El conjuro de Iván Romeo brilla en O Gran Camiño | Ciclismo | Deportes


Todo es como siempre. Los autobuses de los equipos estacionan cerca de una farmacia que se llena inmediatamente de médicos y masajistas que llenan bolsas de tiritas nasales color carne, las únicas que venden en farmacia, porque las que llevan muchos, siguiendo una moda que regresa, son de colores que transforman demasiado los rasgos. Ciclismo de toda la vida. Muy macho. Comisarios de carrera que en las cenas hablan de fútbol a gritos, tontean paternalmente con las camareras del restaurante, y en la salida miden con una cinta métrica la anchura de los manillares de maneta a maneta y obligan a Adam Yates a abrir un poco las suyas, demasiado cerradas. El inglés, obediente, da dos golpes con los puños a las manetas, cuya separación ya alcanza los 280mm que obliga la normativa. Horas después, los comisarios se lían con las bonificaciones, hacen mal las cuentas y tardan horas en decidir el maillot amarillo después de hacer subir al podio a vestirlo al corredor equivocado. Una rutina que se repite en todas las carreras del mundo. ¿Dónde está la Galicia mágica, entonces? ¿La imaginación y el sueño? ¿La bruma de Valle? ¿Quién decía que O Gran Camiño es diferente?
Lo decía, y lo dice, Ezequiel Mosquera, ciclista que antes del Strava salía a entrenar por los bosques y la niebla de los Ancares con un mapa de carreteras plegado en el bolsillo y una brújula en el manillar para orientarse, e inventor de carreras ahora. Comenzó con O Gran Camiño en el febrero invernal y nevado hace cuatro años y en su quinta edición, organizador independiente y diferente, ya ha logrado que la carrera tenga cinco etapas y se dispute en abril, sol en Galicia. Y no ha renunciado, antes al contrario, a su principio: el ciclismo de siempre y algo más, cada etapa una narración ligada al territorio, al Camino de Santiago y su mística más allá de la religión, el paisaje, la tierra, la vegetación, el mar. A los patrocinadores que en casi todas las carreras ponen tantas vallas publicitarias que sepultan la belleza de los lugares les ofrece un trato: no sé si saldrán mucho tus pancartas, pero voy a lograr una transmisión tan buena, con tanta calidad, que cada etapa será un gran documental, tan atractivo que los espectadores se pegarán a la pantalla para gozarlo, y para rememorar leyendas, aunque los corredores que suden el asfalto y los montes no sean las grandes figuras.
La figura es la imagen que imagina onírico Mosquera al acostarse cansado y mima al día siguiente el realizador, Raúl San Román Otegui, y unos ojos que reviven el paisaje, y un conductor de drones de carreras, miniaturas que alcanzan los 200 kilómetros por hora y se lanzan hacia la playa de las catedrales, los barcos vikingos de la ría de Muros, los arenales de Corrubedo y remontan por la ría de Arousa hasta los huertos de pimientos de Herbón (aún no es temporada) y la casa de Rosalía, y luego enlazan con el pelotón que asciende acelerado el Pico Muralla, entre Rianxo y Rois, a rueda del hiperactivo Iván Romeo.
Romeo está en estado de gracia, dice. Las piernas giran perfectas. “Hay días así”, dice Romeo, brazos en escuadra, composición perfecta del perfil de ciclista clásico, velocidad de contrarrelojista, vatios a reventar el potenciómetro, tirita color carne en la napia. “Hoy era un día de esos, me he dado cuenta desde el Pico Muralla. “Le he dicho a Arcas que tenía piernacas y ha vuelto a hacer efecto el conjuro. Las tres últimas veces que he ganado le he dicho a Jorge lo de las piernacas. Tengo que guardarme la frase porque parece que funciona”.
La marcha es tan rápida que solo seis se quedan delante hacia meta. Con el vallisoletano, los que ya antes de empezar se sabía que iban a destacar: Adam Yates, Abel Balderstone, George Bennett, Alessandro Pinarello sobre bici Scott y el niño Jorgen Nordhagen, el noruego de 21 años recién cumplidos que admira más a Contador que a Vingegaard y que hace un año, aún júnior, aguantaba el tipo en los mano a mano en el Tour de Porvenir con el rutilante Paul Seixas que alucina en la Itzulia. “Es realmente impresionante ver cómo corre Seixas”, dice Nordhagen, jovencito del Visma que convierte los últimos kilómetros de la etapa en un combate de boxeo y astucia suicida con el viejo Adam Yates en inútil persecución del Romeo que vuela y gana la etapa. “Sin duda Seixas está dando un gran salto respecto al año pasado, cuando competí contra él y quedé tan cerca en la cronoescalada de la Rosière. Pero esto ya no es júniors, esto es un juego completamente diferente, los dos estamos en un equipo del World Tour y estamos dando lo mejor de nosotros. Él ha progresado más rápido. Somos diferentes. No me puedo comparar con él, pero espero alcanzar su nivel poco a poco, más lentamente. Sería genial”.
Nordhagen pierde la etapa, pero los comisarios le entregan el maillot amarillo. Sube al podio y lo viste, pero algo le perturba al noruego, que se ve incapaz de abrir la botella de espumoso para duchar al público. Una hora después, los comisarios rectifican. El líder es Pinarello a igualdad de horas, segundos y décimas de segundo, por solo centésimas. Tampoco parece importarle mucho a Nordhagen si es líder por uno o dos segundos, o ninguno. “Está bien el amarillo, pero no cuenta hasta el último día”, lamenta el noruego, que buscará la victoria final en las dos últimas etapas. Montaña dura de la que se conoce los perfiles por el libro de ruta pero de la que nadie en el equipo le ha hablado pese a que en el Monte Trega, viacrucis de piedras en A Guarda, en la Raia del Miño, ganara su compañero Vingegaard O Gran Camiño de 2023. “Intentamos jugar un poco al gato y al ratón Adam y yo y creo que me equivoqué. Al final me fijé demasiado en él y dejamos ir a Romeo”.
En la meta de Padrón cantan la victoria del vallisoletano del Movistar José Ángel Vidal y Suso Blanco Villar, qué manos tan fuertes aún, y grandes, que torturaban el manillar en las contrarreloj, las viejas glorias del pueblo, que cantan las alabanzas del ciclismo gallego, tan alejado de los centros de poder, tan oculto. “Pero Ezequiel lo hará revivir”, dicen. Ezequiel Mosquera sonríe y piensa, y sueña, y da pasos de grandeza. “Todo lo hace el territorio”, dice. “Y cómo me gusta coger un pincel y trazar recorridos por los bosques y los caminos. Ya veréis el viernes la Ribeira Sacra, la subida a la Cabeza de Meda, junto al Monasterio Cisterciense de Xunqueira de Espadanedo…”
Ciclísticamente, la expansión natural de Galicia pasa por Portugal, vecina y hermana, y allí ya ha plantado su pie Mosquera, que se ha hecho con la organización de sus tres carreras más importantes, la Vuelta al Algarve, la del Alentejo y la Grandissima, la gran Vuelta a Portugal en agosto. Allí exportará su modelo, que crece ejemplar.
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