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Mundial 2026: La batalla de los inmigrantes | Mundial 2026 de Fútbol


Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.

Granjuán, ¿viste que en estos días no hay comentarista futbolero que no lance un dato nuevo sobre Messi? Que si le hizo más goles a Bolivia que Bernabé Ferreyra a Chacarita, que ha usado el mismo zapato izquierdo en los cinco partidos, que si es la décimotercera vez que no se suena los mocos tres veces en un segundo tiempo, noticia tras noticia tras noticia. Yo, por no ser menos, también tengo la mía: ¿sabías que Leo Messi, el más rico de los jugadores, nunca fue comprado ni vendido? No lo compró el Barça ni el PSG ni el Miami: como si sólo lo aceptaran regalado –o no tuviera precio.

En cambio no es noticia que Messi y Argentina jugaron mal contra Egipto. O, mejor dicho: jugaron muy mal el 85% de su partido contra Egipto, hasta que consiguieron ponerse cero a dos, y entonces llegó el efecto Francia: igual que la final del Mundial anterior, de pronto el derrotado resucitó, se levantó y andó. (Anduvo, idiota. Sí, anduvo idiota un tiempo pero después se curó).

Y ahora los medios y los cuartos hablan de esos quince minutos mágicos y de un triunfo épico y de un partido histórico –todo muy esdrújulo– como si a los pobres argentinos de repente les hubiera caído un tsunami y, víctimas del meteoro, lucharon por sobrevivir. Nadie parece tomar en cuenta que el único tsunami fue lo mal que lo hicieron casi todo el partido.

Y atribuyen su resurrección a su corazón, su fuego sagrado, su orgullo invencible –y lo celebran con grandes salvas de palabras cursis. Yo no termino de entender por qué, para manifestarse, el corazón, el fuego y el orgullo deben empezar por ausentarse durante la mayor parte del partido y solo aparecen cuando todas las cagadas ya están hechas. Me interesa el mecanismo pero no lo entiendo.

Lo que creo que entiendo, por ahora, es que el equipo argento todavía no funciona –muy floja la defensa, laterales desiertos, la tozudez de entrar tocando por el medio, la falta de gambeta y de desborde– y que su entrenador se empecina en los mismos jugadores y que el gran capitán y salvador pierde casi todo lo que toca: 27 bolas, este martes. Y que es maravilloso que lo hayan salvado a fuerza de pelotas en el aire pero que habría que conseguir alguito más. Ahora jugaremos por los cuartos de final de la Copa del Mundo contra Suiza tras haberles ganado por los pelos a Egipto, Cabo Verde, Jordania, Austria y Argelia. Sí, es injusto que este sábado no nos toque Groenlandia, pero además del corazón y el fuego hemos tenido tanta suerte que parece necio derrocharla.

Y quería decirte que por favor no me confundas: pese a las apariencias, no estoy en contra de los que caminan, en la cancha o cualquier otro lado. Sí, claro, podría estarlo, pero más bien les tengo pena: son personas que no encontraron, todavía, formas mejores de movilizarse. Es raro que tengamos patas: que esa haya sido la solución al desafío del desplazamiento. No digo sólo nosotros; digo todos, bípedos, cuadrúpedos, cualquier pedo es un bicho bizarro. Yo sospecho que en algunos siglos perderemos esos raros extremos por falta de uso. Es cierto que sin piernas no habría fútbol ni medias de seda con costura ni quizás infantería de marina. Pérdidas delicadas pero, insisto, no tengo nada contra los jugadores que caminan la cancha. De hecho, si miramos a los tres grandes goleadores de este circo cuando no están cubriéndose de gloria, veremos que hay dos que se pasan los partidos caminando. El único que corre de aquí para allá cual can tan cándido es el joven Mbappé; Messi y Haaland van pasito a pasito, como quien da una vuelta por el mall mirando las vidrieras.

Y esta vuelta tan rara: que ahora millones en todo el mundo crean que la Argentina es el mimado de la FIFA, el caballo del comisario, el equipo del poder. Yo no lo entiendo, pero mi incomprensión parece comprensible. En todo caso nunca nos había pasado, no sabemos cómo jugar ese papel. Últimamente nos tenían compasión porque nos gobernaba un tonto; ahora nos detestan porque los malos querrían favorecernos. Llevo un rato preguntándome cuál prefiero, la lástima o la envidia. Es casi cruel dudar ante una elección que no podrás hacer. Y, de todas formas, esto se trata de Francia y de Marruecos.

