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La memoria de la Guerra Civil española y sus espantos, 90 años después

A las 5:15 de la mañana del 18 de julio de 1936, en Las Palmas, en las Islas Canarias, el general Francisco Franco Bahamonde emitió un manifiesto. Otros generales en la zona continental de España y en las Islas Baleares se alzaban contra el gobierno de la República. Aquella hora había sido fijada por el general Emilio Mola y la movida inicial fue en Melilla, en el Marruecos español, y seguiría en las principales ciudades. Desde su prisión, el jefe de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, ya le había advertido a Mola que -de no iniciarse la sublevación militar- igualmente ordenaría a sus falangistas rebelarse contra la República.

En Melilla, liderados por el coronel Juan Seguí, los sublevados capturaron a los militares fieles al gobierno, ocuparon todos los edificios públicos, cerraron las casas del Pueblo y detuvieron a los dirigentes de los grupos republicanos o de izquierda. Varios enfrentamientos tuvieron lugar en los barrios obreros, pero los trabajadores fueron tomados por sorpresa, desarmados.

“Todos los detenidos que se habían resistido a la rebelión fueron fusilados, incluidos el general Romerales, el delegado del gobierno y el alcalde. Al atardecer, se habían conseguido listas de miembros de sindicatos, partidos de izquierdas y logias masónicas. Todas las personas que figuraban en la lista también fueron detenidas. Cualquiera del que solamente se supiera que había votado por el Frente Popular en las elecciones de febrero estaba en peligro. A partir de entonces, Melilla se rigió de acuerdo con la ley marcial. Esta forma de insurrección fue el modelo que se siguió en el resto de Marruecos y en España”, describe el historiador Hugh Thomas.

La Guerra Civil Española comenzó hace nueve décadas y concluyó en 1939. Desde entonces su memoria fue exhaustivamente reconstruida por los historiadores de su país y también estudiosos británicos como Thomas, Ian Kershaw y Paul Preston. Una inmensa obra cultural en todos los géneros mantiene viva, especialmente desde la visión republicana, aquella tragedia. Figuras literarias de aquella época como Hemingway, Dos Passos y Orwell, herido en el frente de Aragón, o las imágenes captadas por Cappa, dejaron múltiples y conmovedores testimonios.

Tiros, traición y muerte

Aquel 18 de julio a las 8.30 de la mañana, el gobierno anunció por radio la sublevación. Aunque intentaba transmitir calma y sensación de normalidad, la situación era confusa. Comenzaban a escucharse tiros en toda España. “El sábado caluroso se convirtió en una sucesión de horas frenéticas, dudas, traiciones y muerte. El golpe no triunfó de inmediato, pero debilitó al Estado republicano y desencadenó la revolución que decía querer evitar”, describe la historiadora Pilar Mera en “El día que empezó la Guerra Civil”.

Una imagen del general Francisco Franco, el líder del sector falangista en la Guerra Civil española.

Lo que inicialmente fue un intento de derrocar al gobierno republicano en pocos días se convirtió en una guerra civil a gran escala. España quedó dividida en dos zonas: la sublevada, bajo control militar y con apoyo de la Iglesia y de los fascismos europeos; y la zona republicana, que agrupaba a socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos de izquierda. La guerra dejaría una inmensa estela de muerte, una devastación económica sin precedentes y profundas heridas políticas y sociales que marcarían a varias generaciones.

España atravesaba por una crisis política, social y económica en el gobierno de su Segunda República, que desembocó en esa rebelión. La polarización era extrema: las reformas del primer bienio republicano habían sido revertidas parcialmente por el gobierno conservador de 1933-1936, lo que generó frustración en la izquierda. La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 volvió a agitar el país. Aumentaron los enfrentamientos callejeros, los asesinatos políticos y las huelgas.

