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A 70 años de la heroica rebelión húngara contra el Pacto de Varsovia y el stalinismo

Desde la formación del bloque socialista en el Este de Europa, consecuencia de la división del mapa europeo tras la Segunda Guerra Mundial, solamente se habían producido algunas revueltas en Polonia y Alemania del Este contra el absolutismo soviético. Pero lo sucedido hace 70 años en Hungría, en octubre y noviembre de 1956, fue una rebelión popular en toda la regla, enfrentando a la URSS antes de ser sofocada. Hungría ya había tenido que soportar la bota nazi bajo el régimen de Horthy, hasta que llegó la liberación gracias a las divisiones del Ejército Rojo, el 4 de abril de 1945. Un año después se abolió la monarquía y se proclamó la Segunda República húngara.

La URSS colocó líderes títeres en todos los países de su bloque y el estalinista de turno en Hungría era Mátyas Rakosi, quien impuso la política de sovietización sobre la sociedad de su país: partido único, purgas de opositores, colectivismo y estatismo. Pero con la muerte de Stalin en 1953 y los vientos de cambio desde Moscú, Rakosi perdió influencia y fue sustituido por Imre Nagy, quien intentó una suerte de liberalización del régimen, al estilo de lo que Dubcek haría una década más tarde en Checoslovaquia. La URSS movió a otro aliado, Erno Gero, como jefe del comunismo húngaro, para frenar las reformas de Nagy.

La fecha clave fue el 23 de octubre de 1956. Miles de estudiantes se congregaron en la plaza del general József Bem, que recuerda al héroe de la Revolución de 1848 contra los austríacos. La manifestación estudiantil -que rápidamente recibió la adhesión de gran parte de la población- exigió la retirada de las tropas rusas y la salida de Hungría del Pacto de Varsovia. Esos y otros planteos (elecciones libres, libertad de prensa) representaban una afrenta al régimen y a la URSS. Unos 200 mil manifestantes se movilizaron al Parlamento de Budapest, pero Gero los denunció como “fascistas” y ordenó la represión.

Esa misma noche, grupos rebeldes llegaron hasta la Radio Estatal Húngara para difundir sus demandas y fueron recibidos a tiros por la policía secreta (AVH). Sin embargo, los soldados se negaron a disparar, se quitaron las estrellas rojas de sus uniformes y se unieron a la manifestación: así tomaron el control del edificio, en lo que fue uno de los símbolos de la rebeldía. Dos días después se produjo la masacre de Plaza Kossuth, cuando decenas de manifestantes fueron asesinados por policías que disparaban desde los techos.

La crisis en el gobierno se precipitaba. Gero fue sustituido por Janos Kadar como jefe del comunismo, pero Nagy se mantuvo al frente del Estado. Al mismo tiempo, se formaron milicias armadas en todo el país para enfrentar a las tropas rusas y a fines de octubre, la rebelión parecía encaminada.

El 1° de noviembre Nagy anunció la salida de Hungría del Pacto de Varsovia (firmado el año anterior) y solicitó a las Naciones Unidas que reconociera a Hungría como un país neutral. El Presídium soviético se mostró dispuesto a reconsiderar la relación de poder entre ambos países. Sin embargo, al día siguiente, anunció un cambio abrupto en su política y proclamó que la Revolución húngara hacía peligrar el socialismo en todo el bloque. Y los tanques rusos avanzaron sobre Budapest.

Los rebeldes, con apoyo de parte de la policía y el Ejército, levantaron barricadas, asaltaron edificios públicos y destruyeron símbolos del régimen comunista, como la gigantesca estatua de Stalin erigida años atrás en la Plaza de los Héroes. El pueblo húngaro palpitaba “un nuevo amanecer”. Las primeras decisiones de Nagy alimentaron ese sueño: formó un nuevo gobierno aboliendo el sistema de partido único, liberó a muchos prisioneros políticos, además de la retirada de Hungría de la alianza militar del Pacto de Varsovia. Esto último fue decisivo para el cambio de postura que se iba a producir en el Kremlin.

