfectamente en las pantallas de todos los países que transmiten el campeonato Ultimate la marca de la Hyperion 222, los clavos con los que el escocés batió el 18 de julio el récord del mundo de la milla (3m 42,66s, 222 segundos y 66 centésimas), los mismos con los que bailó a todos los rivales los últimos 200 metros (26s) y resistir al último impulso del jovenzuelo australiano de largas piernas y cortos y veloces pasitos Cameron Myers (3m29,68s) para imponerse en los 1.500m (3m29,35s). Se ganó el derecho a la foto, a la publicidad de las zapatillas y las gafas, a los fuegos chispeantes, a un trofeo pesado y feo y a 130.000 dólares. Y la condena a selfis con creadores de contenido privilegiados en su camino hacia los vestuarios más atentos a su atuendo que a la gesta deportiva de la que han sido testigos. Tan generoso es el último invento del atletismo, que ha llenado tres días seguidos el estadio de Budapest junto al Danubio turbio y escaso, más de 60.000 espectadores en total, y ha regalado fotos, escenas de ebriedad contagiosa de un saltador italiano de media barba, gran boca y pleno pelo (Gianmarco Tamberi, 2,37m ye intentos sobre 2,41m) y también grandes marcas.
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