En este clima de violencia, parte del Ejército, con el apoyo de sectores conservadores, monárquicos, carlistas y falangistas, comenzó a preparar un golpe de Estado Ian Kershaw escribió: “Las elecciones de febrero de 1936 reflejaron un país totalmente dividido. Fue una victoria estrecha envotos, pero amplia en escaños, de la izquierda agrupada en el Frente Popular. Los temores de la derecha se acentuaron y alcanzaron el punto culminante cuando las huelgas, la ocupación de tierras y la quema de iglesias se interpretaron como precursoras de la revolución comunista. De hecho, no había posibilidad alguna de que eso sucediera, pero la percepción de peligro de la derecha nacionalista era real y los asesinatos políticos perpetrados por la derecha y la izquierda ponían de manifiesto que el país estaba sumido en una enorme agitación. La polarización social, política e ideológica era insalvable. No está nada claro que la República hubiera podido sobrevivir. Fuerzas poderosas, sobre todo militares, estaban resueltas a destruirla. Los dirigentes de la derecha conspiraron a toda prisa para organizar un golpe militar”.

Miles de defensores de la República salieron a las calles de Madrid en 1936 en repudio al alzamiento de los militares comandados por Francisco Franco. Foto: AFP

Otro de los líderes de la derecha, Gil Robles, atizó: “En los últimos cuatro meses quemaron 160 iglesias, se cometieron 269 asesinatos básicamente políticos, y 1.287 agresiones de diferente gravedad. Fueron destruidos 69 centros políticos, hubo 113 huelgas generales y 228 huelgas parciales, y habían sido saqueadas las redacciones de 10 periódicos. Desengañaos. Un país puede vivir en monarquía o en república; en sistema parlamentario o en sistema presidencialista; en sovietismo o en fascismo; como únicamente no vive es en anarquía, y España, hoy, por desgracia, vive en anarquía”.

La cautela de Franco

A principios de julio, los falangistas asesinaron a dos oficiales republicanos, José del Castillo y Carlos Faraudo. La represalia fue igual de cruenta: mataron al diputado Calvo Sotelo, uno de los líderes de la derecha monárquica. “El escándalo político desencadenado tras el descubrimiento del cadáver de Calvo Sotelo fue enorme y benefició a los conspiradores militares: el asesinato proporcionaba una justificación patente a sus argumentos de que España necesitaba la intervención militar para salvarse de la anarquía. Forzó el compromiso de muchos vacilantes, incluido Franco”, apuntó Preston.

Con respecto a la conspiración en marcha, mayormente el gobierno no sabía nada. Pero tuvo la precaución de desplazar a Franco de su puesto de jefe del Estado Mayor y mandarlo a las Islas Canarias. Sin embargo, durante varias semanas, Franco estuvo dubitativo y participó poco en los preparativos del golpe. Debido a su instintiva cautela, no estaba seguro de que un levantamiento contra el gobierno pudiera tener éxito.

Y lo cierto -esto quedó aclarado y documentado en las biografías y ensayos de las últimas décadas- Franco no era al principio el líder de los golpistas. Sólo se acopló a último momento y, por una serie de circunstancias (también por su feroz determinación personal), llegaría pocos meses después a ese liderazgo.

“Franco fue sin duda fruto de unas circunstancias excepcionales, si bien en ciertos aspectos estas constituían la manifestación española de un malestar generalizado y muy arraigado en la Europa de entreguerras. Las virulentas convulsiones sociales, políticas e ideológicas que acosaron a España durante los muy turbulentos cinco años de la II República, desde 1931 a 1936, desembocaron en una devastadora guerra civil que encumbró a Franco como líder militar de la rebelión nacionalista. Sin la guerra civil, no habría habido posibilidad alguna de que Franco llegara a ser el jefe del Estado español. Franco sacó provecho de las crónicas y purulentas úlceras en el cuerpo de la política española”, agregó Kershaw en su reciente libro sobre los líderes europeos del último siglo.

Francisco Franco fue cauto al comienzo de la revuelta contra la República.

