El misterio de un escalador sin cuerda atrapado de noche en una pared y rescatado por un dron en Canadá | El Montañista | Deportes


Ese escalador vasco llevaba años escalando en invierno las cascadas de hielo del Circo de Gavarnie y había sido testigo de varios rescates a cargo de los CRS franceses y su helicóptero. Los servicios de socorro en montaña de la diminuta localidad pirenaica no se limitaban a esperar una llamada de auxilio: solían observar las cascadas desde su puesto con potentes prismáticos, atentos a anticipar cualquier emergencia. Aquel día, hace cuatro años, no había más cordadas en el Circo, sumido en un frío silencio. Mientras escalaba, a unos 150 metros del suelo, escuchó un leve zumbido que no supo identificar. Después, se llevó el susto de su vida. “Buenos días”, escuchó en francés “le hablamos desde un dron en prácticas de la policía de montaña. Esperamos que pase un buen día de escalada”. Se escuchó un clic, como si alguien colgase un teléfono y el zumbido se alejó, dejando al escalador confundido. La llegada de los drones a los operativos de rescate en montaña promete optimizar aún más un trabajo sumamente complejo, pero hasta hace apenas unos días, la mayoría de los montañeros desconocían las posibilidades reales de estos aparatos. Un rescate de película en Squamish (Canadá) ha revelado al público su enorme potencial.
Primero saltó la noticia: un escalador solitario varado en mitad de una pared fue rescatado gracias a un dron en mitad de la noche, llevándole una cuerda, una lámpara frontal y una chaqueta para protegerle del frío. La noticia venía acompañada por una imagen de escasa calidad en la que se veía claramente al escalador mirando a cámara, anclado a la pared. Se supo entonces que el dron acercó un cordino fino y ultraligero al escalador, un hilo del que pudo tirar para izar pared arriba una cuerda de escalada y la chaqueta. Con esta se abrigó y con la cuerda pudo rapelar por la pared hasta alcanzar el suelo sano y salvo.
Faltaba el contexto. En la imagen del dron se apreciaba que el escalador en apuros llevaba casco y arnés, del que colgaba material de autoprotección. Su equipamiento contradecía la idea, lógica, de que se trataba de un escalador en solitario, de los que prescinden de la cuerda al más puro estilo de Alex Honnold. Nadie que escala sin cuerda lleva casco y mucho menos arnés. Podía tratarse de un escalador en solitario de los que usan la cuerda para autoprotegerse mediante complejas técnicas, pero de ser así, ¿cómo había perdido la cuerda? ¿Cómo demonios había llegado ese escalador a verse inmerso en semejante pesadilla?
El alpinista y periodista de la revista Climbing, Anthony Walsh, se puso a investigar, logró dar con Forrest Rynearson, director de los servicios de rescate de Squamish, y aclaró el misterio. Fue su primer rescate con un dron, aseguró Rynearson, un aparato de apenas medio kilo de peso, foco y altavoz incluidos. El pasado 10 de septiembre, el rescatado y dos compañeros de cuerda más completaron la difícil vía Alaska Highway, de cinco largos en la pared conocida como Stawamus Chief. Poco después, iniciaron el descenso en rápel por la vía usando una línea de rápeles equipada. Atardecía ya y esperaban llegar con luz al suelo, pero para acelerar decidieron unir sus dos cuerdas, fijarlas a los anclajes de forma independiente y así permitir a los dos primeros rapelar al unísono. El tercero, en cambio, descendería usando ambas cuerdas al mismo tiempo, de forma clásica, para poder recuperarlas una vez alcanzado el siguiente punto de reunión. Sin embargo, no cayeron en la cuenta de que una cuerda medía 61 metros y la otra 65. Esto no hubiera supuesto un problema puesto que las instalaciones de rápel se ubican a menos de 60 metros las unas de las otras, respetando la longitud clásica de las cuerdas. Pero acabó llevandoles a un callejón sin salida. Uno de los escaladores, el que descendía por la cuerda de 65 metros, no se percató de que se había saltado la instalación de rápel y, cuando divisó una, se lanzó a por ella sin dudarlo: la alcanzó a duras penas, usando toda la longitud de la cuerda. El escalador que descendía por la otra cuerda alcanzó una instalación diferente, también apurando cada centímetro de su cuerda de 61 metros. Ambos se anclaron a los seguros y soltaron sus respectivas cuerdas de sus aparatos descendedores: salieron disparadas y quedaron fuera de su alcance, esperando que el tercer escalador se las acercase al bajar.
Pero este solo pudo alcanzar al compañero que había descendido con la cuerda de 61 metros. Tres metros por debajo pero a 21 metros de distancia horizontal, vieron horrorizados a su amigo. Intentaron, sin éxito, lanzarle una de las cuerdas para reunirse los tres. Resultó imposible. Entonces, uno de ellos recordó que existía la posibilidad de alcanzar una repisa, recorrerla, y alcanzar de nuevo la parte superior de la pared a pie, desde donde les sería posible volver a rapelar y recuperar al compañero varado. “Se notaba que no eran locales y desconocían que dicha repisa desapareció años atrás a consecuencia de un desprendimiento de rocas acontecido durante una ola de calor”, apunta Anthony Walsh. Efectivamente, al alcanzar la repisa, los dos escaladores comprendieron que no podrían atravesarla y decidieron pedir ayuda.
Los servicios de rescate de Squamish recibieron la llamada a las nueve de la noche y empezaron a sopesar diferentes líneas de actuación: escalar de noche la misma ruta y descender en rápel hasta la persona en apuros; ascender a pie hasta la cima del Chief y arriesgarse a rapelar por su pared y sus amenazadores desprendimientos de roca o solicitar el concurso de un helicóptero autorizado para volar de noche y tratar de ejecutar una peligrosa extracción. “Entonces, decidimos probar esta nueva idea”, explica a la revista Climbing Forrest Rynearson, “de sujetar un cordino de un milímetro de grosor al dron con un gancho de liberación rápida en su parte inferior. Desde el punto de vista de la gestión del riesgo era nuestra mejor opción”. El rescate fue un éxito porque el escalador estaba en perfecto estado físico y anímico, tenía experiencia en pared y pudo comunicar su estado al equipo de salvamento. Como estaba a unos 80 metros del suelo, solo tuvo que tirar del hielo de 100 metros, a cuyo extremo le llegó la cuerda, la chaqueta y la lámpara frontal.
“Creo que fue una decisión genialmente improvisada”, opina el Comandante del GREIM Fernando Rivero. El Grupo de Rescate e Intervención en Montaña de la Guardia Civil ya usa drones ligeros para realizar grabaciones y realizar informes técnicos en accidentes de escalada y dispone de 30 pilotos formados para trabajar con sus 10 aparatos. También los emplean para búsquedas de desaparecidos y están a punto de usarlos para buscar teléfonos móviles de personas desaparecidas en zonas sin cobertura gracias a la tecnología Lifeseeker de Centum (una empresa gallega), que actúa como un repetidor de telefonía y permite rastrear móviles desde un dron.
Con todo, la prevención sigue siendo la mejor herramienta de rescate: la formación en montaña y la experiencia permiten evitar errores básicos que propician la actuación de los grupos de rescate, como en Squamish.
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