La fugaz y trágica estela de Pantani


De pequeño, Marco Pantani quería ser futbolista. Él se veía capaz de percutir por la banda derecha, pero lo cierto es que no se le daba muy bien. Chupaba bastante banquillo. Poco aficionado al estudio, se apuntó al club ciclista de Cesenatico, la ciudad en la que vivía. El club llevaba el nombre de Fausto Coppi. Un día, utilizando una bicicleta de paseo, logró con mucho esfuerzo no descolgarse del grupo de corredores. Esa pequeña hazaña hizo que el resto de ciclistas lo miraran con asombro. Y ahí —en esa sensación de saber que estás generando algo especial en los demás— es donde, dicen, Pantani se enamoró del ciclismo. Unos años después, su abuelo Sotero le regalaría una bicicleta Vicini de un intenso rojo. En los meses de invierno, y para disgusto de su madre, el chico se dedicaba a desmontarla y limpiarla en la bañera.
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