Stoichkov, Caballo Loco | Deportes


A los doce años, Caballo Loco ya había matado un búfalo y montaba a su primer caballo. A los doce años, Hristo Stoichkov hizo el camino de regreso a casa llorando. Tres kilómetros a pie, hollando la tierra y el barro de la Bulgaria comunista, sin parar de llorar. El entrenador de su equipo le había dicho a aquel niño bajito de treinta y pocos kilos que no servía para el fútbol. Que no volviera a entrenar. Fue el día más duro de su vida.
A los 24 años, Caballo Loco fue nombrado jefe de los sioux lakota oglala debido al aura de su carisma, a la generosidad con su tribu y a su destreza en el combate contra el hombre blanco. A los 24 años, Hristo Stoichkov, que se había negado a tirar la toalla por culpa de aquel entrenador cenizo, dejó el CSKA Sofía y fichó por el Barça de Cruyff. Entraba en la batalla del Dream Team al grito guerrero de Caballo Loco: Hoka Hey, que significa algo así como “Hoy es un buen día para morir”.
A los 37 años, Caballo Loco, el mítico guerrero que había logrado derrotar al Séptimo de Caballería del teniente coronel Custer, fue asesinado. A los 37 años, Hristo Stoichkov, el futbolista del Barça que había ganado cuatro Ligas, una Copa de Europa, una Recopa, dos Supercopas de Europa, dos Supercopas de España, dos Copas del Rey, un cuarto puesto del Mundial y un Balón de Oro, dejó el fútbol para siempre.
No he dejado de pensar en Caballo Loco mientras veía las tres horas del apasionante biopic sobre Stoichkov —Hristo, el indomable— que ha dirigido David Fernández para TV3. Es un viaje a las entrañas del Caballo Loco que enamoró nuestras infancias con el ocho a la espalda y esos andares, esa mirada y ese peinado hacia atrás tan de Andy García en El padrino III. Stoichkov era el futbolista contracultural —en definición de la escritora Anna Ballbona— que combinaba sus galopadas por la banda con el violento pisotón al árbitro Urízar Azpitarte, el beso en los morros de Koeman, el zarandeo al president Pujol para que saltara en el balcón de la plaça Sant Jaume, la defensa de una estelada veinte años antes del procés o los choques eléctricos con jugadores rivales, con Cruyff, con Núñez, con la prensa, con quien fuera.
Un hombre rebelde. Sin miedo. Impulsivo. Agresivo. Luchador. Tozudo. Pasional. Visceral. El gladiador que hacía rugir la arena del Camp Nou. El villano perfecto para Chamartín. El antihéroe añorado en este tiempo estandarizado en el que los futbolistas saben a plástico reciclado, incoloro e inodoro, a post de instagram, a tatuaje previsible y a mismo corte de pelo degradado.
Ya no quedan Stoichkovs. No es un lamento panenkero. No es un odio eterno al fútbol moderno. Es la constatación de cómo el deporte actual ha ido arrinconando —peor: domando— las personalidades que rompían el molde y cruzaban la línea. Las embestidas de Ayrton Senna al coche de Alain Prost en la curva de Suzuka. La patada de Valentino Rossi a Marc Márquez en Malasia para tirarlo al suelo por meterse donde no le llamaban. El escupitajo de Drazen Petrovic al árbitro en la final de la ACB o el gargajo de Laurent Fignon a una cámara española que lo perseguía en aquel Tour de los 8 segundos. El dedo asqueroso de Mourinho en el ojo de Tito Vilanova. El marrullerismo de los Bad Boys comandados por Isiah Thomas en la cancha de los Pistons. El Chava Jiménez atacando a su jefe de filas Olano en aquella Vuelta brumosa que amenazaba Escartín. La ira volcánica de John McEnroe y su rotura de más raquetas que servicios. La patada voladora del toro salvaje Cantona al holligan del Crystal Palace que le había gritado vuelve a tu país, francés de mierda.
Eran los caballos alocados que animaban el circo. Los enfants terribles que electrizaban el cuento. Que lo hacían poco edificante, tal vez, casi seguro, es verdad, pero que hacían levantar los culos de la tribuna y del sofá y poner la radio a medianoche. Que permitían vislumbrar un poco de verdad entre tanto producto enlatado. Tanta impostura rentable para la publicidad.
Un Hristo de pelo blanco y sesenta tacos dice que aquello que importa es saber de dónde saliste, adónde llegaste y cómo llegaste. Él salió de una de esas calles sin nombre de la Bulgaria comunista. Un país con una calle dedicada a la Ametralladora, otra a la Hoz y el Martillo, y otras tantas dedicadas a la Victoria Socialista, la Barricada, el Tanque Pesado o el Gran Punto de Inflexión. Hristo acabó siendo millonario, ídolo de masas, rey de una Catalunya republicana. Cómo. En el cómo está la cuestión. Y me parece que Stoichkov tiene mucho de aquel niño bajito que una tarde se marchó llorando por un camino de tierra. Un niño que se negó a crecer y que lo ha hecho todo, como exigía Caballo Loco al hombre blanco, viviendo a su manera.
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