La tristeza argentina | Mundial 2026 de Fútbol


Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Granjuán querido, siempre ha sido así: de vez en cuando me imitas en lo malo, que en lo bueno es obvio que no lo necesitas. Por eso ahora te dio por enfermarte. Me asusté, como es lógico, pero me tranquilizó mucho que pudieras escribirme: por una vez, la escritura resulta un buen síntoma.
Así que estos días en que tu cuerpo se declara ajeno —o demasiado propio— terminarán siendo un recuerdo curioso, como casi todo. Alguna vez deberíamos hablar más sobre el modo en que nos vamos redactando los recuerdos, dándoles esa forma que terminará siendo más cierta que lo cierto y que irá formando el capital con el que especulemos en la vida.
Es, también y sobre todo, un proceso de selección: la mayor parte de lo que vivimos no da para recuerdo. Quizás hasta se podría suponer que la calidad de un día o un mes en nuestras vidas se puede medir por la cantidad de recuerdos que nos deja.
Y entonces te apuesto a que este partido de Argentina y Suiza no va a ocupar mucha memoria. ¡Qué mal está jugando la Argentina! Lo venimos viendo desde el principio, pero cada vez se pone un poco peor. Es difícil pensar un partido más cómodo que el de anoche: un rival anodino, un gol de córner a los diez minutos. Todo lo que había que hacer era tener un poco la pelota y dejar que el tiempo los fuera taladrando; perdimos el control, nos metimos atrás, nos hicieron un gol y menos mal que un tonto se quiso hacer el vivo y se hizo expulsar. Argentina no intentó, en todo el partido, ni un solo desborde. ¿Y sabes qué otra cosa no intentó? Patear al arco. Metió el golcito de cabeza y no volvió a poner una pelota entre los tres palos contrarios hasta el minuto 92. ¡Atención, señores de los récords!
Pero ganamos, así que ahora los inflaglobos de la patria volverán a hablar de corazón, de lucha, de que por algo somos lo que somos y, supongo, millones de compatriotas intentarán creérselo aunque sepan que, por ahora, este equipo es un desastre auténtico, tristeza. Pero la fiesta debe continuar, tachín tachín, que no se note, y vamos Argentina todavía y seguro que un día todos los mismos van a hacer algo muy distinto.
Tampoco creo que recordemos mucho tiempo la consagración española de anteayer. En un punto España y Argentina tienen la misma idea: conservar la pelota y aburrirla y aburrir sobre todo a los de enfrente para, de pronto, acelerar y clavarte y acabarte. La única diferencia es que España lo hace; poco, pero lo hace.
Su triunfo es, en realidad, el inicio de su pasión: si es martes, debe ser Francia. Este martes y miércoles los conocidos de siempre vuelven a encontrarse: la élite del fútbol no se deja penetrar tan fácil. En los últimos diez mundiales, entre los veinte equipos que jugaron las finales sólo hubo tres que no habían ganado alguna antes. Los viejos oficiantes se ríen de la pasión de los conversos.
Y la palabra pasión es sorprendente: la revoleamos a diestra y siniestra sin recordar que, en el origen, la pasión es el camino de un hombre hacia su muerte. Alguien me dirá que no era un hombre y que no podía morirse; la discusión lleva solo dos milenios desde que la empezó aquel mismo señor gritándole en su cruz a su padre putativo: papá, papá, ¿por qué me abandonaste?
Pero no vamos a meternos en esas trapisondas; sólo quiero decirte que me sorprende la evolución de la palabra, que primero pasó de representar aquel calvario a nombrar los deseos desbordados y ahora, al fin, se instaló en el vocabulario futbolero: nadie usa tanto la palabra pasión como los hinchas de todos los colores. No quiero hablar de religiones, pero de la Pasión de Jesucristo a la que aviva el Sportivo Desamparados de San Juan, un suponer, el camino fue largo y tortuoso, poca gloria.
Y diría que esa insistencia en la pasión es sólo un signo, uno entre otros: a veces, en estos días mundialistas, me ataca cierto disgusto con el fútbol. O, mejor, ciertos disgustos con el fútbol. Por un lado, el disgusto habitual: me pregunto una y mil veces cómo es posible que un show con su pelota mantenga en vilo a miles de millones, cómo que tantos se sientan representados por estos deportistas más que por nadie más, cómo que el fútbol sea tan eficaz para producir el retorcido Efecto Patria. ¿Cómo puede parecernos tan normal, tan natural, que las patadas de unos muchachos sirvan para medir la grandeza de un país, la intensidad de nuestro amor por él?
Pero quería contarte que, junto al disgusto general, ahora me ataca uno específico cada vez que las cámaras mundialistas nos muestran sus tribunas: un territorio divinamente libre de pobres. Los pobres lo miran por televisión; en las tribunas hay ricos o seudo ricos que se divierten haciendo, con gran confort y garantías, lo que solían hacer los pobres por su cuenta y riesgo. Durante mucho tiempo el fútbol fue una forma de populismo: ofrecerle al pueblo una emoción que no cambia nada salvo la emoción misma. En situaciones mundiales como esta ya no es populismo; es plebeyismo, ricos haciendo cosas que solían los pobres, qué divertido viste.
Señores con sus cuernos, señoras con lentejuelas o tocados de plumas, señores y señoras con sus niños tan bien pintarrajeados, sus bebés embobados, señores bebedores, señoras enjoyadas, señoras bailarinas, señores saltarines y, siempre, la guinda de la torta: unos señores y muy pocas señoras que no reconocemos pero deberíamos porque están en ese espacio más reparado y amplio que nos muestran para mostrarnos que a ellos sí les fue bien en la vida. Y que si no los conocemos la culpa es nuestra, brutos ignorantes.
(A propósito: quería expresar mis simpatía con estos señores y señoras tribuneros que la cámara, de pronto, enfoca en medio del partido. Súbitamente se dan cuenta —no sé cómo, si estuvieran mirando la cancha no se verían en las pantallas del estadio— de que los están mostrando y la duda tremenda los ataca: ¿y ahora qué melones hago? Su primer gran impulso es mirar la pantalla, celebrar que millones los ven en ese instante. Pero si miran la pantalla dejan de hacer aquello por lo cual los pusieron en la pantalla y, en general, los borran; si no miran se lo están perdiendo. El resultado siempre es la derrota: si miran, porque ya no los muestran; si no miran, porque nunca se vieron. La sociedad del espectáculo es más mala que el hambre.)
Y, entre sus maldades, la de atacarte con sus viruses es una de las más despreciables. Hoy todos somos Team Villoro/Flemming, ese señor inglés, modelo de modestia, que se quejaba de que nadie decía que él había revolucionado la medicina cuando acababa de descubrir la penicilina y empezaba a revolucionar, así, la medicina. Aquella revolución nos ha salvado tanto que alcanzaría para que todos fuéramos revolucionarios.
Así que nada, revoluciónate, aprovecha tus antibióticos y te leo mañana.
Abrazotes,
m.
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