Deportes

La vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial


Mientras llega la hora de la final contra Argentina me ha dado por ponerme trascendente y pensar por qué nos altera tanto el fútbol, por qué nos consumimos por dentro de una manera tan irracional. Quizás sea porque del fútbol no depende nuestra vida pero sí gran parte de nuestra felicidad. Y no me refiero a esos hinchas argentinos que son capaces de hipotecar o incluso vender su casa para acompañar a su selección en un Mundial. No llego a tanto, sobre todo porque mi mujer no me dejaría. Una vez escribí en un artículo que nunca había sido tan feliz como jugando al fútbol y aún me recuerda de vez en cuando si el día de nuestra boda o el nacimiento de nuestros hijos están por debajo de ese grado de felicidad. No he acertado aún a explicárselo. He llegado incluso a desear que me gustase un poquito menos el fútbol para poder disfrutar más de él, sin sentir esa angustia que te encoge el estómago en cada jugada de peligro. Sobre todo cuando llega un mundial. Por ello quizás sea capaz de recordar los anuncios del descanso de un partido jugado hace más de medio siglo, como aquel épico España-Yugoslavia del 74 en Frankfurt del que les hablé hace unos días: “¿Quiere saber cómo quedará el España-Yugoslavia?. Léalo en Barrabás, la revista satírica del deporte”. Luego venían las repeticiones más interesantes del primer tiempo ofrecidas por la red de asistencia SEAT, pero allí solo salía el puto gol de Katalinski que nos dejó sin el mundial de Alemania.

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