La mujer que fue Robert Millar | Deportes


Robert Millar fue, en la España de los 80, el escocés del pendiente, una expresión homófoba que justificaba, hace 40 años, la tirria que se le tenía durante la Vuelta al ciclista de Glasgow, porque nuestro héroe, Perico Delgado, no lograba derrotarle en la Vuelta. Lo consiguió solo a costa de una gran coalición de todos los equipos españoles capitaneada desde las ondas por José María García, que renunciaron a sus objetivos particulares por un bien mayor y volvieron loco al equipo Peugeot de Millar en la travesía de la sierra de Navacerrada. Perico ganó la Vuelta y Millar encontró aún más razones para alimentar su bien ganada fama de borde y arisco.
“Eras capaz de mandar a tomar por culo a cualquier periodista”, le recuerda David Walsh, veterano periodista irlandés del Sunday Times, famoso por las informaciones que contribuyeron a derribar el mito Lance Armstrong. A su lado en el coche que conduce, Pippa York recorre conversando los caminos del Tour de Francia durante tres años, de 2020 a 2022. De sus diálogos nace La Escapada (2025), que acaba de publicar en español Libros de Ruta. “Me consideraba selectiva, no borde, y a veces abiertamente soez. ¿Por qué no iba a juzgar yo también a la gente de prensa? ¿Que no les gustaba mi forma de ser? ¡Pues se podían ir a tomar por el culo!”
Casi increíblemente se han hecho amigos el católico charlatán irlandés y el taciturno protestante escocés, que ahora, desde hace una docena de años, es una mujer burlona y divertida, y se presenta: “Hola. Me llamo Pippa York. Es un nombre bonito, ¿no? Te suele gustar mucho más cuando eres tú quien elige su propio nombre. Siendo Robert Millar participé en 11 ediciones del Tour de Francia, pero no lo hice en la categoría femenina”. Hablan del Tour, que descubrieron a la vez, en 1983, el periodista seguidor de Kelly y Roche, y el escalador –“nuestra amistad se erige en torno a nuestro amor por el Tour, un motivo de locura, una carrera épica en una era en la que ya no queda épica”—, de la irrupción de Pogacar y Vingegaard, y hablan, sobre todo, de la peripecia vital de York, de su divorcio cuando era Millar, del pozo de la depresión que sufrió durante varios años, de la disforia con la que no pudieron los antidepresivos sino un tratamiento de estrógenos y una operación en Tailandia, una transición de género que si bien no le hizo feliz del todo –“no es sencillo ser una persona trans; de hecho, hay ocasiones en las que resulta horroroso”— le permitió al menos estar de acuerdo consigo misma.
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