Deportes

Al mando de una “ballena voladora” para ganar la Copa América


De pie ante el campo de batalla, la bahía de Nápoles, serena esta cálida mañana de octubre e inmensa, de Capri a Ischia bajo el ojo inquisitivo del Vesubio en las alturas, Stephan Kandler define la Copa América como una “competición amistosa”. Oyendo un discurso que se quiere pacifista, valiente en tiempos de guerra por todas partes, y europeísta, más de una ceja se levanta sorprendida y extraña sobre la mirada perezosa de las decenas de personas que asisten a la botadura de La Roche Posay, pues si algo define a la competición deportiva más antigua de la historia (en agosto se cumplieron 175 años de la primera carrera) es su carácter casi bélico –batalla entre países de ciencia, de tecnología, de sabiduría navegante, de ingenio, de orgullo y soberbia–, que se resume en su lema oficioso, “aquí no hay segundo”, la respuesta que un súbdito dio a la reina Victoria el 25 de agosto de 1851 cuando la goleta América, del yacht club de la Nueva York que no llevaba ni un siglo liberada del yugo colonial británico, derrotó a la mejor marina de la antigua metrópoli en una carrera alrededor de la isla de Wight.

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