El embajador Yuri Andropov fue clave para dar vuelta la postura soviética: movilizaron a 30 mil soldados y un millar de tanques sobre Budapest y la resistencia terminó poco después.

Mientras las divisiones del Ejército Rojo tomaban el control de la ciudad, a costa de centenares de muertos, el primer ministro Nagy se dirigió por radio a la nación denunciando la ocupación y pidiendo a las Naciones Unidas que defendieran la neutralidad húngara. A las pocas horas, su gobierno fue derrocado. Seis días después, el 10 de noviembre, cayeron los últimos focos de resistencia. Nadie acudió a la llamada de Hungría: ni los estadounidenses, que no deseaban implicarse militarmente, ni británicos y franceses, más preocupados en la invasión del Canal de Suez.

Los actos de hce un años para conmemoorn la revolución húngara  y la guerra de independencia contra el régimen comunista y la Unión Soviética en 1956. efe

Como describió Lluis Bassets en El País: “Nadie estaba preparado para aquella Revolución. No lo estaba Washington, concentrado en la campaña electoral para la reelección de Eisenhower, que se conformó con mantener el reparto del mundo urdido en Yalta y sólo se permitió alentar a los revolucionarios e incluso criticar por su moderación al Gobierno de Nagy desde su emisora dirigida a los países comunistas. Tampoco Naciones Unidas, que se ocupó tarde y mal de las dos intervenciones soviéticas, pues estaba atareada con la invasión de Suez por Francia, Reino Unido e Israel, que se produjo en idénticos días. Europa todavía no existía, y la mayor prueba era que París y Londres se habían metido en esta última y absurda aventura imperial e iban a recibir la regañina y el castigo correspondiente de Washington. La propia Unión Soviética tampoco podía imaginar que alguien cuestionara su orden y autoridad imperial sobre sus países vasallos. El único preparado, muy bien preparado, para enfrentar situaciones tan difíciles era el embajador Andropov, que consiguió adormecer y engañar al nuevo y legítimo Gobierno, tender una trampa y detener a la cúpula militar húngara y preparar la invasión con modos de fariseo y de tahúr”.

Nagy y otros políticos de su gobierno buscaron refugio en la embajada de Yugoslavia, consiguieron llegar a Rumania, pero desde allí, detenidos, los enviaron de regreso a Hungría. Después de juicios secretos, Nagy fue fusilado en 1958 junto a Pál Maléter y Miklós Gimes. Sus cuerpos fueron enterrados en tumbas sin nombre en un cementerio de las afueras de Budapest.

En Hungría se restauró el régimen represivo y prosoviético bajo el liderazgo de Janos Kádár. El aplastamiento de la revolución provocó el exilio de casi 200.000 personas, que huyeron a través de la frontera con Austria. Fueron a parar a las cárceles unas 22 mil, de las que 330 fueron ejecutadas.

Aquella diáspora que llegaría principalmente a los países nórdicos y a nuestro continente (Estados Unidos, Canadá y aún a la Argentina) incluía luminarias del arte y las ciencias. Un escritor como Sándor Marai ya se había alejado tiempo antes, pero ahora lo seguía uno de los más grandes compositores del último siglo, Gyorgy Ligeti. También pudo marcharse el jefe de los católicos húngaros, el cardenal Mindszenty, quien había sido condenado a perpetua, pasó ocho años en prisión hasta que fue liberado por los rebeldes. Y se dirigió a Estados Unidos. El exilio también terminó con una de las selecciones de fútbol más grandes de la historia, el “ballet húngaro” que dominó los años ’50 y alcanzó la final del Mundial de Berna ante Alemania. Estrellas como Puskas –hoy el estadio central de Budapest lleva su nombre- Kocsis y Kubala pudieron salir y Hungría nunca pudo recuperar aquel nivel. Las huellas del Budapest sangriento se notaron a los pocos días en los Juegos Olímpicos de 1956 en Melbourne: el choque en waterpolo entre Hungría y la URSS se recuerda como el más feroz de la historia de ese deporte. Y unos 50 integrantes de la delegación magyar en Australia decidieron no retornar a su país.

La sangrienta represión a la rebelión húngara le abrió los ojos en Occidente a muchos simpatizantes del área socialista, todavía sacudidos por las revelaciones de los crímenes de Stalin poco antes (cuando los denunció el propio Kruschev en el congreso del PCUS). Y si la causa del comunismo fue abandonada entonces por numerosos partidarios, lo mismo sucedería una década más tarde cuando los tanques del Pacto de Varsovia arrasaron con la Primavera de Praga.

Uno de los más importantes historiadores del último siglo, y por entonces militante del comunismo británico, Eric Hobsbawn, justificó en aquel momento la represión soviética. Pero admitió que los acontecimientos “conmocionaron a nuestro partido y a muchos militantes le destrozaron su fe y su esperanza”. En los más influyentes partidos comunistas de Europa occidental –en Francia e Italia- aparecieron las primeras señales del llamado “eurocomunismo” que crecerían una década después con los sucesos de Praga y llevarían finalmente a romper con la línea dura de Moscú.

Un texto posterior del periodista Leslie Bain, que cubrió los acontecimientos de Budapest, afirmaba: “En la historia reciente ningún acontecimiento ha sido sometido a tantas mentiras, ni ha sido tan deformado y mancillado como la Revolución húngara. Los aparatos de propaganda existentes –tanto en el Oeste y como en el Este- durante la Guerra fría funcionaban de un modo análogo. Para los primeros, se trataba de una estricta revuelta nacionalista contra la dictadura comunista; para los segundos, de un complot reaccionario”.

El tiempo y la documentación revisada permiten apreciar que la idea de los líderes era ir hacia una “socialdemocracia” o una tercera vía, lejos del estalinismo pero sin restaurar la Hungría “capitalista” de la época previa. Pero en 1956 y en aquel marco internacional, era imposible (como también se verificó diez años más tarde en Praga). Una URSS-potencia no iba a permitirlo.

Kadar declaró ante periodistas suizos: “La confusión venía de que la gente que era arrastrada a las manifestaciones no estaba contra el socialismo, mientras que en los hechos, la orientación del movimiento era manifiestamente contrarrevolucionaria. Los contrarrevolucionarios, que estaban detrás del movimiento, maniobraban con gran habilidad. Nunca quizás una contrarrevolución ha sido intentada con tanto tino”.

Uno de quienes emergió como “ganadores” de aquella época sangrienta fue Andropov, quien sobrevivió a las distintas purgas en la URSS, hizo carrera hasta alcanzar la jefatura de los servicios secretos, la siniestra KGB, donde iniciaba su andadura un joven llamado Vladímir Putin. Andropov condujo la organización desde 1967 hasta 1982 y luego quedó como máximo líder del país. Pero duró poco, era uno de los tantos en la “gerontocracia” y ni él ni otros comprendían que se venía el desmoronamiento del sistema. Sí lo advirtió uno de sus más lúcidos sucesores, Mijaíl Gorbachov. Otra historia.

En noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín. El sistema socialista se desplomó en Hungría y en el resto de los países del bloque, que desapareció como tal. Y la URSS apenas duraría un par de años más. Los que reivindicaron entonces la rebelión del 56 señalaron: “Quedó como emblema la bandera húngara con el agujero en el centro, donde se había arrancado el escudo comunista. Ese vacío en la tela simboliza la determinación de un pueblo que se resistía a someterse y que, con su sacrificio, marcó un antes y un después en la historia húngara y en la memoria de todo el bloque soviético”.


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