Enigmas de las elecciones brasileñas

En la recta final para las elecciones brasileñas del 4 de octubre, el resultado de esas urnas es un enigma, también para sus dos protagonistas principales. Nada asegura cómo caerán los dados. Es una circunstancia que impone cuotas de realismo. El senador Flávio Bolsonaro, por ejemplo, puede estar descubriendo que el uso del apellido de su padre, el ex presidente Jair Bolsonaro —o quizá por eso mismo—, no ha sido la mejor estrategia para ampliar diferencias a su favor. No hay éxitos para exhibir de ese legado. No ha podido por ahora, incluso, atraer apoyos en su propia vereda política. Tampoco lo ha sido la ofensiva diplomática que llevó adelante su hermano, Eduardo, en Estados Unidos con el aval extraordinario del canciller norteamericano, Marco Rubio, para sancionar o complicar a Brasil.
Del otro lado, para el presidente Lula da Silva, las cosas tampoco pintan auspiciosas. Los números de la economía popular no lo ayudan, tampoco el lastre pesado de las denuncias de tráfico de influencia contra Fábio Luís, el mayor y más polémico de los cuatro hijos del mandatario, bajo investigación judicial. La analista Eliane Cantanhede describió sin atenuantes en el portal de Estadao el tamaño político de ese peso: “Con un hijo como Lulinha (su apodo), ¿quién necesita adversarios?”, escribió.
Es ahí donde pega el adversario opositor, que necesita ese ruido, además, para apartarse del golpe que significó para su propia campaña la probada cercanía con el banquero Daniel Borcaro, dueño del Banco Master y autor de un multimillonario fraude sin precedente en la historia de Brasil. Pero Flávio también descubrió, como Donald Trump en la disputa con Joe Biden, el efecto entre los votantes por una economía que, más allá de los buenos números macro, encarece la canasta familiar y el consecuente endeudamiento de la gente.
Esa doble velocidad es significativa. Brasil puede exhibir un efectivo control de la inflación y un desempleo en mínimos históricos. Las reservas en el Banco Central rondan los 300 mil millones de dólares. La Inversión Extranjera Directa alcanza 77.000 millones de dólares según los últimos balances anuales consolidados por organismos como la OCDE, lo que posiciona al país entre los principales receptores de capital a nivel global. Además, los datos mensuales del Banco Central muestran entradas puntuales superiores a los 9.000 millones de dólares en períodos recientes de 2026. Y acaban de descubrir otra enorme cuenca petrolera en el Amazonas.
Pero, al mismo tiempo, las familias de menores ingresos sufren un quebranto creciente e ingresos insuficientes. Como consignó Clarín esta semana, ocho de cada diez brasileños tienen deudas y casi un tercio de las familias acumula pagos atrasados, según informes de la Confederación Nacional de Comercio de Bienes, Servicios y Turismo.
Flávio Bolsonaro habla con la prensa tras una reunión con la directiva de la Federación de Industrias de San Pablo. Reuters Es un problema complicado para el gobierno. En cierta medida, la combinación del caso Lulinha y los desafíos sociales explican que el presidente muestre un techo en su crecimiento. La mejor performance de su adversario se alimenta de esas contingencias. También influye el principal problema que expone el electorado, que es la inseguridad, donde las medidas gubernamentales en general llegan tarde. Como reacción a ese panorama, un sondeo de BTG/Nexus publicado esta semana anticipa una ventaja apretada de Lula en primera vuelta, 37% contra 41%, pero casi inexistente en la segunda: 45% a 46%.
Otras investigaciones disputan esos números, aunque sin enormes diferencias. La consultora Datafolha registró una diferencia de 6 puntos a favor de Lula en el primer turno (39%/33%) y solo de cuatro en el segundo (47% a 43%). PoderData, a su vez, en sus mediciones más recientes registra un escenario similar: 41% contra 35% en la cita del 4 de octubre con ventaja del presidente, pero también reduce a un punto la diferencia en el balotaje del 25 de ese mes.