Marruecos y Francia mantienen una relación especialmente perversa en este mundo lleno de relaciones muy perversas. Como sabes, Francia invadió Marruecos en la segunda mitad del siglo XIX y la colonizó hasta 1956. Desde entonces, por las diferencias económicas y la represión de su monarquía, cantidad de magrebíes emigraron a Francia. Ahora viven allí –sobre todo en barriadas suburbanas– unos 3 millones de marroquíes o descendientes de; muchos se consideran muy poco franceses. De tanto ser discriminados ya no quieren integrarse, y hablan en sus lenguas y guardan sus costumbres: tienen documentos franceses pero ganarle a Francia al fútbol es un placer intenso, su revancha –imaginaria– contra el racismo muy concreto que sufren cada día.

Yo fui un beneficiario del racismo galo. Durante los años que me tomó mi licenciatura en historia en París nunca tuve mis papeles en regla. A fines de los ’70 todavía era posible: la burocracia estatal eran kilómetros y kilómetros de carpetas en sótanos húmedos, papeles que no encontraban sus papelas. Creo que no terminamos de entender –y de temer– cuánto más nos controlan ahora, con el triunfo de las computadoras. En cualquier caso, en esos tiempos de papel y tinta yo vivía felizmente ilegal; mi único miedo era que algún policía me pidiera documentos en esas razzias que solían armar en una esquina, a la entrada del metro, a la salida de los recitales, y yo tuviera que decirle que no tenía ninguno. Pronto entendí que no debía preocuparme: jovencito, blancuzco, me dejaban pasar con simpatía mientras paraban por sistema a árabes y negros. C’est bien fait pour leurs gueules, murmuraba yo cada vez que su racismo les impedía cumplir su tarea triste: se lo merecen –sería una traducción edulcorada. Y ese racismo era, en esos días, una tara vergonzante que tantos compartían pero no, todavía, la idiotez orgullosa que lleva a millones a votar por sus propios enemigos.

Todo eso se jugó hace un rato en un pinche partido de fútbol entre dos selecciones de orígenes simétricos, una lección sobre las vueltas de un mundo que circula. Solo siete de los 26 seleccionados marroquíes nacieron en Marruecos; los demás son hijos de migrantes a Francia, España, Bélgica, Holanda, que decidieron no jugar por su país de nacimiento sino por el de sus padres: el desarraigo, el despecho, la venganza. Inversamente, sólo tres de los 26 jugadores franceses descienden de familias francofrancesas; los otros 23 son hijos de migrantes –mayormente africanos– que decidieron aplicar el derecho de suelo y no el de sangre. Era un partido entre hijos de inmigrantes más y menos integrados: unos jugaron a favor del país que recibió a sus padres, otros en su contra.

Está claro: este equipo potente de Marruecos no existiría si los grandes países europeos trataran mejor a sus inmigrantes. Y también que, pese a las camisetas diferentes, casi todos los jugadores de los dos se formaron en el entorno y las escuelas europeas. Se les nota en el juego, en las técnicas comunes que sostienen el talento individual.

Pero hoy se vio que, todavía, ese talento es más francés que marroquí porque, en medio de tanta sociología barata, hay un detalle futbolero: muchos de los muchachos que juegan en Marruecos y no en Francia, Alemania, incluso España, lo hacen porque en Marruecos juegan y en Francia o Alemania o España no tendrían lugar. Así que los marroquíes aguantaron lo que pudieron y se desmoronaron cuando Mbappé, Dembélé y compañía les mostraron la petite différence.

Ya falta menos. Esta noche España intentará volver a clavar su pica en Flandes y pasar a enfrentar a los gabachos –¡el 14 de julio!–. Los belgas se jactan del invento de la papa frita; frente a una buena tortilla de patatas, bien ligada, babosa, resabiada, las papas fritas son pura torpeza. ¡Que aproveche!

Te abraza,

m.


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