Solo Niewiadoma vuela en el Mont Ventoux del Tour de Francia | Ciclismo | Deportes


El poeta escribe que Dios hace de los espejismos del desierto oasis en los que se puede beber y comer, pero la realidad, tan dura como las piedras blanquísimas al sol, afiladas como cuchillos, hace del asfalto negro del Ventoux un espejismo del desierto, donde la realidad está suspendida en el aire, y Paula Blasi pedalea pero no avanza, Marlen Reusser y Demi Vollering siguen delante, también paradas aunque creen que avanzan, y la antena del observatorio meteorológico, tan de dibujo de Tintín, se ríe de sus esfuerzos estúpidos contra el viento de frente y la gravedad, y solo bendice a Kasia Niewiadoma, tan ligera como una nube, que vuela por delante de todas, ingrávida, tocada por la gracia y los dioses.
Niewiadoma, 31 años, ha ganado un Tour en el Alpe d’Huez y ha pisado el podio en los otros tres disputados en la década. Nunca había ganado una etapa. Ungida de tenacidad y paciencia, se infiltra y destroza el duelo anunciado entre las dos más fuertes, las dos más publicitadas ahora que Pauline Ferrand Prévot es una sombra, y lidera la general más apretada de los últimos años. 39s entre las tres primeras a falta de dos etapas. Un viaje llano hacia Niza el sábado, y un carrusel el domingo por las montañitas de la costa que rodean la capital de la Costa Azul, tan apropiadas para hacer el gamba con el coche imitando a los pilotos del rally de Montecarlo, y tan fácil despeñarse, y tan decisivo el col d’Éze, el juez antiguo de la París-Niza.
27 grados en el Chalet Reynard, donde se acaba el bosque y ya la memoria no tiene tiempo en pensar en las viñas que cultiva Caritoux en las laderas de la montaña calva y los peñascos como dientes de gigantes de los Encajes de Montmirail, heraldos de la montaña. Empieza el desierto. El viento. El espejismo que mata los sueños.
No son más que 100 segundos, 500 metros de ladera sur del gigante de Provenza, inclinada, vertical, hacia los 1.910 metros de la cima, los que engloban a todas ellas, y también Elisa Longo, que a medias con Blasi persigue, y las que se adhieren a su rueda, pero son planetas diferentes.
En uno, el que solo habita Niewiadoma, polaca de Girona con genes de campeona por matrimonio con Taylor Phinney, ciclista hijo de campeones olímpicos, se ríe con los mismos dientes, el mismo rictus entre placer y dolor, con el que el Contador de sus grandes días devoraba todo. “Estoy cansada y alucinada”, confiesa la única a la que el espejismo de las piedras se convirtió oasis de alegría, y recuerda las excursiones que hizo con su Taylor y otros amigos esta primavera. Ha atacado a 11 de la cima, mucho antes de lo que pensaba, inspirada e impaciente. “Vine aquí, al Ventoux, con mis amigos, con mi marido, y subimos la cuesta tres veces. Nos lo pasamos genial. Hicimos sprints. Nos esforzamos. Y se trataba simplemente de esa sensación increíble de estar por aquí. Era como escalar montañas. Y desde ese momento, solo quería volver a sentir eso al volver aquí. Esa alegría pura de montar en bici, sentirte como una niña, sentir que correr o montar en bici es genial porque podemos ir a donde queramos y disfrutar de cada pedaleo”. Y le dedica la victoria a sus padres, que lloran en la meta, y a su entrenador, el holandés Louis Delahaije, el mismo que preparó a la campeona retirada Annemiek van Vleuten.
En los otros, el de las duelistas Reusser-Vollering, amarillo y segunda, que se vigilan y se visitan y se atacan, desconfiadas, en la persecución, y el de las competidoras colaborativas del UAE, se sufre y se maldice. Solo al final, cuando Niewiadoma levanta los brazos casi sin fuerzas ya, y se ríe a carcajadas en el aire enrarecido de la montaña, y se prepara para vestir de amarillo por unos segundos, solo entonces, se rompe el encantamiento, y las fuerzas de Vollering se liberan para terminar de rematar a Reusser, un diésel potentísimo sin cambio, y hasta Longo, bestia competitiva única, la alcanza y la supera a la líder y la priva de los 4s de bonificación por ser tercera.
Blasi llega quinta, y por primera vez sonríe en un Tour que ha puesto a prueba todo su temple, su paciencia y sus fuerzas, una lección acelerada de gran ciclismo, tensión, presión y malos rollos en un equipo que, ciego, avanzaba a tientas en la gestión de los egos y los liderazgos. “Me he quitado un peso de encima”, reconoce Blasi, conquistadora del Angliru y del Tourmalet, después de haber superado una prueba más del Tour infinito, una montaña durísima que no conocía. “Hasta ahora había sufrido mucho por coger la posición en los repechos y había perdido mucho la confianza en mí misma. No ha sido el mejor día, pero hemos podido estar adelante, hemos luchado y hemos demostrado que en las grandes montañas siempre estamos ahí. Casi sin hablar me he entendido con Longo. Y eso es lo bonito. Creo que somos muy parecidas en esto, somos muy competitivas, pero muy honestas”.
El Ventoux de las tormentas fue eso y también fue la alegría de Paula Ostiz, la campeona mundial júnior, abriendo a los 19 años la puerta del monte al mínimo pelotón que aguantaba a rueda de las mejores. Fue un relevo simbólico al comienzo del puerto más duro de su vida para la ciclista navarra que en los pocos meses que lleva en el WorldTour ha sufrido lesiones y dudas, y preguntas desasosegantes -¿no será que soy tan precoz que he alcanzado mi madurez jovencísima y ya no seré más?— y un seis de agosto caluroso abre camino en la carrera más dura a su jefa, Marlen Reusser de amarillo, e intenta calmarle los nervios a la suiza, de 34 años, que nunca ha subido el Ventoux, que teme las pendientes y teme el viento, y dice, “qué nerviosa estoy”. Luego, finge calma y resiste las acometidas de Vollering, que ganó un Tour en un Tourmalet y perdió dos, uno en la Madeleine de Ferrand Prévot, y otro en el Alpe d’Huez que coronó a Niewiadoma en el 24. Y el domingo, Reusser peleará para unirse al club de ambas.
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