Preocupa la escalada de intimidaciones y piden reforzar el diálogo con las familias

El abogado Juan Arregín, entrevistado en «La mañana de Natagalá», advirtió sobre la gravedad de las amenazas de tiroteos y pintadas intimidatorias detectadas en establecimientos educativos de distintos puntos del país y sostuvo que estos episodios ya exceden el ámbito de las travesuras adolescentes para ingresar de lleno en el terreno penal.
El letrado analizó el fenómeno desde una perspectiva jurídica y social, en medio de una creciente preocupación por mensajes hallados en baños y paredes escolares bajo la consigna «Mañana, tiroteo», que generaron temor en comunidades educativas completas.
Las advertencias aparecieron en un contexto particularmente sensible tras el asesinato de un menor en una escuela de Santa Fe, episodio que incrementó el impacto emocional y el efecto multiplicador de este tipo de amenazas.
En los últimos días, distintos establecimientos educativos reportaron pintadas similares, mientras familias, docentes y autoridades comenzaron a adoptar medidas preventivas para resguardar a los estudiantes y reducir el nivel de incertidumbre dentro de las instituciones.
Arregín sostuvo que los hechos deben ser interpretados dentro de una problemática social más amplia vinculada al deterioro de ciertos vínculos comunitarios y familiares, así como al impacto que ejercen las redes sociales sobre adolescentes y niños. «Son llamadas de atención de una población que se crió adicta a una pantallita y una conexión a internet con redes sociales que generan alta ansiedad y dependencia», afirmó, al remarcar que incluso en otros países ya existen condenas judiciales contra empresas tecnológicas acusadas de desarrollar plataformas deliberadamente orientadas a generar dependencia.
El abogado vinculó además el crecimiento de conductas de riesgo con la expansión de desafíos virales y dinámicas de presión grupal que circulan entre adolescentes. «Te desafío a que hagas esto y si no lo haces, no entras en el mundo de los vivos, de los populares, de los que se convierten en referentes de sus grupos de pares», expresó, al describir mecanismos de validación social que, según explicó, incentivan acciones cada vez más extremas dentro de los ámbitos escolares.
En ese sentido, señaló que las conductas consideradas anteriormente como «picardías» juveniles adquirieron una dimensión mucho más peligrosa. «Las picardías de hoy lamentablemente han subido de tono y generan este estado lamentable», sostuvo, al advertir que el problema no solo produce miedo en estudiantes y familias, sino también una sensación de impotencia entre adultos e instituciones encargadas de brindar respuestas.
CRIANZA, SOBREPROTECCIÓN Y FRAGILIDAD SOCIAL
Arregín desarrolló una extensa reflexión sobre los modelos de crianza contemporáneos y sostuvo que la sobreprotección parental contribuye a generar adolescentes con baja tolerancia a la frustración.
«En tren de querer ser mejores padres resulta que nos convertimos, me parece, en malos padres», afirmó, al considerar que muchos adultos intentan evitar cualquier conflicto o incomodidad en la vida de sus hijos, debilitando así herramientas fundamentales para la convivencia y el desarrollo emocional.
El abogado utilizó ejemplos de su experiencia familiar para ilustrar las diferencias que observa entre distintos modos de educación.
Explicó que procuró transmitir a sus hijas valores vinculados al esfuerzo, la empatía y el respeto hacia los demás, independientemente de las diferencias económicas o sociales. Al mismo tiempo, cuestionó ciertos hábitos que, según indicó, alimentan conductas individualistas y competitivas desde edades tempranas.
«Nosotros le armamos una burbuja a los hijos», señaló, al describir un modelo de crianza donde algunos adolescentes crecen alejados de experiencias cotidianas de socialización, límites y frustraciones.
En ese marco, consideró que muchas de las conductas problemáticas observadas en escuelas tienen su origen en procesos de formación desarrollados dentro del hogar y no necesariamente en personalidades violentas preexistentes
Escuela, autoridades y desgaste de vínculos
Uno de los ejes centrales del análisis estuvo vinculado al deterioro de la relación entre familias y escuelas. En diálogo con los conductores del programa, Arregín coincidió en que actualmente existe una fuerte desarticulación entre ambos espacios formativos y sostuvo que los docentes han perdido capacidad de autoridad frente a estudiantes y padres.
«Le hemos quitado ese espacio y esa autoridad a los docentes», manifestó, al señalar que hoy muchas familias responsabilizan a las instituciones educativas por cuestiones que anteriormente eran abordadas también dentro del hogar.
Según explicó, esto genera una situación de desgaste permanente para los docentes, quienes enfrentan dificultades crecientes para sostener normas de convivencia y límites básicos dentro del aula.
El abogado sostuvo que incluso acciones disciplinarias menores suelen derivar en cuestionamientos hacia el personal educativo. «Son responsables si los chicos no aprueban, o si los reprenden porque usan mucho el celular jugando o ingresando a aplicaciones durante la clase», indicó, al describir un escenario en el cual, según afirmó, se debilita la posibilidad de construir procesos pedagógicos sólidos y espacios genuinos de socialización.
En esa línea, consideró que la falta de articulación entre escuela y familia termina afectando directamente la formación emocional y social de los adolescentes. «Le quitamos a los chicos la posibilidad de socializar, de aprender a compartir, de entender que el otro es distinto a mí, pero que a la vez es igual», expresó, al remarcar la importancia de reconstruir vínculos de cooperación entre adultos responsables.
Arregín sostuvo además que el contexto actual deja expuestos tanto a estudiantes como a docentes frente a situaciones de violencia o intimidación cada vez más complejas.
Señales de alerta
El abogado relató además una experiencia desarrollada en una institución educativa de Resistencia, donde participó de una jornada destinada a abordar problemáticas de bullying y convivencia escolar. Según explicó, luego de varias horas de diálogo con estudiantes de cuarto y quinto año comenzaron a surgir testimonios vinculados a situaciones de violencia, sufrimiento emocional y autolesiones.
«Los chicos se cansan de avisar y nosotros a veces no les prestamos atención», expresó, al describir cómo varios adolescentes manifestaron padecer bullying, conflictos familiares o pensamientos suicidas. Incluso, según indicó, algunos jóvenes mostraron heridas que ellos mismos se habían provocado.
Arregín sostuvo que muchos adultos interpretan erróneamente el aislamiento de los adolescentes como una conducta normal y minimizan los riesgos asociados al encierro prolongado frente a dispositivos electrónicos. «Los chicos vuelven a casa y se encierran en la pieza con un celular o con una tablet, y para nosotros no pasa nada», señaló, al insistir en la necesidad de recuperar tiempos de conversación y presencia familiar.
El letrado remarcó que los adolescentes «piden a gritos» orientación y contención emocional, aunque muchas veces los adultos no logran percibir esas demandas.
Según indicó, la falta de empatía y de diálogo sostenido puede derivar en situaciones de violencia, angustia o aislamiento extremo, tanto hacia los pares como hacia los propios entornos familiares.
«Todo nace y termina en la casa», afirmó Arregín al sintetizar su postura sobre el rol central de la familia en la formación de los jóvenes.
En ese sentido, consideró que si fallan los mecanismos básicos de acompañamiento y enseñanza de la convivencia, las consecuencias terminarán manifestándose inevitablemente en otros espacios sociales como la escuela, la calle o las redes digitales.
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