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San Martín en sus últimos años: las enfermedades que padeció y cómo fueron sus últimos días

A 176 años de la muerte de José de San Martín, distintos testimonios permiten reconstruir cómo fueron los últimos años del Libertador, su estado de salud y la imagen que dejó entre quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.

San Martín murió el 17 de agosto de 1850, a los 72 años, en su residencia de Boulogne-sur-Mer, Francia. Aunque arrastraba distintas enfermedades crónicas, su fallecimiento sorprendió incluso a sus familiares y al médico que lo atendía.

No existen registros médicos completos que permitan establecer con absoluta certeza cuál fue la causa de su muerte. Sin embargo, el médico e investigador Mario Dreyer reconstruyó su historia clínica a partir de cartas y testimonios de la época. Según ese análisis, San Martín padecía asma, gota y una enfermedad ulcerosa, siendo esta última la explicación más probable para su fallecimiento.

Una salud marcada por enfermedades crónicas

Los primeros registros de sus problemas digestivos aparecen durante la preparación del Ejército de los Andes. San Martín describía episodios que en aquella época eran conocidos como “ataques de sangre”, caracterizados por fuertes dolores, vómitos, debilidad y, en algunos casos, hemorragias.

Uno de sus médicos, Juan Isidro Zapata, llegó a advertir sobre el deterioro de su salud y relacionó buena parte de sus síntomas con el estrés y las enormes exigencias que enfrentaba el general.

A esto se sumaban problemas respiratorios. Desde Mendoza, San Martín llegó a contar que tenía dificultades para dormir debido a la denominada “fatiga de pecho”, que los estudios posteriores identificaron como episodios de asma.

También sufrió fuertes dolores articulares. Aunque algunos contemporáneos los definieron como reumatismo, el análisis posterior de sus síntomas llevó a considerar que probablemente se trataba de ataques de gota, que afectaban especialmente sus manos, muñecas y pies.

Durante su vida en Europa recurrió en varias ocasiones a baños termales para aliviar esos dolores.

Sus últimos años en Francia

Con el paso del tiempo, los episodios digestivos se volvieron más frecuentes. En distintas cartas, San Martín relató períodos prolongados de dolores y dificultades para alimentarse.

También comenzó a perder la visión debido a las cataratas y se sometió a una operación que no produjo los resultados esperados.

A mediados de 1850 realizó uno de sus últimos viajes a las aguas termales de Enghien. Luego regresó a Boulogne-sur-Mer, donde pasó sus últimos días junto a su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y personas de su círculo cercano.

El 6 de agosto realizó su último paseo en carruaje.

Nada hacía pensar, sin embargo, que su muerte estuviera tan próxima.

El último día

El 17 de agosto de 1850, San Martín se levantó con suficiente energía para trasladarse hasta la habitación de su hija y pedir que le leyeran los diarios. Incluso había preparado rapé para convidar al médico que debía visitarlo.

Horas después comenzó a sufrir fuertes dolores abdominales. Su médico consideró inicialmente que se trataba de uno de los episodios que ya había experimentado anteriormente.

Según los testimonios de la época, el dolor disminuyó por un momento, pero luego su estado empeoró rápidamente. San Martín pidió que lo llevaran nuevamente a su habitación y murió poco después, prácticamente sin agonía.

A partir de los relatos disponibles, Dreyer consideró que pudo haber sufrido una hemorragia interna provocada por la úlcera, que habría derivado en un shock hemorrágico.

El acta de defunción estableció que tenía 72 años, cinco meses y 23 días, y que su muerte ocurrió alrededor de las 15 horas.

El recuerdo de quienes lo conocieron

Los testimonios de sus contemporáneos también permiten conocer una faceta menos vinculada con sus enfermedades.

Adolphe Gérard, abogado y periodista que lo conoció durante sus últimos años, lo describió como un “bello anciano”, de gran estatura y con una presencia que, pese a la edad y los padecimientos, conservaba vitalidad.

También destacó su formación, su dominio del francés, inglés e italiano y una personalidad afable y sencilla.

Otro testimonio especialmente valioso fue el de Juan Bautista Alberdi, quien conoció a San Martín en París en 1843. Alberdi se sorprendió al comprobar que el Libertador era mucho más vital y ágil de lo que imaginaba.

Lo describió como un hombre de trato sencillo, sin afectación y con una notable modestia. Incluso señaló que, pese a todo lo que había realizado, San Martín parecía comportarse como si no hubiera hecho nada extraordinario.

Una vida lejos de los homenajes

Los relatos de sus últimos años también cuestionan la idea de que San Martín pasó sus últimos tiempos completamente olvidado en Europa.

Aunque llevaba una vida alejada de la actividad política y militar, mantenía vínculos y era consultado sobre cuestiones relacionadas con la situación argentina. Su opinión incluso llegó a ser considerada en ámbitos políticos franceses durante los conflictos del Río de la Plata.

El daguerrotipo realizado aproximadamente dos años antes de su muerte, impulsado por su hija Mercedes, dejó además la única imagen fotográfica que se conserva del Libertador.

Más allá de sus enfermedades y del deterioro propio de la edad, los testimonios coinciden en destacar su lucidez, sencillez y carácter reservado hasta sus últimos momentos.


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