Contrarreloj por equipos con premio individual: cooperación despiadada en la colina de Montjuïc


El Tour crea leyendas también gracias a las traiciones y las sumisiones. A las relaciones imposibles que brotan cuando en un mismo equipo está más fuerte y despierta más simpatías el lugarteniente condenado a callarse, para que solo hable el líder designado. Se impone la decisión del patrón y el Tour del 85 lo gana Hinault y no LeMond, el del 96 es para Riis y no para Ullrich, joven insurgente, y el de 2012 se frena Froome para que gane Wiggins. Este sábado el Tour arranca con una contrarreloj por equipos reformulada: cada corredor será cronometrado individualmente, y el tiempo del mejor, no el del cuarto como hasta ahora, decidirá qué equipo gana la etapa. Una oportunidad única para echar sal en la herida de la lucha de egos y liderazgos, que quizá la exacerbe o la apague, pero que al menos generará, durante la escasa media hora que llevará recorrer sus 20 kilómetros, un modelo organizativo inédito: cooperar para competir. Y sus consecuencias, lo que la ciencia de los equipos llama cooperación despiadada, se comprobarán en las semanas siguientes.
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