El verdadero Caníbal es Pogacar, desconfíe de las imitaciones | Ciclismo | Deportes


Por las empinadas carreteras de los Alpes suizos a Tadej Pogacar le atacan los jóvenes, osados e irreverentes, y él se divierte poniéndoles en su sitio. Su semana de transición y caprichos hacia el modo Tour la transforma en seis días de lecciones y cinco victorias: cuatro etapas y la general del Tour de Romandía.
E ignorancia ingenua.
“Al ganar cuatro etapas iguala el récord de un tal Ferdi Kubler, ¿es esto algo importante para ti?”, le pregunta, pasada la última meta, un periodista suizo orgulloso de sacar a relucir para todo el mundo el nombre de una de las mayores glorias del ciclismo helvético. Pogacar no sabe de qué le hablan, no sabe quién es Kubler –el Tour del 50, el Mundial del 51, el bruto suizo que, enloquecido por las anfetaminas, se insulta a sí mismo mientras pedalea contra Bobet en el Galibier y habla de sí mismo en tercera persona: “Vale, el Ventoux no es un monte como los demás, pero Ferdi no es un ciclista como los demás”, dice antes de agarrarse la mayor pájara que se recuerda después de atacar en el monte calvo de Provenza, pero la buena educación le obliga a contestar: “Cada victoria es importante, así que sí, claro que es importante ganar y rematar el trabajo del equipo”.
Cuatro de las seis etapas y la general de Romandía, una de las carreras que aún ni había corrido. Siete años y dos meses de profesional y 117 victorias, a una media de una cada tres días con dorsal. Once días de competición en 2026, nueve victorias (82%): tres Monumentos, una gran clásica (Strade Bianche) y una prueba montañosa por etapas; y segundo en la París-Roubaix. Un calendario de sibarita que degusta con vicio, casi gula. El verdadero Caníbal es esloveno. Desconfíe de las imitaciones. Eddy Merckx quizás llegue un día a ser como él.
Pogacar está en la cima de su arte a los 27 años. Llega a Ginebra y su lago, el corazón de Romandía, dos días después de ganar la Lieja, con dos kilos de más, el peso de la masa muscular, cuádriceps, glúteos, que le ha permitido rebotar contra el asfalto de la Vía Aurelia en San Remo y salir indemne, esprintar luego contra pulgarcito Pidcock, y ganar y batir el récord de la subida a La Redoute. Su musculoso esprint fue solo inútil en velódromo de Roubaix, frente a Van Aert elegido por el destino e iluminado por la fe.
Es la balanza del ciclista: ha ganado peso y es más esprínter y explosivo en repechos, y el tercer día se pone en cabeza de pelotón los últimos siete kilómetros, y desde allí controla todos los intentos de ataque. Salta a por todo el que se mueve y lo frena como un magnífico stopper. Y en los últimos 200 metros lanza el sprint, como un magnífico goleador, y nadie le supera. “Uffff”, dice ante la tele su entrenador. “Esto es increíble”.
Los dos kilos de la velocidad y las clásicas le pesan de más en las subidas largas, pero no lo frenan. Ya no goza de la soledad de los campeones cuando es su gusto pero tampoco nadie le puede. En la del segundo día, los nueve kilómetros al 9% de Ovronnaz, se le pegan a la rueda Lenny Martínez, Jorgen Nordhagen y Florian Lipowitz, a los que él, cariñosamente, llama los jovencitos. Son sus hermanos pequeños como lo era Paul Seixas en Lieja. Pasado en el descenso, en el llano hacia meta, viento de cara, relevan entusiasmados con él, colegas en la misma excursión (todos, no, el reservado Lipowitz se mantiene siempre a rueda, calculados, rival), y el valiente Nordhagen, al que le salieron los dientes en O Gran Camiño frente a Adam Yates, hasta se atreve a lanzar el sprint. Les supera fácilmente Pogacar. “No había planeado nada, pero ha estado bien ganarles a los jovencitos”, dice en la meta. Me alegré de tener a dos chicos jóvenes y con ganas tirando conmigo. Hicieron un trabajo estupendo y son muy fuertes. Conseguimos mantener la fuga, lo que era difícil siendo solo tres y uno pegado a mi rueda”.
En el triple paso por el Jaupass el sábado, en la etapa reina, solo le aguanta Lipowitz con su táctica de ventosa, aunque consigue despegarle un puñadito de segundos tras duro esfuerzo. Los jóvenes aprendieron la lección y el domingo, en la última subida, la muy tendida de Leysin desde Aigle, quisieron, alumnos revoltosos y feroces, devolvérsela. Nordhagen se atrevió a atacar y Lipowitz, finalmente, salió de la sombra. El alemán, tercero en el último Tour tras Pogacar y Vingegaard, hizo como el danés: tratarle de tú a tú al esloveno y, probablemente, solo la insidia de su compañero de equipo Primoz Roglic, que corre egoísta como las viejas glorias, le impidió la victoria. Atacó una, dos veces, Lipowitz y respondió Pogacar aparentemente sobrado; contraatacó el esloveno, de pie sobre los pedales, y Lipowitz no solo le aguantó, le contragolpeó. “Después de que él atacara, cuando yo ataqué y luego él contraatacó, eso fue realmente impresionante”, dice Pogacar. “Me dolieron mucho las piernas, tengo que admitirlo”. Los dos colaboran preparándose para jugarse la victoria al sprint cuando llega desde atrás Roglic como una exhalación. Lipowitz, aún tierno para las grandes partidas de póker, se pone nervioso con el aliento de su compañero en el cogote y lanza el sprint lejísimos, a 600m de la meta. Tarea fácil para Pogacar superarle. “Fue horroroso, interminable”, confiesa el maestro esloveno. “Pero no había vuelta atrás. Tenía que aguantar hasta el final”.
Pogacar, el gourmet, no volverá a correr hasta mediados de junio, cuando debute en el Tour de Suiza, otra de las que le faltan en el palmarés. Entrará en modo Tour con concentración en altura, entrenamientos en calor, pérdida de músculo y peso, entrenamientos del sistema digestivo, ensayos para alimentarse con lactato. Volverá para seguir ganando a sus hermanos pequeños, a Seixas y Lipowitz, que tan rápido aprenden sus lecciones.
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