marcha blanca en las favelas y otro ataque a tiros con la ciudad blindada

Un enjambre de motos zumbantes sube zigzagueando por la calle Rucas hasta el corazón del complejo Penha, una constelación de trece favelas encastradas una junto a la otra al pie de la Sierra de la Misericordia, cuarenta minutos al norte de Río Janeiro.
Las motos vienen a los bocinazos y el gentío que va subiendo a pie entiende que es mejor correrse rápido, aunque no hay hacia dónde.
Movimientos sociales, los principales sindicatos, grupos de derechos humanos y partidos de izquierda llegan a donde tuvo lugar la redada. Foto Juano Tesone /enviado especialEl callejón angosto tiene a los lados una vereda 30 centímetros más alta -y más angosta que el callejón-, pero de acceso imposible: si no hay una reja hay un puesto de venta de anteojos de sol, o de ananás, o de remeras con la cara de Madonna que quedaron sin vender desde la última vez que la reina del pop estuvo en Río, hace ya un año y medio.
Todos los motociclistas y sus acompañantes -a veces uno, a veces dos- llevan remeras blancas. Desde un dron debe parecer una carrera desenfrenada de espermatozoides trepando hasta el óvulo que está allá adelante, 400 metros calle arriba.
Cuando llegan, todas las motos doblan a la derecha, entran por el mismo portón de alambre y se estacionan de golpe en los costados de este útero que es una cancha de fútbol de césped sintético ubicada en medio de la favela. Un oasis de espacio entre la estrechez circundante.
La marcha blanca fue convocada para pedir justicia por los muertos del operativo policial del martes pasado.La marcha blanca -todos debían ir vestidos de ese color- fue convocada para pedir justicia por los muertos del operativo policial del martes pasado contra los narcotraficantes del Comando Vermelho que tiene aquí, entre estos pasillos difíciles de distinguir para el forastero, su cuartel general.
Pero esa consigna duró 20 minutos. Enseguida empezaron a llegar militantes del Partido Comunista y de agrupaciones de izquierda, más sindicalistas con las banderas de la Central de los Trabajadores de Brasil y el acto se convirtió, de inmediato, en una manifestación contra el gobernador de Río de Janeiro, Claudio Castro, aliado político de Bolsonaro y enemigo de Lula.
Entre la diversidad de reivindicaciones -que redujeron el pedido de justicia por los 117 civiles muertos del operativo antidrogas a una expresión mínima- aparecieron dos banderas de Palestina.
“Chega de chacina (Basta de masacre). Fora Claudio Castro”, dicen los stickers adhesivos que unos jóvenes reparten en la entrada de la canchita, como si fueran los acomodadores de un recital. Otros llaman al gobernador “asesino” o “terrorista”. La consigna general es que el gobierno deje de estigmatizar a las favelas. Hay banderas importantes por su tamaño y confección, que claramente no fueron hechas para esta protesta por justicia.
¿Y los narcos? ¿Y el Comando Vermelho? Durante la concentración, nadie dice nada de eso.
El enviado de Clarín trata de encontrar a alguien que viva allí mismo, en el complejo Penha, y que acceda a mostrar las huellas de la violencia policial en su casa. O cuente la historia de su familiar asesinado. Pero todos los intentos terminan en evasivas.
Acto por los muertos y pidendo la destitución del gobernador Castro. Foto Juano Tesone / enviado especialLa mayoría de los familiares directos de los muertos que estuvieron hace una hora en el edificio de la morgue del Estado evita hablar con los periodistas. Si lo hacen, piden no publicar sus nombres y no ser fotografiados.
“La Policía vino directamente a matar, siempre hace eso”, dice Alessandra en un costado de la canchita, mientras asa hamburguesas delgadas como un smartphone.
La consigna de las camisetas blancas da pie a muchos de los manifestantes a ir a la marcha con las camisetas del Real Madrid, del Corinthians y hasta del Flamengo, que tiene una versión completamente blanca.

Amigos y familiares de las víctimas de la operación policial en Favela da Penha.
Foto Juano Tesone /enviado
especial
Hay pocas remeras -poquísimas- con caras de los fallecidos en los enfrentamientos del martes. Muchas -muchísimas- con las huellas de manos rojas impregnadas aquí mismo, en el momento, en esa palangana donde una chica va volcando pomos de pintura escarlata a medida que los manifestantes se acercan a hundir las palmas para después autoestamparse las remeras.
Por momentos llueve a cántaros y, para los estándares de Río a fines de octubre, hace frío. Estos 20 grados hace que muchos se quiten camperas livianas para mostrar sus remeras y, conseguido el objetivo, se las vuelvan a poner.
Se lee sobre los torsos: “Yo sólo quiero ser feliz, andar tranquilo por la favela donde nací”, y el dibujo de un helicóptero desde el que le gritan a unas casitas: “Ustedes están rodeados de prejuicios. ¡Salgan con las manos en alto!”.
La manifestación -quizá tres mil personas, que entre los pasillos de la favela parecían diez veces más- terminó pacíficamente, con la gente bajando hacia las avenidas que circundan el complejo como una cascada espumosa en cámara lenta.
En la morgue fueron identificados 99 de los 117 cuerpos hallados entre los complejos Penha y Alemao. Sumados los cuatro policías muertos en el operativo, la cifra oficial de muertos quedó hasta ahora en 121.
Los policías que murieron en el enfrentamiento se llamaban Marcos, Cleiton, Heber y Rodrigo, y este viernes sonreían desde sus fotos pegadas a cruces enterradas en la arena de Copacabana.

Cruces con los nombres policías muertos durante el operativo contra comando Vermelho. Foto Juano Tesone / enviado
especial
Sus familias los recordaban allí, junto a carteles que decían que los derechos humanos son iguales para todos.
Los turistas sacaban fotos de las cruces, ubicadas exactamente enfrente del Copacabana Palace, el hotel más famoso de la Cidade Maravilhosa.
Un patrullero policial estaba parado justo al lado de las cruces, casi sobre la arena.
El aumento de los patrullajes en la ciudad desde que estalló la guerra entre los narcos del Comando Vermelho y la Policía no impidió, sin embargo, que el jueves a la noche un grupo de desconocidos atacara a balazos el auto blanco donde viajaban una pareja y su hija de 13 años.
Fue en Jacarepaguá, en el suroeste de la ciudad.
La chica recibió cinco impactos de bala y quedó internada en grave estado, igual que su madre. El hombre, también víctima del ataque a balazos, terminó detenido porque el coche que conducía tenía la documentación adulterada.
Las primeras especulaciones policiales hablaban, cuándo no, de una venganza narco.
Muchos bares y sitios de espectáculos de Rio anunciaron la suspensión de sus programaciones para este fin de semana, debido a la sensación de inseguridad.
Un poco por temor a represalias de los narcos y otro poco por las cancelaciones que recibieron de parte del público que había sacado sus entradas antes de que estallara la guerra con los narcos del Comando Vermelho.
La situación exacerbó la grieta política entre el gobierno local de derecha y el gobierno federal de Lula.
Las especulaciones de las horas siguientes a la operación policial más sangrienta en la historia de Río de Janeiro daban por hecho que Lula y Castro harían una tregua entre las acusaciones cruzadas para firmar lo que aquí todos conocen como GLO.
El programa GLO (garantía de ley y orden) significa autorizar al Ejército a actuar en temas de seguridad pública. Aunque se lo pida expresamente el gobierno local, la administración de Lula se niega a aplicarlo en Río porque proyectaría una imagen de temor y colapso ante el mundo, con tanques y soldados en las calles de la ciudad de la alegría, el samba y el carnaval.
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