Flávio heredó buena parte del electorado de su padre, que cayó frente a Lula en octubre de 2022, pero con un inmenso caudal de votos sin precedentes en tamaño para un postulante perdedor. Es esa cosecha la que ha disputado la derecha brasileña desde entonces. El jefe del clan decidió que sea su hijo mayor quien lo represente en la batalla, posición que generó disgusto en esa vereda y en los mercados. Sucede que convertir al bolsonarismo duro en una mayoría nacional es un desafío complicado.
José Roberto de Toledo, un conocido especialista brasileño en periodismo de datos del portal UOL Noticias, destaca que ambos candidatos comparten dificultades para ampliar sus bases. Hay todavía un 32% de electores que no manifiesta una preferencia espontánea. Es el tercio que definirá la elección. Se descuenta que la mitad no votará; el resto, alrededor de 15%, quizá menos. de independientes e indecisos es la colina a conquistar.
La fórmula es semejante a cada lado de la vereda. El opositor tiene asegurado un bloque importante, pero para un salto definitorio necesita convencer a electores que no son bolsonaristas. El mismo desafío confronta el oficialismo; de ahí la decisión del mandatario de defender su lugar en el centro político, la protección del libre mercado y la renta privada, con matices de auxilio social. Un discurso para el amplio segmento de la clase media. Pura socialdemocracia clásica. En términos sencillos, significa que no hay un duelo ideológico izquierda/derecha, como se simplifica, sino de procedimiento, de métodos ejecutivos, lo que en todo caso complica el discurso opositor y expone un escenario singular para posicionar las campañas.
Lula ganó su actual tercer mandato por una diferencia mínima en segunda vuelta sobre Jair Bolsonaro -de 1,8% de los votos-, muy lejos de los pronósticos más amplios de las encuestadoras. El resultado incluyó un amplio caudal de voto cruzado, electores que elegían a uno pero solo porque no querían al otro, no porque lo prefirieran. Este fenómeno sobrevuela también esta nueva cita; por eso, no conviene perder de vista aquel diseño.
El encuentro entre los presidentes Donald Trump y Lula da Silva en la Casa Blanca, en mayo último. efeLula acaba de sumar un logro importante con la extensa charla telefónica de hora y veinte que sostuvo, a su pedido, con Donald Trump, cuidadosamente tejida por la Cancillería brasileña. Los dos mandatarios acercaron posiciones y abrieron camino a un posible encuentro personal en septiembre en la ONU, que si se produce ocurriría días antes de las elecciones. Todo un significante político que busca mostrar a un presidente prudente, que no ataca a su poderoso colega pese a la dura ofensiva en su contra y al desenfadado intervencionismo norteamericano en las elecciones. No causalmente fue el gobierno brasileño el que difundió los detalles de esa charla, sobre la cual la Casa Blanca no hizo comentarios. Recordemos que el canciller Rubio prefirió no participar, un dato de posible incomodidad.
Otro movimiento de menor tamaño, pero que muestra la picardía de un político veterano, ha sido la decisión de Lula de reflotar la iniciativa de 5 x 2 (cinco días de trabajo por dos francos), con ocho horas diarias, como es el sistema en la Unión Europea o en Argentina y Chile entre otros países de la región. En Brasil, el descanso se limita a una jornada con semanas de 6×1. Este cambio es una demanda muy popular en Brasil.
El proyecto fue aprobado tiempo atrás en Diputados, pero se trabó en el Senado. Con las elecciones encima, se afirma que ahora los legisladores lo están considerando porque necesitan retener sus bancas, en particular el presidente de esa cámara, Davi Alcolumbre, senador del derechista União Brasil por Amapá, un pequeño Estado del extremo norte brasileño, región de fuerte influencia lulista del cual depende su futuro político. Este comicio, recordemos, renueva la totalidad de Diputados (513 escaños) y dos tercios del Senado (54 de 81). Lula, claramente, busca que su adversario salga a cuestionar esta medida. Se apoya en un dato objetivo: fue el bloque del candidato conservador el que contribuyó a paralizar la propuesta en la Cámara Alta. Pura esgrima.
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