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La final de un Mundial no es un partido más | Mundial 2026 de Fútbol


Hay una frase que siempre aparece antes de una final: “Es un partido más”. La escuchas durante toda la semana. La repite el entrenador, la gente del staff, los compañeros, la televisión… Y llega un momento en el que te convences de que es verdad: el balón pesa lo mismo, las porterías miden igual, son once contra once y todo consiste simplemente en jugar a fútbol. En parte es verdad, pero solo hasta que despiertas el día de la final.

Ese día entiendes que hay partidos que se juegan y otros que se viven. Intentas que todos los rituales sean los mismos: desayunas a la misma hora, haces la misma activación, escuchas la misma música, juegas esa partida de cartas de siempre, te tomas el mismo café… Pequeñas rutinas que buscas sin darte cuenta para intentar convencer a tu cabeza de que es un día de partido cualquiera. Pero el cuerpo sabe que no lo es. Las horas pasan despacio, muy despacio, tienes ganas de que llegue ese momento. Y, al mismo tiempo, querrías detenerlo y quedarte en esa sensación unos minutos más.

Sabes que una vez que empiece a sonar el himno ya no habrá vuelta atrás. En ese instante entiendes que quizá esa sensación o ese día nunca vuelva a repetirse, porque el fútbol no hace promesas. Puedes tener una carrera extraordinaria, pero no encontrarte jamás ante un partido de tal magnitud como una final de un Mundial. Por eso cada minuto se vive de forma diferente.

Sabes que estás pisando un escenario con el que millones de niños y niñas sueñan, pero al que muy pocos pueden llegar. Eres consciente de que no juegas solo por ti, sino para un país entero. Eso, lejos de pesar, te empuja. Piensas en las miles de personas reunidas delante de la televisión, en los niños y niñas con tu camiseta, en los que quizá nunca habían visto un partido, pero que ese día sienten que también forman parte del equipo.

Entiendes que representar a tu país en una final de un Mundial no es solo una responsabilidad más, es un momento en el que cualquier futbolista sueña desde que da las primeras patadas a un balón. Es un privilegio inmenso, de los que sabes que te van a acompañar toda la vida. Quizá por eso España me transmite muy buenas sensaciones. Más allá del nivel futbolístico, es un equipo que parece entender perfectamente el momento que está viviendo.

Las finales no solo se juegan con las piernas o con el corazón, también con la cabeza. España ha encontrado un equilibrio muy difícil de conseguir: el descaro de quien juega sin miedo y la serenidad de quien ya sabe lo que significan partidos como este. Hay una jugada contra Bélgica que para mí resume perfectamente esa idea: cuando Cubarsí rompe líneas con una conducción valiente, de esas que solo se atreven a hacer los que todavía creen que todo es posible y, unos segundos después, es Mikel Merino quien aparece para marcar el gol. En una misma acción conviven la frescura de uno y la experiencia de otro. No compiten entre ellas, sino que se complementan. Eso en un Mundial vale muchísimo; porque el talento te lleva hasta una final, pero muchas veces son la calma, el equilibrio y la manera de gestionar cada momento los que terminan acercándote a levantar la copa.

Enfrente estará Argentina, una selección acostumbrada a vivir con la presión de las grandes citas y a competir hasta el final. Será un reto enorme, pero cuando el balón eche a rodar todo lo que se haya dicho durante la semana dejará de importar, porque por mucho que todos intenten convencerse de lo contrario, una final de un Mundial nunca es un partido más.

Mariona Caldentey es futbolista y campeona del mundo con España en el Mundial de 2023.


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