Franco tenía prestigio entre los más conservadores después de que, al frente de su Ejército del África, fuera convocado para aplastar la revuelta minera en Asturias pocos años antes. Su figura, a la vez, provocaba recelo en el gobierno republicano que, pese a todo, en mayo de 1935 lo ascendió a jefe del Estado Mayor del Ejército. Luego, lo alejaron.

Los conspiradores, entre los que sobresalía Mola, habían previsto que el general Sanjurjo, un monárquico, veterano de las guerras coloniales y ahora exiliado en Portugal por golpista en 1932, sería el futuro líder de la dictadura militar que planeaban establecer.

Hasta fines de junio del 36, los rebeles no sabían si Franco participaría en la revuelta y, en caso de hacerlo, lo destinarían como jefe del Marruecos español.

Todo se aceleró en España tras el asesinato de Calvo Sotelo. Aquel día Franco y otros militares decidieron plegarse al movimiento.

Kershaw lo describió así: “Franco no tenía ni mucho menos aspecto de gran líder nacional. Distaba de ser una figura imponente. Carecía a todas luces de toda aureola carismática. A diferencia de Hitler o Mussolini no tenía cualidades oratorias ni había creado ningún movimiento de masas en torno a su persona. No se había implicado jamás en ningún partido político. Pero sí poseía una excepcional capacidad militar e inspiraba una profunda admiración entre los soldados a los que dirigía, en especial en el ejército de África, donde se le veneraba por su victorioso liderazgo en las guerras coloniales de la década anterior. En cuanto se hubo puesto en marcha el levantamiento militar, enseguida tuvo la ambición de liderarlo. No obstante, el cumplimiento de esta ambición dependía de factores que escapaban a su control. Había otros candidatos. Sea como fuere, se las ingenió para asumir muy pronto el mando supremo de las fuerzas nacionalistas. Y tan pronto como se le reconoció como líder de la sublevación, empezó a hablar como jefe de estado de España. Este aumento rápido de su estatus se debió tanto a varios golpes de suerte como a su incuestionable y demostrado talento militar».

Los factores que le abrieron paso a Franco

* La desaparición de sus potenciales rivales. Sanjurjo murió tres días después de iniciada la rebelión cuando la avioneta que lo trasladaba desde Portugal se estrelló al despegar. Fue un accidente.

* Otros dos jefes militares (los generales Joaquín Fanjul y Manuel Goded) fueron ejecutados al fracasar inicialmente el alzamiento en Madrid y Barcelona.

* El general Mola, el único contrincante que le quedaba en el ejército, pronto acabó en una posición débil: las fuerzas del norte a su mando eran incapaces de avanzar, mientras que el ejército de Francia, desde su llegada a Marruecos, llevó a cabo rápidos progresos en el sur

* Entre los potenciales dirigentes civiles, Calvo Sotelo ya había sido asesinado. Y José Antonio Primo de Rivera, carismático fundador de la Falange, fascista radical, estaba encarcelado desde marzo de 1936 y fue ejecutado en noviembre.

La  tumba del general Francisco Franco, en 2018, antes de ser retirada de San Lorenzo del Escorial, cerca del Valle de los Caídos. Foto: AFP

Con 43 años, Franco era el general más joven de Europa. Pero, además de aquellos factores, hubo otro de igual o mayor relevancia: desde el comienzo dela rebelión Franco tendió lazos con los regímenes de la extrema derecha (Hitler en Alemania, Mussolini en Italia) para que le ayudaran militar y económicamente. Tras algunos titubeos, le facilitaron todos los medios para armar el puente aéreo -el primero de la historia- y para que el temible ejército de Africa llegara al sur de España, donde avanzó rápidamente en base a su poder de fuego, su crueldad y fanatismo. Mientras la resistencia de los milicianos republicanos detenía la sublevación en las principales ciudades (Madrid, Barcelona y Valencia), los nacionalistas liderados por Franco avanzaron desde el sur.

