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todos los ruidosos mensajes de la derrota de Trump

Nancy Pelossi, la muy veterana ex presidente de la cámara de Representantes de EE.UU., comentó muy aguda días atrás camino al retiro a sus 85 años, que “la democracia se salva en la mesa de la cocina”. Las urnas de este martes le dieron la razón. La paradoja de la observación es que es esa misma mesa la que coronó la arrasadora victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de hace un año que desbarataron la estantería demócrata. Acierta, entonces, que es allí, en la economía doméstica, donde debe observarse lo que sucede en EE.UU. y la razón del disgusto de los electores.

Ese enojo que elude lealtades partidarias, se evidenció en la noche del martes con un extraordinario voto castigo contra el gobierno del magnate llamado a redibujar posiblemente el mapa político norteamericano. La más rutilante de estas novedades ha sido en New York por las características personales del flamante alcalde electo de la meca financiera y corporativa norteamericana, Zohran Mamdani, socialista, inmigrante ugandés y musulmán.

Pero las de mayor profundidad política han sido en New Jersey y Virginia, que votaron por gobernador con triunfos de dos dígitos y en California, que agregó una cuota importante a las pretensiones presidenciales del mandatario local, Gabin Newsom.

El tamaño de esos resultados, con idiomas políticos diferentes, desde la centroizquierda a la derecha y el aporte de quienes antes eligieron a Trump, revela aspectos significativos. Cierto retroceso de la grieta que este presidente ha estimulado casi se diría con el recetario del filósofo Laclau y su “razón populista” sobre la división y el antagonismo como constituyentes de la política. El magnate sostiene ahora que el país se hizo «un poco más comunista» a partir de esos resultados.

Sus críticos afirman que, en realidad, el país se hizo menos liberal en el sentido básico del concepto, libertades civiles, equilibrio de poderes y respeto a las minorías, desde que Trump asumió el poder. No es por eso que recibió este castigo, pero forma parte del conjunto. La crisis por la concentración del ingreso, que se exacerbó con esta presidencia, y que es una marca identitaria de este cuarto de siglo no solo en EE.UU., esta en el centro de este voto.

Narcisismo extraordinario

El extraordinario narcisismo de Trump le impide observar lo que le señalan las urnas. Ha dicho que el resultado se ha debido por su ausencia en las boletas, una autocomprobación que lo halaga, afirma. Ese análisis disparatado, que anula cualquier autocrítica, anticipa problemas para los estrategas republicanos que miran las elecciones de medio término de noviembre próximo donde el oficialismo cuenta con escasa mayoría en ambas cámaras y son comicios que suelen favorecer a la oposición.

Gestos. Donald Trump, malos momentos. BloombergGestos. Donald Trump, malos momentos. Bloomberg

El voto fue un golpe directo contra Trump, pero quizá el dato más curioso es que los demócratas ganaron pese a que esa fuerza ha convivido este año con una imagen nacional más de 10% por debajo de los republicanos y con una mayoría de sus seguidores (75%) que se reconocen frustrados con el comportamiento del partido. Este voto indicaría una demanda a la oposición para un liderazgo más firme frente al gobierno central. Eso explica las diferencias de 13 o 15% en New Jersey o Virginia a favor de los demócratas y de más de 25% en California.

También esos números exhiben la altura del cuestionamiento a la gestión del magnate, que venía siendo expuesta, también, con las multitudinarias marchas “no King”, que Trump despreció con un video que lo mostraba con una corona en un avión bombardeando caca sobre los manifestantes. Jarabe concentrado de Laclau.

Comprender este nuevo escenario desafía no solo a los demócratas, también al ala liberal republicana que en silencio reprocha el giro populista y ultranacionalista de su mandatario. La debilidad del gobierno puede agravarse, además, si la Corte Suprema falla en las próximas semanas contra las atribuciones que el presidente se otorga para su ofensiva arancelaria, impuesto que debería fijar el Congreso, pero que el mandatario impone por decreto en base a una dudosa emergencia nacional. Un liderazgo fuerte quizá impediría ese revés con un tribunal de mayoría conservadora, pero lo que trasciende es una voluntad de los jueces contraria a esos supuestos derechos. Es por esto que no solo los críticos de Trump especulan que las legislativas de 2026 arriesgan reducir al presidente a un pato rengo el resto de su mandato.

