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¿El fútbol en serio es fútbol en serie? | Mundial 2026 de Fútbol


Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.

¡Qué bueno, Granjuán, que la FIFA por fin haya afinado, y acertado en algo! Si hubiera permitido los paraguas en el estadio Azteca no tendríamos esa imagen maravillosa que me cuentas de 80.000 personas ensopadas disfrutando a chorros de que su equipo verde no sólo gane: que además juegue bien. Ese primer tiempo mexicano fue realmente encomiable: un fútbol que no solía ser el de ustedes, tikitakas y toques casi haiku.

Y a disfrutar, según tu nueva vara del desmadre feliz. Aunque me impresiona que disfrutar les cueste cuatro muertos. ¿Es una condición de los festejos? ¿Si fuera un duelo se morirían menos? ¿O tienen una tarifa fija, ineludible?

¿Y si le ganan a Inglaterra? Visto lo visto, no me parece impepinable. Fuera de Kane están bastante huérfanos de fulbo, como en el último siglo, siglo y medio. Más me preocupa la maldición del cuarto: aquello de que México lleve 40 años sin superar un octavo de final en un Mundial. El problema no es que haya sucedido; es creer que hay una razón que lo hace suceder. La razón sería más o menos mágica, perfectamente irrazonable, y contra eso no hay colombiano saudita que valga.

Pero insisto: los ingleses son bastante mediocres. Supongo que es el resultado de albergar la liga más cara del mundo: todos los buenos quieren jugar allí y el negocio es tremendo, pero deja poco lugar para los good old boys del barrio. El dinero va contra la bandera, y la patria, entonces, no es imaginaria sino despreciada —y no vamos a abrir un debate sobre si “patria imaginaria” es realmente un pleonasmo porque podríamos dejar la vida en ello.

Mientras tanto, entre ayer y anteayer sufrimos cruel sangría de afros. Los equipos africanos se parecen a Tita, nuestra gata atigrada, feroz y regalona: juguetea con el ratón que atrapa, lo pelotea entre sus patas con cuidado porque quiere que el placer le dure y a veces, al final, el ratón se le escapa. Les pasó en estos días a Senegal, a Costa de Marfil, incluso al Congo: no terminaron de comerse a Bélgica, Noruega, Inglaterra y se les escaparon. Algo curioso pasa en ese fútbol. Tú sabes que Carlos Bilardo, técnico y argentino, gran proveedor de drogas indeseadas, profetizó hace varias décadas que África era el futuro de este juego. Casi tuvo razón: lo curioso es que todos estos africanos que lo protagonizan juegan en clubes europeos, muchos en selecciones europeas —y no terminan de armar en sus países los equipos que uno esperaría. Problemas, una vez más, del tercermundo.

Pero los africanos o hijos de africanos son mayoría en muchos de esos clubes, en esas selecciones. Y no sé si son efecto o causa de la uniformidad del fútbol de estos días. ¿Recuerdas, Granjuán, la cantidad de veces que dijimos que una de las grandes ventajas que tuvo este deporte para imponerse en medio mundo fue su tolerancia con los físicos o, dicho en castellano, que tenía lugares para todos, que el grandote torpón podía ir a la defensa, el petisito rápido a una de las puntas, el larguirucho intentarla de nueve, el gordito de arquero? Ya no; eso se seguirá haciendo en un partido de casados contra solteros, pero ahora los jugadores en serio se parecen todos: altos, atléticos, rápidos, potentes.

Y esto es, una vez más, causa o efecto —vaya a saber, el huevo y la gallina— de que el fútbol que se juega en este Mundial sea tan uniforme. Es como si todos —casi todos— se hubieran criado en un mismo potrero, toda una gran familia. Esa forma de tocar la pelota, esperar al contrario, salir jugando por las puntas, correr pura potencia, echar el centro al área chica. Incluso las escasas gambetas suelen ser la misma bicicleta —china, fabricación en serie.

Supongo que esa uniformidad se debe al éxito de los que empezaron a hacerlo, pero habría sido imposible sin dos factores clave. La televisión, por supuesto: los chicos ya no aprenden a jugar mirando a sus amigos, sus hermanos, sus vecinos, casi tan malos como ellos pero con un estilo —o falta de estilo— que los caracteriza; ahora aprenden mirando por la tele a los mejores e intentan imitarlos. Resultado: todos hacen lo mismo —y a los buenos les sale.

Y está el hecho de que, al fin, la mayoría juega en tres o cuatro campeonatos: casi todos los jugadores de los equipos serios —y todas las estrellas con diploma— cobran en las grandes ligas europeas. La concentración de la riqueza futbolera resulta en un fútbol concentrado, repetido. Hay un par de equipos que no lo juegan igual que los demás; son, quizá por eso, candidatos. (Y te aclaro que, en argentino, un par no es siempre dos.)

Hace un rato España ganó fácil frente a una Austria que, obediente, siguió otra vez el destino alemán. España hace ese juego hipnótico o somnífero que le conocemos: posesión del balón —con perdón— a toda costa. No sé cómo lo ves; yo creo que debería aprender de los errores del Barça y no caer en la Trampa Lamine, ese espejismo que consiste en creer que el joven firuletero te va a solucionar las cosas y encontrarte con que, más allá o más acá de sus cabriolas, casi siempre pierde la pelota. Lamine es un atacante excepcional; si despilfarran su excepción se va a volver vulgar. Por suerte España tenía a Cucurella, a quien nunca nadie ofreció un balón de oro pero fue, sin dudas, el mejor jugador de la cancha.

México y España llegan a sus octavos sin ningún gol en contra. En el torbellino de estadísticas en que vivimos, alguien descubrió que hacía décadas que ninguna selección había ganado un mundial sin recibir por lo menos un gol en la fase de grupos. Parece una suprema tontería; dicen que en la concentración argentina festejaron cuando se enteraron.

Lo sabemos: no sólo las patrias son imaginarias.

Abrazos.

M.


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