tres ciudades en ruinas, el drama entre los escombros y la esperanza de un país


A lo largo de cinco días, Clarín recorrió las principales ciudades afectadas por el violento terremoto de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia el lunes 10 de agosto. El trágico temblor dejó 321 muertos, 4595 heridos y más de 30 mil viviendas destruidas.
De Pereira a Cali, y con consecuencias en los pueblos del Eje Cafetero, las escenas de desolación se repiten entre edificios colapsados, rescatistas exhaustos y miles de evacuados que hoy sobreviven en campamentos improvisados sobre veredas. Todavía duermen en colchones bajo lonas y se alimentan en ollas populares.
Si bien el despliegue estatal inicial pareció vertiginoso tras el mensaje del nuevo presidente colombiano Abelardo De la Espriella, la vivencia directa de la emergencia demostró rápidamente que la presencia institucional y la velocidad de reacción no son sinónimos de efectividad cuando se trata de salvar vidas.
El contraste con la catástrofe vivida 47 días antes en Venezuela resulta inevitable, pero sirve para poner en perspectiva la respuesta gubernamental. Mientras el régimen venezolano reaccionó con opacidad, parálisis y un despliegue militar abocado al control social tras tardar 48 horas en llegar a las zonas devastadas de La Guaira, Colombia mostró una clara voluntad de presencia inmediata.
A través de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), el Estado movilizó bomberos, militares y maquinaria pesada, difundió nóminas oficiales por radio para identificar a las víctimas y evitó episodios de inseguridad.
En el corazón del desastre, la realidad cotidiana de las víctimas estuvo marcada por la desorganización y la desesperación. En Pereira, una de las zonas más castigadas por el sismo, la emergencia transformó el espacio público. Con el centro destruido, la restricción al tránsito particular y el resguardo de zonas comerciales, familias enteras levantaron refugios improvisados sobre veredas y parques.
Entre lonas, colchones y fogatas nocturnas, la solidaridad vecinal y la entrega de voluntarios permitieron sostener ollas populares para asistir a quienes perdieron sus viviendas en cuestión de minutos.
Por su parte, en Cali la atención se centró en las decisivas 72 horas posteriores al temblor, consideradas la ventana de oportunidad crítica por las autoridades locales para rescatar sobrevivientes atrapados en las estructuras colapsadas. Con decenas de edificios caídos, los puestos de mando unificados desplegaron equipos de búsqueda incesantes que operaron día y noche entre pesados bloques de hormigón.
Uno de los lugares más golpeados fue el Hospital Universitario del Valle Evaristo García, donde se desplomó un sector de pabellones. No solo se vio imposibilitado de recibir heridos, sino que estuvieron obligaron a trasladar pacientes en medio del caos.
Más allá de la urgencia del rescate, también hubo lugar para historias de solidaridad y compasión en medio de la tragedia. En las Torres del Limonar de Cali la encargada del edificio destruido se abocó a rescatar fotos, documentos y recuerdos afectivos del barro para devolverles a las víctimas una parte de su identidad golpeada.
En Armenia, centro del eje cafetero y una ciudad devastada por el terremoto de 1999, también impacto este sismo. Aunque pocas edificaciones quedaron inhabitables, los vecinos reclamaron ayuda porque dicen haber quedado olvidados en medio de los problemas en Pereira y Cali, visiblemente más afectadas.
En cuestión de unos pocos segundos, el terremoto provocó un dolor incalculable, millonarias pérdidas materiales. A lo largo de la cobertura, el equipo de Clarín también recogió mensajes de fortaleza, solidaridad y resiliencia para reconstruirse de entre los escombros.
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