El capítulo final de la leyenda de Lula da Silva

Brasil votó en la primera vuelta y el país quedó envuelto en incógnitas. Las pocas certezas son complicadas. La principal de ellas refiere al escenario más improbable de una victoria del presidente Lula da Silva en el balotaje del próximo domingo 25. Aun si sucediera, no tendría gobernabilidad. El líder del PT la perdió en la cita inicial, cuando posiblemente acabó la carrera política de este legendario caudillo.
La oposición, que encabeza el retador Flávio Bolsonaro, aun al margen de lo que ocurra en la rueda definitoria, ha multiplicado su control de la estructura de poder a niveles por encima de los que gozó el padre del postulante, el ex presidente Jair Bolsonaro. En ese universo de derecha dura se redujo además la fragmentación entre los distintos partidos, lo que esmerila las capacidades de negociación.
Por lo demás, nunca en la historia de Brasil un candidato que cayó en primera vuelta ganó en la segunda cita. A este ex obrero metalúrgico, dotado de un extraordinario instinto político, es sabido, le gustan los grandes desafíos de modo que dará la batalla. En el PT sostienen que todo puede suceder y especula con la escasa diferencia de apenas dos puntos con Bolsonaro. Como no hay ejemplos locales, traen uno del vecindario. En Chile, en la primera vuelta de noviembre de 2021 el derechista José Antonio Kast logró una clara victoria con el 27,91% de los votos contra el 25,83% del socialdemócrata Gabriel Boric, 2,1 puntos abajo. El balotaje se realizó un mes después y revirtió los resultados. Boric arrasó con 55.87% contra 44.13% de su oponente: una diferencia de 11,7%.
La clave estuvo en la movilización de abstencionistas e indecisos. Entre la primera y segunda se registró un aumento de 1,2 millones de electores adicionales. La participación pasó del 47.3% al 55.6%, convirtiéndose en la elección con mayor cantidad de votantes en la historia de Chile. Es la ensoñación de los dirigentes del PT. Confían que muchos de sus seguidores, que no participaron o que incluso buscaron castigar a Lula da Silva, frente a un inesperado escenario que contradijo a todas las encuestas pondrán reversa. En Brasil los resultados entre ambos competidores fueron similares al escenario chileno y la abstención, extraordinaria, cerca del 21% superando el récord de 2022. Pero hasta ahí llegan las comparaciones.
A diferencia de Chile y Boric, que nunca había disputado el poder, Lula y su partido están en el gobierno y perdieron votos propios con relación a 2022 cuando el líder del PT derrotó a Jair Bolsonaro. Una parte del singular ausentismo en estas urnas provino de sectores precarizados que suponen que una elección no cambiará su situación de largas horas de trabajo, rentas insuficientes y deudas familiares asfixiantes. Ese dato objetivo entre otros explica un notorio desinterés popular hacia las elecciones, comportamiento que fuentes oficiales admitían con amargura y sorpresa a este cronista antes de las elecciones. Esa decepción aleteó en los resultados del nordeste, el espacio de mayor fidelidad al lulismo en sus 40 años de historia.
A diferencia de Chile y Boric, que nunca había disputado el poder, Lula y su partido en el gobierno perdieron votos propios con relación a 2022. Foto ReutersEn ese enorme paisaje Flávio obtuvo 30,9% de los votos, casi cuatro puntos más que su padre en la primera vuelta de 2022. Lula reunió 63,8%, muy bueno, pero tres puntos menos que hace cuatro años. Esos datos confirman la noción de un voto castigo como parte clave de un puñado de otros factores. Según los analistas pesó la edad del presidente, la extensión de su vida política, va por su tercer mandato, la inseguridad como problema permanente del país, y rotundamente aquellos problemas de ingreso en la base de la pirámide. A la gente el sueldo no le alcanza a despecho de los formidables datos macro que exhibe el país continente.
Esa frustración también involucra a sectores de la clase media y media baja, un amplio océano de centro, que en amplios segmentos no dudo antes en elegir a este presidente. Ahora el PT sufrió un desgaste significativo en los centros urbanos más poblados de la región del sudeste donde radican los principales colegios electorales del país. En San Pablo, la joya de esa corona, el estado más grande del país y el más poderoso, Bolsonaro sacó una diferencia contundente sobre Lula, estimada en más de 3,4 millones de votos. Minas Gerais, la otra gran estación de ese recorrido, apenas por detrás de San Pablo en tamaño, quedó en manos del retador en la primera vuelta.
El desafío de Lula
Dato parroquial: este estado en la política brasileña se lo conoce como el “termómetro electoral”, el swing state del país: históricamente, desde el regreso de la democracia en 1989, quien gana ahí termina en la presidencia. Es porque su electorado refleja muy de cerca la diversidad socioeconómica y cultural de todo Brasil. Finalmente, Río de Janeiro, el otro gran distrito de este espacio, búnker del clan bolsonaro, consolidó la ventaja del hijo del ex presidente: Lula había obtenido ahí hace cuatro años el 43,4% de los votos. Ahora descendió a 39%. En las dos elecciones anteriores, tanto la del padre en 2022 como la del hijo el domingo, la diferencia a favor de ambos fue la misma: 13,6%.
Se puede argumentar que el sudeste no es tradicionalmente lulista. Es cierto, pero el líder del PT esta vez obtuvo 1,7 millones de votos menos en todo ese territorio en comparación con la primera vuelta de 2022. En contraste, su adversario logró 1,3 millones de sufragios más que los que obtuvo su padre. Son números claros y evidencias que el oficialismo perdió votos propios.
El senador Flávio Bolsonaro en Brasilia (Brasil). Foto EFELa estrategia del PT para la campaña es apuntar a esos dos amplios universos, para cosechar posibles arrepentidos como en el caso chileno y reducir la abstención. Una curiosidad de esos intentos es la ofensiva de seducción sobre los votantes de más de 70 años que no están obligados a sufragar, como sucede en Argentina. Son unos 17 millones de electores, cerca del 10% del padrón nacional, un bastión conservador, mayoritariamente pro Lula debido a los beneficios jubilatorios que les proporcionó el gobierno, pero que no suele participar masivamente. El propio presidente se pone como ejemplo de este sector, a sus 80 años, de que es necesario no aletargarse, involucrarse y animarse. “Piensen en sus hijos, en sus nietos”, les dice con dramática picardía.
Todo puede suceder. Hay, sin embargo, un problema de sentido referido a aquellos cambios en el panorama político consagrados en la primera vuelta. Un alto funcionario del gobierno le dio ejemplos a este periodista sobre el nuevo escenario. El bloque del Partido Liberal en el Senado, que agregó cerca de 19 nuevos legisladores, reclamará la presidencia de la Cámara hoy en manos de un aliado de Lula, el senador Dino Alcolumbre. Cuando la logren forzarán la amnistía de Jair Bolsonaro y el descabezamiento de la desprestigiada Corte Suprema.
“Por eso, aún si ganara, que sería una hazaña, Lula tendría las manos amarradas. Ese Congreso no lo dejaría avanzar ni siquiera si se alinea con ellos, y además son muy duros, van por la venganza y esa venganza la va a conducir Jair Bolsonaro”, señala el funcionario que a la vez es embajador. Así como él, sus colegas tanto en cancillería como presidencia asumen una autocrítica que el gobierno en público recién ahora comienza a plantear .
“Esto se podría haber evitado, es un golpe autoinfligido, desde enero se sabía que venían con todo y no se hizo nada o lo que se hizo se lo hizo mal. Se dejaron pasar enormes oportunidades, seguros de que tenían el camino pavimentado para ganar”, dice. Lula, agrega, subestimó de modo tajante al rival bolsonarista, que bien asesorado “hizo una muy buena campaña, al punto de que se dejó de hablar de sus graves casos de corrupción”. No están ahí, por supuesto, la totalidad de las razones para la derrota y la pérdida de votos. Es probable, se puede conceder, que con un trabajo más cuidado el líder del PT hubiera ganado el primer turno, pero nada le aseguraba la reelección, igual que ahora.
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