Bañarse con bandera roja | Mundial 2026 de Fútbol


En la playa de Liencres siempre hay olas. Es una larga flecha de arena que termina en punta, justo donde se unen el río Pas y su agua dulce con el Cantábrico más rabioso. Todas las fuerzas confluyen en esta playa, e incluso los días que ondea la bandera verde, el mantel del mar tiene ondulaciones. Cuando pasa esto, en vez de tablas de surf y cuerpos hercúleos, lo que hay en el agua son bañistas convencionales, y por eso se ve algún que otro guantazo en la orilla, porque los bañistas convencionales no sabemos leer el mar como los surfistas, ni anticipar el ritmo de su elevación ni su cadencia, y nos quedamos quietos en esa zona donde no cubre pero tampoco puedes sumergirte, mirando cómo se acerca la ola, cómo crece más y más, hasta que cierras muy fuerte los ojos.
La indecisión siempre termina con el mar estallándote encima, que se lo digan a los franceses, que venían a darnos un baño y se han llevado un revolcón. Sin embargo, lo interesante no ha sido la forma de caer de Francia, sino cómo España se convirtió en una fuerza de la naturaleza que ha hecho ondear la bandera roja en el Mundial.
¿Le llegaría a la Selección la intuición de tantos españoles convencidos de que el viaje terminaba ahí, en Dallas? ¿Qué hacen los jugadores con sus expectativas y con las ajenas en esa milésima de segundo en la que mueven el pie, enfocan el pase o respiran, si el temor a fallar es más rápido que una elástica de Lamine? Pienso en Ferran Torres, por ejemplo. El valenciano ha dejado una de las imágenes más poderosas del torneo que evidencia la profundidad a la que suceden las batallas más íntimas. Sus minutos iniciales con la Selección se cuestionaron; había fallado varias ocasiones claras ante Cabo Verde y, sin mentarlo, apareció en el imaginario colectivo el fantasma de Morata. En el siguiente partido contra Arabia Saudí, cargaba con el peso de la cruz de parte de la afición y la prensa, y cuando le tocó salir, sus acciones incitaban al juicio como en una parábola bíblica. Hasta que metió el gol. La celebración parecía más bien un exorcismo y me pregunto qué pensó cuando el árbitro se llevó la mano a la oreja. Durante unos minutos, el VAR condensó su destino, y las cámaras, que lo sabían, buscaron el primer plano de su cara: “Por favor, que sea gol. Por favor, que sea gol”. Ferran movía los labios, rezaba como el que pide clemencia, pero Dios lo castigó. ¿Cómo es posible que una semana después de aquello, el bloque ofensivo que mantuvo a Francia hundida pasara por sus botas? ¿Cómo hicieron los demás jugadores, cada uno a cargo de sus propios demonios, para sincronizar esa marea de pases y coberturas, de huecos y líneas, que ahogó a los franceses?
Era un equipo plagado de estrellas que iba a darnos un baño. Y dudamos, que es lo peor que uno puede hacer cuando hay olas, pero la Selección no dudó, y ahora que ondea la bandera roja en el Mundial, está prohibido bañarse si no quieres acabar en la arena como Mbappé, Dembelé, Olise o Koundé. “El mejor equipo ha ganado a la mejor selección”, dijo Luis de la Fuente, y es así porque lo que te tumba no es una ola solitaria, sino cuando vienen todas seguidas, coordinadas, imparables. Y ahí está el milagro, en habernos transformado en una fuerza de la naturaleza cuando pensábamos que nuestra naturaleza era otra. Me pregunto si nuestros rivales en la final serán buenos nadadores.
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