Perder dos veces | Fútbol | Deportes


El Atlético de Madrid, para sus seguidores, es algo así como un hijo problemático. Cuando te topas con su lado terco, con su tacañería futbolística y la carcundia de alguno de sus grupos de apoyo, tienes la tentación de dejarlo ir, pero luego descubres que es tuyo y no puedes renunciar. Stevenson lo explicó perfecto con Jeckyll & Hyde. Las novelas siguen siendo la más adecuada manera de poner en claro la más profunda filosofía. Y con su personaje escindido en dos dejó sentado para los anales lo que significa la disociación esquizofrénica que acosa a cada individuo. Por eso, cuando el Atlético se pone a jugar piensas: a ver quién me voy a encontrar esta tarde.
Todavía no se habían colocado la chapela los seguidores de la Real, cuando Barrene remató de coronilla tras una serie de errores de concentración y cálculo del equipo que más presume de concentración y cálculo. La novedad de una cámara, incorporada a la oreja del árbitro, no aportó demasiado, aunque te hace pensar en lo bien que funcionará una cámara en la testa de los toros de San Fermín.
El Atlético se ha convertido en un equipo antipático, excepto para sus seguidores. Antes era querido por casi todos. Y eso tiene que ver con la forma en que se presenta para ganar los partidos. Al que busca el riesgo y la belleza la gente lo ama. Si conviertes el resultado en lo único que importa es normal que no generes ilusiones salvo a los muy tuyos. Como suele ser habitual en él, tras empatar, el Atlético decidió dormir el partido y convertirlo en un muermo. ¿Por qué no juegas como cuando ibas detrás en el marcador? Y ahí regresa la esquizofrenia del seguidor atlético. Hasta que al final de la primera parte, la Real se cobró un penalti. Lo lanzó y marcó Oyarzabal, que es un jugador que no aparenta lo que de verdad es, formidable. Su pierna izquierda piensa ella sola y casi siempre piensa lo que menos te esperas.
Llegó hasta tal punto la desaparición del Atleti, que hasta la segunda parte ni nos habíamos dado cuenta de que Julián Alvarez estaba jugando de titular. Uno tenía en la cabeza esa genialidad de Luis Aragonés que dice que las finales no se juegan sino que se ganan. Perder es aceptable cuando se juega brillante. Si eso no ocurre, perder es perder dos veces y el equipo de Simeone, fiel a su entrenador, jugó a esa apuesta, que consiste en que ganar lo perdona todo.
Parecía increíble que después de igualar el partido, cuando Julián Alvarez sacó su fusil, el Atlético no cerrara la función. Olía la sangre y la Real estaba grogui. En la prórroga volvió a sobreponerse y la Real mereció el gol antes de que Julián desenfundara de nuevo y le pegara tal balonazo a la escuadra que la portería pidió el cambio.
La prórroga se convirtió en ese tipo de final en la que antes de que acabe ya estás sufriendo de pena por el que pierda. Ninguno lo va a merecer del todo. Pero el deporte de competición tiene esa necesidad. Uno gana y otro pierde. Esta vez le tocó perder al nuestro y entonces jugar mal, no arriesgar, no brillar, se convirtió en la tragedia de una derrota que podría ser siempre más dulce cuando has dejado un buen sabor de boca en tus propios aficionados.
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