Tour de Francia: Adiós Merckx: Caníbal Pogacar | Ciclismo | Deportes


Crecimos con el mito del ogro feroz: aquel belga llamado Eddy Merckx capaz de ganarlo todo. El de las 525 victorias. El del dominio despiadado que sojuzgaba a sus rivales en llano, montaña, al sprint o en contrarreloj. El Caníbal. El hombre de los cinco Tours, los cinco Giros y la victoria en la Vuelta. El de los tres maillots arcoíris y los 19 Monumentos. Sobre todo, el de las pupilas encendidas cuando se acercaba la meta y olisqueaba el triunfo. El hambre, la sed, la ansiedad: todo siempre insaciable, irracional, animal. Decía que sus sueños eran más fuertes que él. Que él era esclavo de sus ilusiones. De su pasión. Algo mucho más profundo que querer ser el mejor.
En el club del Caníbal están Anquetil, Hinault e Induráin. Nadie más ha ganado cinco Tours hasta la fecha. Este jueves, en alguna cuneta del Tourmalet, la montaña que asienta el mito de este cuento veraniego que es el Tour de Francia, un esloveno de 27 años ha cavado el hoyo del Caníbal. En la sexta etapa del Tour, después de atacar y quedarse solo por las curvas empinadas, Pogacar ha sentenciado su quinto Tour dejando a Vingegaard no a dos minutos y 40 segundos. Dejándolo a una eternidad mental.
Pogacar entró en meta haciendo la reverencia. Yo la entendí como una reverencia a la historia de este puerto. Ni el más largo, ni el más duro, ni el más bonito, pero tal vez la quintaesencia del Tour desde que, en 1910, el periodista Alphonse Steinès, desafiando el miedo a los osos, con nieve hasta las rodillas y siguiendo a un pastor con un perro por aquel camino imposible, envió un escueto telegrama al director de la carrera, Henri Desgrange: “Atravesado Tourmalet. Stop. Muy buena ruta. Stop. Perfectamente practicable. Stop. Steinès». Qué buen humor.
Pogacar ha batido el récord en la ascensión al Tourmalet en más de dos minutos. Hizo una demostración bárbara, sin tan siquiera permitirnos gozar de la estética del dolor, en él siempre ausente de su rostro y su pedaleo. Pogacar se vistió de amarillo. Pero antes de enfundarse el maillot, declaró que no había corrido calculando. Que estaba nervioso desde las siete de la mañana. Que quería atacar desde lejos y pedalear a tope hasta la meta pasara lo que pasara. Y si explotaba, explotaba, dijo. Esa es la marca del colmillo, la huella de los caníbales.
Seguramente haya destrozado, en su primera semana, el Tour del 26. Algunos sentirán la tentación de acusarlo de convertir el ciclismo en algo predecible. Ya lo hacían con Eddy Merckx hasta que el periodista francés Pierre Chany sentenció el debate con una frase inolvidable digna de su tinta ácida y fresca: “¿Acaso se ha planteado nadie si Molière dañó al teatro o Bach a la música? ¿Si Cezanne fue nocivo para la pintura o Chaplin arruinó el cine?“.
¿Qué nos queda a partir de ahora? A mí una historia, con su moraleja, que descubrí la semana pasada. Conocí en Santander al escritor Santiago Mazarrosa. Es autor de la espléndida novela Casilla vacía (Alianza, 2026): un tipo brillante capaz de juntar al filósofo Deleuze, el novelista Grass y el rockero Bill Callahan en las frases pórtico de su libro, tan poético y bien escrito, que habla de pérdidas y despedidas.
Lo importante: Santiago es nieto de Felipe de Mazarrasa y Mazarrasa. Aquel hombre nacido en 1915, de profesión otorrinolaringólogo, siempre había soñado con ser enviado especial al Tour. Como ningún periódico lo mandaba, en el verano de 1954 decidió escribir las crónicas del Tour como si estuviera allí, entre Bahamontes y Bobet. Los lectores de Trabuchazo –su seudónimo en el periódico Alerta– se lo imaginaban incrustado en la caravana del Tour. Sin embargo, como confesó más tarde al recopilar las crónicas en un librito, él coronaba cada fin de etapa durmiendo en la propia cama. Jamás fue a la carrera.
¿Puede uno inventarse el Tour? Puede. Quizá sea hasta lo más sensato. A partir de ayer, queda poco por ver y mucho por imaginar. Coppi, Bartali, Anquetil, Poulidor, Ocaña, Pantani. Que cada uno elija a su mito y lo eche a correr junto con el nuevo Caníbal con cara de gnomo y brazos de espagueti. Como escribía en cada crónica el pobre Trabuchazo: “¡Oficio de perros!”.
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