“Los marroquíes sembraban el terror a su paso (era la estrategia de Franco) ejecutando a los prisioneros y violando mujeres. Los niveles de violencia ya muy arraigada en una sociedad ideológicamente desagarrada habían llegado a tal punto que un bando justificaba sus atrocidades tanto como condenaba la del norte. A mediados de agosto había una única zona nacionalista. Los primeros éxitos de Franco le garantizaron que sería él y no Mola el comandante principal alguien que gozaba personalmente del favor de los alemanes como receptor de suministros bélicos”, escribió Kershaw.

La ayuda de Hitler y Mussolini

Ya el 27 de julio, Mussolini le envió un escuadrón de 12 bombarderos a los nacionalistas. Hitler, que venía de presenciar la ópera Sigfrido, de Wagner, recibió una carta de Franco con pedido de “fusiles, aviones de caza y cañones antiaéreos”. El líder nazi envió 30 aviones de transporte para facilitar el puente aéreo y denominó a la operación “Fuego mágico” (bajo la influencia de la ópera…). En el registro se agrega el famoso bombardeo nazi a Guernica, arrasando la ciudad y ametrallando indiscriminadamente a la población civil

Los conspiradores no habían previsto que iba a ser una larga guerra. Sus planes contemplaban un rápido alzamiento seguido de una dictadura militar. No contaban con la fuerte resistencia obrera. Pero solo en algunas zonas tendrían éxito rápido: Pamplona – las ciudades conservadoras y clericales de León y Casilla (Burgos, Salamanca, Zamora, Segovia, Avila).

CLAIMA20160624_0296   Benito Mussolini y Adolf Hilter   Adolf Hitler y Benito Mussolini dictadores de paises europeos dictador italiano italia y aleman alemania foto historica historia

En las zonas donde la sublevación alcanzó un triunfo inmediato enseguida llegó la represión. Mola había previsto que el terror representara un papel crucial: “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los dirigentes de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares”

Tras una feroz lucha en Andalucía, Sevilla cayó en manos del excéntrico comandante Gonzalo Queipo del Llano. El 25 de julio firmó la orden de que todas las personas dirigentes de cualquier sindicato “fueran inmediatamente fusiladas” así como un número igual de militantes cuidadosamente escogidos”. El comandante militar de Granada, general Miguel Campins: se había puesto a las órdenes de Franco, amigo suyo. Igual fue detenido “por rebelión” y fusilado el 14. Presuntamente Franco envió una carta pidiendo clemencia, pero Quepo ni la atendió. En Granada fusilaron a cinco mil civiles. Y el 19 de agosto, secuestraron y mataron a una gloria de la poesía universal: Federico García Lorca.

El avance nacionalista desde Andalucía, que demostraba el poder de Franco y ejecutaba el teniente coronel Juan Yagüe, era demoledor. Así describieron, por ejemplo, la caída de Badajoz: “Después de que la artillería pesada y los bombarderos abrieran brechas en las murallas, empezó una salvaje represión en la que fueron asesinadas casi 2.000 personas, incluyendo a numerosos civiles inocentes. En las calles corría la sangre y se amontonaban los cuerpos, dando una imagen que el periodista portugués Mario Neves calificó de ‘desolación y terror’ los hombres de Yagüe enviaban así un mensaje a los ciudadanos de Madrid sobre lo que les esperaban si no se rendían antes de la llegada de las colunas africanas”.

A pesar de que el golpe no fue tan fulminante como los nacionalistas esperaban, Mola declaró semanas después en Burgos: “El gobierno miserable del contubernio socialista liberal ha muerto vencido por el gesto gallardo del Ejército. España, la verdadera España, la católica y grande España, ha aplastado al dragón y este muerde y se revuelve en el polvo. Yo iré a ponerme al frente de las tropas y no hay de pasar mucho tiempo sin que el signo santo de la cruz y nuestra bandera ondee entrelazados en Madrid”.

