Provinciales

La historia del solideo que selló el afecto de Francisco hacia Itatí

Por Facundo Sagardoy
LA VOZ DEL CHACO

El padre Miguel Humberto González nació en Itatí y actualmente es custodio de la Iglesia de la Compañía de Jesús, también conocida como Iglesia de San Ignacio, en la histórica Manzana Jesuítica de Córdoba.
Considerado el templo más antiguo de la Argentina que permanece en pie, el lugar reúne siglos de evangelización, patrimonio y vida espiritual, y constituye uno de los principales testimonios de la presencia jesuítica en América del Sur.
Hasta allí llegó LA VOZ DEL CHACO para dialogar con un sacerdote cuya trayectoria está marcada por la fe, la cultura y el servicio. Entre las historias que compartió, destacó una que revela el vínculo especial que el Papa Francisco mantuvo con Corrientes y que quedó materializado en un gesto destinado a la Virgen de Itatí: un solideo enviado personalmente por el pontífice, acompañado por una dedicatoria escrita de su puño y letra.
La pieza permanece bajo custodia, a la espera de que las autoridades eclesiásticas definan la fecha y las condiciones de su entrega formal al santuario. Para González, se trata de una expresión concreta del afecto que Francisco profesó hacia la devoción mariana correntina.
«Corrientes siempre tuvo un lugar especial en el corazón del papa Francisco», afirmó el sacerdote al evocar distintos episodios que reflejan esa cercanía.
González recordó que el propio Jorge Mario Bergoglio relató haber vivido una experiencia decisiva para su vocación al confesarse con un sacerdote correntino en la Basílica San José de Flores.
También, la visita que el entonces arzobispo de Buenos Aires realizó a Itatí durante el Congreso Eucarístico Nacional de 2004. Entonces, Bergoglio llegó de manera discreta al santuario para rezar ante la Virgen y celebrar la Eucaristía, lejos de la exposición pública que suelen acompañar este tipo de acontecimientos.
La historia del solideo nació de una inquietud personal. González observaba que numerosos santuarios y centros de peregrinación del país conservaban un solideo entregado por Francisco como signo de comunión con los fieles, mientras que Itatí aún no contaba con una pieza de esas características. Esa ausencia lo impulsó a buscar un gesto que fortaleciera simbólicamente ese vínculo.
La oportunidad se presentó durante una conversación con el padre José Luis Narvaja, sobrino del Papa e integrante de la misma comunidad jesuita.
Tras una colaboración compartida, Narvaja le preguntó cómo podía agradecerle su participación. González respondió con un pedido singular: gestionar un solideo de Francisco para la Virgen de Itatí.

EL RECUERDO
QUE FRANCISCO CONSERVÓ SEIS MESES
En un primer momento, la solicitud parecía difícil de concretar. Narvaja le explicó que Francisco había dejado de realizar con frecuencia los tradicionales intercambios de solideos que marcaron los primeros años de su pontificado. Aun así, se comprometió a transmitirle el pedido.
Días después, ya en Roma, llegó la respuesta. «Jorge dice que cuentes con el solideo para Itatí», comunicó Narvaja. González recordó aquella confirmación con alegría, aunque prefirió esperar sin expectativas hasta que el compromiso se hiciera realidad.
La historia cobró un significado aún mayor varios meses después. Cuando Narvaja regresó a la Argentina, entregó un sobre destinado a Itatí y confesó que había olvidado por completo la solicitud. Francisco, en cambio, la había conservado en su memoria.
Según relató el sacerdote, al despedirse de su sobrino antes de su regreso al país, el Papa recordó espontáneamente el pedido y dijo: «El solideo para la Virgen de Itatí». Acto seguido, buscó la pieza y la preparó para su envío.
El presente llegó acompañado por una dedicatoria manuscrita que acrecentó su valor simbólico. Sobre el solideo, Francisco escribió: «Para nuestra señora de Itatí. Francisco».
González remarcó que ese gesto trasciende el valor material del objeto: representa una muestra tangible de la cercanía espiritual que el pontífice mantuvo con la Virgen de Itatí y con los miles de peregrinos que cada año renuevan allí su expresión de fe.

Los desafíos contemporáneos

Al reflexionar sobre el presente de la Iglesia, el padre Miguel Humberto González situó uno de los principales desafíos contemporáneos en el deber de preservar la dignidad humana frente a los profundos cambios que atraviesan las sociedades actuales.
En ese marco, retomó los planteos formulados por el Papa León acerca del impacto de la tecnología y la inteligencia artificial, subrayando que el verdadero debate no radica en oponerse al progreso, sino en garantizar que ningún avance termine desplazando el valor irrenunciable de la persona.
«El primer desafío es defender la humanidad en todo sentido», afirmó. Para el sacerdote, esta responsabilidad interpela tanto a los conflictos que hoy afectan a distintas regiones del mundo como a las transformaciones culturales y tecnológicas que redefinen la vida cotidiana.
En ambos casos, sostuvo, la prioridad consiste en resguardar la dignidad humana y fortalecer los vínculos que sostienen la convivencia social.
González señaló además que la Iglesia está llamada a una permanente conversión interior. Consideró que muchas de las tensiones que atraviesa la institución no provienen únicamente de los cambios externos, sino también de los debates internos sobre cómo responder a los desafíos de una época marcada por nuevas formas de comunicación, nuevas sensibilidades y nuevas demandas sociales.
En ese contexto, destacó que el camino propuesto por Francisco y continuado por León encuentra uno de sus pilares fundamentales en la apertura al encuentro. «La apertura es diálogo y, en el diálogo, aceptar las diferencias como un enriquecimiento», expresó.
Por otro lado, remarcó que la construcción de puentes, la escucha mutua y el reconocimiento de la diversidad constituyen herramientas indispensables para afrontar los desafíos del presente y proyectar una convivencia más humana, fraterna e inclusiva.


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