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Simeone y las corrientes gravitacionales | Fútbol | Deportes


Una parte de la afición del Espanyol se molestó el sábado con los cánticos que la grada del Camp Nou profirió a su equipo. También con los saltos que los jugadores dieron luego al son de lo de “Perico, dime qué se siente”, un coro que lleva ya algunos años haciendo las delicias de los más jóvenes del equipo. Gavi, Casadó, Lamine o Fermín. Los que han vivido derbis a granel y sangre en campos pequeños de hierba artificial en los que las diferencias son menores y el resultado no se da nunca por sentado. El cántico destila ahora rivalidad, competencia, camiseta. Y no parece tan malo que los derbis de Barcelona vuelvan a ser disputados, sin que eso signifique necesariamente invadir el campo para zurrar a los jugadores al final del partido.

A Simeone, el mejor para lidiar con los asuntos del alma —y del ego—, le preguntaron una vez por los coros que le dedicaba el Bernabéu llamándole cornudo. Creo que respondió algo así: “No sé, no lo oía. No se escucha mucho al público en este estadio”.

La gestión de las emociones, como la política, la haces o te la hacen. Y el entrenador del Atlético de Madrid, apasionado de la astrología y las corrientes gravitacionales de las que hablaba Franco Battiato, esas que también envuelven este deporte, para eso es el número uno. Cuando llega a un equipo, lo primero que pregunta sobre sus jugadores es su signo del zodiaco. Fue cosa de Nilda, su madre. ¿Y si, por una de esas casualidades del azar, la cuenta del horóscopo no sale?, le preguntaba hace años el periodista Jesús Ruiz-Mantilla. “Entonces pasamos al plan B. O sea, lo que yo digo”.

La vida cerca del argentino debe ser una tensión insoportable. Simeone es un estado de ánimo en sí mismo. Un enigma. Y lo que él dice va misa en el Metropolitano. También este martes. Porque lidiar tres veces con el mismo equipo en 11 días y siete en un mismo curso, como van a hacer ahora Atlético y Barcelona, pertenece a una dimensión emocional perfecta para el Cholo. Lo del partido a partido es un modo de vida extremo. También para sus rivales.

La serenidad de Flick no es precisamente kriptonita para esa energía. El Barcelona debe recurrir al palco, donde se encuentra su principal agitador. O al campo, donde esos mismos que saltaban al final del derbi del sábado pueden modificar la dinámica. Difícil. Al Atleti nunca le han remontado un triunfo en la ida como visitante ni en el máximo torneo europeo, con cinco casos, ni contra el Barça, otras cinco veces entre la Copa del Rey y la Copa de la Liga.

El Cholo, un personaje tan directo como enigmático, va camino de cumplir la decimoquinta temporada en Madrid. Un entrenador y un club predestinados desde que aprendió el oficio en la escuela de Vélez. El entrenador más longevo de la historia del Atleti. También uno de los más añejos al frente de un equipo europeo. Solo le superan en la era moderna Alex Ferguson (27 años) y Arsène Wenger (22 años). Una relación estable, fiel y comprometida muy rara en tiempos volátiles donde nadie quiere ya ataduras sentimentales. Y ahí, en ese raro romanticismo, el argentino reina y lidera su club.

El saldo histórico de resultados con el Barça no es bueno. Seis victorias, 12 empates, 23 derrotas. Pero cuando ha tenido que ganar, una liga en el Camp Nou, una semifinal de Champions u otra de Copa, lo ha hecho. Es el único entrenador de Europa que ha clasificado a su equipo 15 años seguidos para la Champions. Dos finales. También semifinales. Ha ganado ocho títulos oficiales, es el técnico rojiblanco con más trofeos. El más regular. Y puede perder o ganar, pero jugar contra él es un dolor de muelas.


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