Al cabo de un mes los nacionalistas controlaban la tercera del territorio: Galicia, León, Castilla, Aragón y parte de Extremadura más enclaves aislados de Andalucía. Pero los centros industriales seguían manos republicanas. La sublevación había fracasado en Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga y Bilbao.

En septiembre, una convención de los altos mandos nacionalistas acordó nombrar a Franco como “comandante militar supremo”. Y el 1° de octubre le entregaron los “poderes absolutos del estado”, además de que comenzaron a llamarlo caudillo y líder. Mola, el único que podía considerarse a esa altura un par entre los líderes rebeldes, también murió en un accidente de aviación en 1937.

A esa altura, Franco “se sentía el jefe de una cruzada en defensa de España y la fe católica en contra del ateísmo y la barbarie de la república. Esto encajaba con su creencia de que tenía una imperiosa misión patriótica encargada por Dios”.

Otro texto de Kershaw: “La determinación de Franco no solo para vencer sino también eliminar a los enemigos internos de España contribuyó a prolongar el cruel conflicto: Franco no quería una victoria rápida pero superficial. Sus fuerzas avanzaban despacio, implacables. Sin piedad. Ambos bandos llevaron a cabo terribles atrocidades pero la gran mayoría corrieron a cargo de los nacionalistas. Además del millón o así que acabaron en cárceles o campos de trabajo las fuerzas de Franco ejecutaron a decenas de miles de republicaciones. El personalmente leyó del principio a fin y firmó muchas sentencias de muerte”.

El derrumbe de la resistencia republicana

Después de tres años de una guerra despiadada, casi sin tregua y límites aún hoy inconcebibles de crueldad -que sellarían por décadas el destino de España- la resistencia republicana se fue desmoronando.

El 26 de marzo de 1939, los nacionalistas tomaron Madrid y cinco días más tarde Franco anuncio que la guerra había terminado. En mayo montó un Desfile de la victoria durante cinco horas en la capital, al estilo de las grandes movilizaciones fascistas de la época. Allí pronunció un discurso en el que previno contra “el espíritu judío que permitía la alianza del gran capital con el marxismo”. Y en una solemne misa mayor, las autoridades católicas le expresaron su “gratitud por el triunfo”. A esa altura Franco se sentía un “cruzado” o un Cid Campeador, reviviendo antiguas glorias de la España medieval.

Según la mayoría de los historiadores, si incluimos los centenares de miles que murieron en los campos de batalla, las decenas de miles de ejecutados por cada bando y medio millón aproximado de republicanos que huyeron al exilio, las víctimas de la Guerra Civil en ambos bandos superan la cifra de un millón. El fin de la guerra no supuso el cese de las matanzas. Las represalias y el deseo de “llevar a cabo la eliminación total de nuestros enemigos” garantizaron que la purga terrorista continuase hasta mediados de los 40.

Paul Preston en su ensayo “La Guerra Civil Española” sintetizó: “Los ultracatólicos y los miembros de las clases medias que experimentaron horror ante la visión de los desórdenes republicanos y el anticlericalismo promovido por la izquierda fueron inducidos a cerrar los ojos a los aspectos más repulsivos de la sangrienta dictadura mediante un recuerdo constante y exagerado de la guerra. Al cabo de unos meses del cese de las hostilidades, se publicó una voluminosa Historia de la Cruzada que glorificaba el heroísmo de los vencedores y retrataba a los vencidos como marionetas de Moscú o como locos sanguinarios perpetradores de sádicas atrocidades. Hasta muy entrados los años 60, sus publicaciones presentaban la guerra como una cruzada religiosa contra la barbarie comunista. Lejos de intentar cicatrizar las heridas de la guerra civil, Franco se esmeró por mantener la guerra como una llaga viva y ardiente, tanto dentro como fuera de España”

La guerra civil española había tenido en vilo a gran parte de Europa durante casi años: era el preludio de una conflagración cada vez más amplia y cada vez más irremediable. La Segunda Guerra Mundial.


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