Deportes

Jugar de cara | Mundial 2026 de Fútbol


Hay una escena común a todos los campos de fútbol del mundo, ya sean de primera, de tercera, de infantiles o de la liga de empresas. El balón vuela hacia un delantero, que lo está esperando en el centro del campo, de espaldas a la portería rival. Por el camino, quien lo envía grita “¡de cara!”. Otro compañero, normalmente un centrocampista, se acerca al delantero al tiempo que este recibe el balón y se lo pide con las manos. También le suplica “¡de cara!”. Todo el mundo en la grada tiene claro que jugar de cara es la mejor solución, la única. Antes del partido, en la charla técnica, el entrenador ha mirado a los ojos al delantero y le ha dicho “juega de cara cuando estés de espaldas”. Se lo ha recordado en el túnel, antes de salir a jugar, pero se lo llevan diciendo desde que tiene uso de razón. Es un principio fundamental del fútbol.

Entonces el delantero controla, ignora el apoyo de su compañero, intenta girarse por la derecha pero no hay espacio así que se gira hacia su lado malo, exponiendo la pelota al defensa. El delantero está en un lío, ya que ahora se encuentra encerrado entre tres rivales. El entrenador levanta los brazos chillando “¡¡de cara, joder!!”.

Pero entonces y solo entonces, el buen delantero encuentra el último recurso a su situación desesperada. En ese momento, sin aire y rodeado de piernas, con todo el equipo rival preparando el contrataque, el delantero ignora el balón y se lanza directamente contra el obstáculo más cercano, doblándose sobre él en un escorzo más o menos exagerado, cayendo al césped o al caucho o a la arena, levantando los brazos, gritando de dolor y rezando por el silbato del árbitro que señale la falta.

La mayoría de las veces, si se hace bien, el árbitro efectivamente concede falta. Más por piedad que por reglamento. Y todos protestan, unos al árbitro y otros al delantero, que saca una sonrisita de maestro.

Otras veces el árbitro ve la farsa y grita “¡jueguen!”, dejando al delantero en el suelo agarrado a su espinilla, a sus compañeros bramando y al entrenador mandando a calentar al delantero reserva.

Lo que, hasta ahora, nunca en la historia del fútbol había sucedido, ni en primera ni en tercera ni en infantiles ni en la liga de empresa, es que el árbitro pare el juego y decida expulsar al delantero por eso. Nunca. Es esencial, fundamental, que eso no suceda. Un árbitro que expulse a un jugador por buscar una falta en el centro del campo demuestra que no entiende nada, sobre todo que nunca tuvo una pelota en los pies con 180 pulsaciones. Peor aún, quien reglamente de esa manera, y ahora invoco a los jefes del árbitro, acabarán con el juego que todos queremos si les damos suficiente tiempo y libertad. Por eso, cuando el jugador suizo Embolo fue expulsado por ese motivo en el minuto 72 de los cuartos de final, condenando a su equipo que aún así aguantó hasta la prórroga contra Argentina, se abrió una herida que conviene cerrar antes de que se infecte. De todo lo que no me ha gustado del Mundial, esto ha sido lo peor. Pero ha habido más cosas. El precio de las entradas, las pausas de hidratación, el césped de la final, las rajadas de las leyendas de los equipos eliminados, el vergonzoso rearbirtraje postpartido o el descanso de 27 minutos, precedentes todos muy peligrosos.

Por lo demás, ha sido un magnífico torneo, sobre todo gracias a los jugadores y técnicos que, aún exhaustos por la temporada, han dado un gran nivel. La final estuvo condicionada por un horario y un terreno de juego impropio del acontecimiento. Podemos decirlo ahora que no justifica ningún fiasco. Quien menos merecía estas condiciones era el irrepetible Messi, desencajado en cada primer plano de la final pero liderando con 39 años a una selección que hizo el único partido que podía darle la Copa y que merece mucho más mérito que el de la marrullería. La prueba contra los conspiranoicos que anunciaban una competición viciada a su favor es que el mejor jugador de la historia se despide con los pies cocidos y la boca seca, desesperado por la perfección del equipo español. Obligado por el calor y el césped seco a jugar demasiado de cara, como los delanteros corrientes. Merecía un adiós a los mundiales más carismático, lo cual no siempre conlleva levantar la Copa. Que se lo pregunten al Diego.


Source link

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba