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Los Piolets de Oro recuperan la memoria de Peter Habeler, el gran alpinista a la sombra de Reinhold Messner | El Montañista | Deportes

En el imaginario colectivo, Reinhold Messner figura como el alpinista más grande, influyente y revolucionario de la historia. Tanto es así que el público ha llegado a imaginar que siempre escaló en solitario, un hombre sin compañía enfrentado a enormes dificultades, acumulando éxitos, transformando para siempre la forma de escalar las montañas más elevadas del planeta. Nadie ha sabido fabricarse un relato de leyenda a medida como el alpinista surtirolés. Pero ya se sabe que lo legendario ha de ser único, de ahí que Messner lograse borrar de la ecuación a aquellos alpinistas que le ayudaron a ser quien fue. El austriaco Peter Habeler fue el principal damnificado entonces, pero ahora los premios Piolet de Oro acaban de concederle un galardón que reconoce el conjunto de su brillante carrera, y que recupera el enfrentamiento que separó sus caminos para siempre en 1979.

Habeler ya era un gran alpinista cuando conoció a Messner en 1965. Los grandes alpinistas tienden a unirse, sabedores de que dos voluntades compenetradas son más poderosas que una sola. Se establece así un pacto de colaboración, un reparto de las tareas, un juego de roles que se alterna para conceder el máximo empuje a la empresa. Es un juego psicológico que puede llegar a ser truculento.

El primer gran golpe de efecto de la pareja Messner-Habeler se dio en Perú, en los Yerupajá, grande (6.635 m) y chico (6.121 m), donde la cordada estrenó sendas rutas. En agosto de 1974, ambos escalaron la ruta original de la cara norte del Eiger en 10 horas, 8 horas más veloces que el antiguo récord que databa de 1950. Su marca no fue superada hasta 2004: Ueli Steck y Stephan Siegrist invirtieron apenas una hora menos.

La ascensión relámpago de Messner y Habeler coincidió con el rodaje de La sanción del Eiger, célebre película protagonizada por Clint Eastwood. Habeler, con sorna, dijo que saberse observado por el actor les hizo correr más de la cuenta. En realidad, el Eiger fue un ensayo. Ambos tenían en mente llevar a cabo uno de los episodios más transgresores de la historia del himalayismo: ser los primeros en escalar un ochomil en estilo alpino. Escogieron el Gasherbrum I, también conocido como Hidden Peak (8.068 m). Todas las montañas de 8.000 metros habían sido vencidas empleando el llamado estilo pesado, un asedio en toda regla con toneladas de material y víveres acarreados montaña arriba por grandes equipos humanos. Se pasaba de un campo de altura a otro a base de cuerdas fijas, rotaciones de trabajo, establecimiento de tiendas de altura en diferentes emplazamientos y aprovisionamiento constante hasta que alguien estaba en posición de recorrer los metros finales de desnivel hasta la cima.

Messner y Habeler decidieron escalar como si estuviesen en los Alpes, es decir, portando una mochila cada uno con todo lo necesario para alcanzar la cima y regresar. Les tomaron por locos. Pero demostraron que era posible encarar los grandes colosos del Himalaya con una ética minimalista. Incomprensiblemente, su ejemplo solo creó adeptos entre la élite. Hoy en día, las expediciones comerciales siguen empleando la misma táctica que reinaba en los años 50 del pasado siglo. Eso sí, con el apoyo de helicópteros, drones e infinitas comodidades en el campo base.

El golpe de efecto en el Gasherbrum I les preparó para protagonizar un imposible: escalar el Everest sin ayuda de oxígeno artificial. La medicina había zanjado el asunto: el ser humano no sobreviviría a semejante exposición a la altitud sin la ayuda de oxígeno embotellado. En 1978, Messner y Habeler se permitieron contradecir a la ciencia, y el primero escribió poco después que en realidad no escalaron los metros finales hasta la cima: gatearon, se arrastraron, reptaron como si ya no fuesen dos seres humanos sino dos pulmones tirados en la nieve buscando oxígeno.

Un año después, en 1979, ambos alpinistas dejaron de hablarse. Peor aún, entablaron una agria disputa a través de sendos libros. Habeler acusó a su compañero de cordada de apropiarse del éxito de su gesta en el Everest, en un texto escrito por el periodista Eberhard Fuchs, un narrador ilegítimo a ojos de Messner. “Solo los protagonistas de las expediciones pueden escribir al respecto”, zanjó. Lo cierto es que en el relato de Messner apenas hay espacio para alguien que no fuese él mismo, quizá porque estaba empeñado en transmitir a través de sus numerosos libros la imagen de un triunfador indestructible, maniobra que el texto de Habeler vino a denunciar.

Si algo queda claro en el relato del Everest 78 a cargo de Messner es que consideraba a Habeler como un grandísimo alpinista, técnicamente excepcional, el compañero de cuerda ideal… salvo por cierta debilidad, cierta duda en su determinación. Messner se presenta a sí mismo como un alpinista con una voluntad de éxito inquebrantable que se ve obligado a allanar las dudas de Habeler: de camino a la cumbre, el austriaco expuso sus temores, valoró la posibilidad de renunciar, pero aceptó seguir finalmente.

En su libro, Habeler denuncia precisamente las indiscreciones de su compañero, recordando que el valor de una cordada es la suma de sus voluntades, indistintas, intercambiables. Una cordada es un todo que ha de prescindir de los egos.

Messner siguió su camino en el Himalaya hasta convertirse en el primer ser humano en alcanzar la cima de los 14 ochomiles, escalando con otros alpinistas a los que también criticó sin piedad. Finalmente, puede que ambos traicionasen al unísono los valores implícitos en una cordada: solidaridad, trabajo en equipo, compromiso con el objetivo y con el compañero, empatía para entender los matices de decisiones que cuestan vidas… y discreción a la hora de exponer el relato de lo acontecido. El éxito de una cordada debería estar por encima de las actuaciones individuales, de las pequeñas miserias humanas, del y tú más.

Habeler, guía de alta montaña, siguió adelante con su brillante carrera, escaló la vertiente norte del Kangchenjunga en 1988 junto a Carlos Buhler y Martín Zabaleta, en estilo alpino y asumiendo un descenso épico, y volvió a recorrer la norte del Eiger junto a David Lama poco después de cumplir los 74 años. Nunca se hizo millonario, como Messner, ni quiso rememorar la agria polémica que los separó, asumiendo quizá que nunca debió exponer públicamente sus diferencias. El triunfador Messner perdió al mejor compañero de cuerda al que se ató. Puede que fuese su mayor fracaso. En cualquier caso resultó una pérdida irreparable para el alpinismo.


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