El magnate ganó su primera presidencia como reacción de una multitud de norteamericanos que quedaron atrapados en la banquina del reparto tras la enorme crisis de setiembre de 2008 que el demócrata Barack Obama resolvió a nivel superestructural, pero no en la base de la pirámide. Y regresa a la Casa Blanca, aupado por cerca de cien millones de estadounidenses irritados por los sobre costos de la canasta familiar que alzó su precio durante la pandemia y nunca regresó a los valores anteriores.

Es un trauma que no vieron los demócratas en la campaña del año pasado, conformes con haber reducido la cifras macro de inflación sin recesión o desocupación. Pero el diablo está en los detalles. Aquellos costos quedaron 20% por encima de lo que eran cuando gobernó Trump antes de la peste. Este problema tampoco hoy se ha resuelto. Al contrario lo agrava la multiplicación de despidos de empleados públicos por la «motosierra» y un presupuesto que recorta los impuestos a los sectores de mayores ingresos y compensa con el ajuste en los programas sociales de los segmentos más desfavorecidos. También el agravio a la imperfecta salud pública de la potencia.

La furia de las clases media

En ese sentido el impactante ascenso de Mamdani promueve una incógnita que no es nueva ni se limita solo a Nueva York o a EE.UU. Interroga sobre si estos nuevos líderes, Trump incluido, son realmente antisistema o emergen del propio sistema como reacción a la agudización de las contradicciones sociales. Esa frustración se expresa por izquierda o por derecha o ultra con liderazgos que canalizan el desconsuelo de masas de clase media que viven involutivamente, peor que sus padres o sus abuelos. Y no siempre son la respuesta.

Mikie Sherrill, gobernadora electa de  New JerseyBloombergMikie Sherrill, gobernadora electa de New JerseyBloomberg

Mamdani, no es comunista como chacotea Trump. Es un socialdemócrata que aun antes de sentarse en el sillón de la intendencia de la ciudad más poderosa de EE.UU., comenzó a moderar su discurso, acercándose al empresariado porque necesitará inversión privada y salidas pragmáticas a los enormes desafíos que lo esperan, un dato que pone en duda su promesa de impuestos a los mayores ingresos. Un sendero de mayor cautela lo llevaría a reflejarse en el alcalde de Londres, el también musulmán, hijo de pakistaníes, Sadiq Khan, aunque no es claro si logrará como consiguió el centrista británico, conducir con éxito una ciudad en una situación mucho más compleja.

Como describe The Economist, el modelo fiscal neoyorquino está colapsado, con el agravante de que el 1% más rico de sus habitantes concentra más de 40% de los ingresos. Pero, además, esos acaudalados están gradualmente saliendo de la ciudad. Al mismo tiempo, el costo de vida para los neoyorquinos del llano es prohibitivo. El alquiler medio supera el doble del promedio de las 50 ciudades más grandes del país. El costo de las guarderías para bebés y niños pequeños asciende a 26.000 dólares anuales, un aumento de más del 40% en los últimos cinco años.

Los programas de asistencia social y educación que financia la ciudad son 75% más caros y difíciles de financiar precisamente por el estrechamiento de la base impositiva.

Es una probeta de lo que sucede en todo el país. Un informe de Oxfam, una ONG que reúne organizaciones que examinan cuestiones sociales, advierte que en los últimos doce meses los diez billonarios norteamericanos registraron un crecimiento de 40% de su riqueza a 2,5 billones, cinco veces aproximadamente el PBI de Argentina. Desde 2020 la riqueza de estos diez afortunados, se multiplicó seis veces. Es un problema porque queda muy poco hacia abajo, y un signo de la época que explica el desprestigio de la democracia en muchas fronteras. La mesa de la cocina.


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