Roland Garros 2026: Y después de Sinner, cayó Djokovic: otra campanada en el Roland Garros de la ilógica | Tenis | Deportes


Bienvenidos al Roland Garros de la ilógica, el de la convulsión. Aquel que pintaba un pelín insípido de entrada, porque eso de que la coronación de Jannik Sinner era cuestión de una simple cuenta atrás y de que el italiano descontase las rondas hacia la Copa de los Mosqueteros; por eso de que no estaba Carlos Alcaraz y, por tanto, no había quien pudiera ponerle freno al de San Cándido; y por eso de que la secuencia firmada por el número uno —30 triunfos sucesivos de marzo hasta aquí, todos los trofeos importantes en sus manos— invitaba a pensar que no existía otra salida. No al menos demasiado lógica. Sin embargo, ya no está Sinner ni tampoco la otra gran carta: a las nueve de la noche, Novak Djokovic se convierte en presa de João Fonseca.
A esa hora, el joven de 19 años culmina la rebelión (4-6, 4-6, 6-3, 7-5 y 7-5, en 4h 53m) y certifica el triunfo que tanto buscaba. Llamado a ser uno de los líderes del futuro, su proyección no terminaba de encontrar correspondencia con algún resultado grandioso que la justificase, pero ya cuenta con una cabellera de relumbrón; ni más ni menos que la del mejor tenista masculino de todos los tiempos, Djokovic, quien después de dos meses de contención y acierto, acaba cediendo a la presión incesante del carioca, un pegador que le desborda finalmente. No pudo con Sinner en Indian Wells, resuelto aquel cruce en dos apurados desempates, ni tampoco con Alcaraz en Miami, allí también un comprimido 6-4 y 6-4; sí lo consigue, en cambio, ante Nole y en París. No está mal.
Lo rubrica con una magnífica remontada y tres aces directos, como acostumbraba un tal Roger Federer. “Nunca había terminado un partido así”, transmite a una grada que le ha llevado en volandas, deseosos sus compatriotas de que Fonseca pueda seguir los pasos del gran Guga Kuerten y algún día logre triunfar en el Bois de Boulogne. Queda lejos eso por ahora, pero la huella dejada ante el balcánico, 20 años mayor, a buen seguro que desencorsetará a un talento que posee una de las derechas más demoledoras del circuito —que puede llegar a superar los 180 km/h golpeando en estático— y que da en París exactamente con lo que buscaba: una liberación. Al otro lado, elegante, el veterano le aplaude y luego contesta: ¿Ha sido este el último baile aquí?
Simple y directo: “I don’t know”. No lo sé. Nada más. Después de la accidentada marcha de Sinner el día anterior, víctima el italiano de su propio físico, al serbio se le presentaba (presuntamente) una oportunidad ideal para conseguir el ansiado 25 y convertirse así en el único tenista (hombre o mujer) en alcanzar dicha cifra de grandes trofeos. Sin el transalpino ni Alcaraz sobre el tapete, la situación se prestaba en un principio a que él pudiera protagonizar el relato nunca contado, pero hoy día a Djokovic se la hacen ya demasiado largos este tipo de partidos y, por si fuera poco, no había llegado en la mejor de las condiciones: con un solo partido de rodaje —caída a la primera en Roma—, con molestias en el hombro —desde principios de marzo— y agobiado por el calor que envuelve a la ciudad estos días.
Demasiado para él, al fin y al cabo, y en consecuencia un nuevo giro de tuerca para un torneo que va escapando poco a poco de lo racional, con tan solo dos top-10 que sobreviven en el cuadro. Una escabechina importante que se cobra ahora al de Belgrado, quien solo había perdido una vez en toda su carrera cuando disponía de dos sets de ventaja; sucedió en 2010, contra el austriaco Jurgen Melzer en este mismo escenario. “Hubiera estado bien que el partido fuera a tres sets…”, bromea Nole, que se afea haber desperdiciado la rotura de venta en la manga definitiva. “Simplemente me quedé sin gasolina”.
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