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gritos en árabe, alarmas que se apagan y el semáforo que fue una trampa

Con el caer de la noche, los trabajos de remoción de escombros después de los dos terremotos del miércoles de la semana pasada en Venezuela no se detienen, pero son distintos a los diurnos. Caracas se aplaca, es el momento propicio para el uso de los perros que buscan gente viva, pero también cambian los sonidos, claves en la búsqueda de personas vivas.

En Caracas ya no se escuchan las motos, o los vehículos. Los únicos ruidos mecánicos son de los generadores que mantienen las luces enfocadas en lo que fue Las Petunias 2, un edificio del distinguido barrio de Los Palos Grandes, que quedó destruido y se convirtió en un ícono de la tragedia venezolana.

El miércoles a la tarde, en el cruce de la Avenida Primera y la Transversal uno, el semáforo estaba en rojo para los que querían cruzar la avenida.

En cuestión de segundos, la torre de 14 pisos se cayó hacia la calle y aplastó los dos vehículos que esperaban para avanzar.

«Tardamos días en retirar el primer vehículo. Había una familia dentro que esperaba para cruzar. Era un matrimonio y su hijo.

El auto aplastado al lado edificio. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

No les dio tiempo a nada, los aplastaron los bloques de hormigón y hierro», cuenta Sttivalia Jáuregui, una voluntaria que dialoga con Clarín. También había otro auto cuyos ocupantes tardaron todavía más horas en ser alcanzados

Hilda Fandiño (65), es una vecina de la zona que vive a una cuadra. Esa tarde de miércoles feriado se salvó de milagro. «Iba caminando y cuando pasé por la puerta de Las Petunias, estuve a un segundo de que el edificio se me cayera encima. Se desplomó en un instante«, repite.

Trabajos nocturnos entre los escombros de Las Petunia 2. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Fue uno de los pocos edificios que se derrumbó por completo en Los Palos Grandes, por eso el trabajo es a destajo, incluso de noche. Desde una montaña de escombros de unos 10 metros de altura, de golpe exigen silencio a los gritos.

Vestidos con mamelucos naranjas, los topos que se abren paso por las ruinas de lo que era un edificio residencial de Caracas, escucharon algo. Hacen ademanes con los brazos, de arriba hacia abajo para que baje la actividad. Apagan todos los motores, los agentes de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).

La dinámica no es nueva. Cuando el silencio es total, uno de los rescatistas debe gritar: «¿Hay alguien con vida? Somos del cuerpo de rescate por favor hable o haga algún ruido». Sin embargo, en la quinta noche fue distinto. Uniformados con camuflaje azul y con boinas celestes hacían señas y parecían estar al mando. Son miembros del ejército de Qatar.

Las máquinas que remueven escombros se apagan si alguien escucha un ruido. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

«En este edificio vivían muchos árabes, principalmente de Siria», comenta Daniel, un vecino que puede ver los trabajos desde el sexto piso de su casa rajada. Del otro lado de la cinta amarilla que frena a residentes, periodistas y curiosos corre el gesto del dedo índice sobre la boca para que no haya diálogos. Sin hablar, empezaron las caras de sorpresa. Los uniformados a los que de lejos se veía hacer señas empezaron a gritar en árabe.

Uno de los rescatistas de la organización mexicana «Los Topos Aztecas», que cuenta con dos integrantes argentinos en su comitiva ante la emergencia en Venezuela, se acercó a los enviados de este diario para explicar la situación. La frase en árabe es la misma pregunta que en español.

Después de unos minutos de espera, no hubo respuesta y volvieron al trabajo con las máquinas, que suben hasta la cima de los escombros para trabajar.

Vecinos oran frente a las ruinas de lo que fue el edificio Las Petunias 2. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

De noche, la organización de los voluntarios, que en su mayoría son vecinos, también es diferente. Detrás de la cinta amarilla de peligro, uno de los responsables les da indicaciones sobre cómo llevar las linternas, qué hacer en cada etapa una vez sobre los cascotes. También los hacen formar filas para retirar hierros, pasarlos de mano en mano y depositarlos en un camión.

Con la ciudad en calma, el otro sonido que al principio es tétrico y después pasa a ser costumbre es un ruido como metálico. Parece un tobogán oxidado o una hamaca vieja, pero es el sonido que emiten las alarmas de los edificios vacíos, a las que les queda poca batería. Son como grillos que acompañan el trabajo de los rescatistas. Para la quinta noche, ya casi todas se apagaron.

Según indican los rescatistas, pasadas las 72 horas de los terremotos simultáneos, la esperanza de encontrar personas vivas roza el milagro. Y si de milagros se trata, está involucrada la fe. Por eso a pocos metros y debajo de un gazebo que oficia de capilla, hay una virgen y personas que se reúnen a rezar el rosario.

Rezos y plegarias a la espera de encontrar gente. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

«Estamos acompañando a la comunidad, especialmente a los padres de tres personas que todavía están bajo los escombros, son Antonio, Chantal y Ángeles «, dice la hermana Carmen Sabino, de la congregación Nuestra Señora de la Consolación.

Con velas encendidas, los rezos solo frenan si los rescatistas lo piden. «Rezar el rosario significa la esperanza, la fe y la confianza en que Dios va a hacer el milagro», se anima la religiosa, y destaca que se ha ido sumando mucha gente desde la primera oración. «A nosotros nos sostiene la esperanza», repite y vuelve a las plegarias.


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