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La estrategia vikinga también triunfa en la Vuelta a España | Ciclismo | Deportes


Aunque el apoyo de la sociedad noruega a la monarquía se ha resentido en los últimos meses por los escándalos familiares —como la relación de la reina consorte Mette-Marit con el delincuente sexual Jeffrey Epstein o la condena de su hijo a cuatro años de cárcel por violaciones—, las encuestas indican que siguen anteponiéndola frente a una posible República, por lo que la reciente muerte del rey Harald V por anemia hemolítica ha sumido en tristeza al país. “Aunque esto es algo pequeño, es un homenaje para mi rey”, resolvió Andreas Leknessund, corredor del Uno-X, ganador de una etapa donde la estrategia vikinga funcionó a las mil maravillas —segundo quedó su compañero y jefe de filas Johannessen— como también lo hizo este curso en el Giro y en el Tour, con triunfos de Dversnes en Italia y Wærenskjold en Francia. Por detrás, cuando quiso, Pogacar también volvió a mostrar la matrícula al resto de aspirantes, ejercicio de superioridad repetido, en esta ocasión seguido de cerca por Gall y Mas, que mantiene su firme apuesta por el podio.

Decidió UAE conceder un día de permiso al pelotón, licencia extraña por su talante aunque comprensible porque la gasolina no es infinita, abanico abierto a las fugas, que vaya bien. Y fueron cinco los que levantaron el dedo nada más levantarse el telón, un quinteto contra el mundo. Ahí estaba Van Aert, siempre competitivo, inconformista por naturaleza, gallo por convencimiento y méritos; también Lutsenko, corredor de olfato como pocos; y Johannessen, jefe de filas del Uno-X, otro ganador que contaba a su lado con su compañero Leknessund; además de Dunbar, ganador de dos etapas en la Vuelta. Un ataque desde el principio que tuvo su recompensa al final, ni siquiera incomodados por la veintena de corredores que también se despegó del pelotón, que por algo era el día de asueto de UAE.

Alcanzado el último puerto, Aramón de Valdelinares, estación de esquí turolense (9,8 kilómetros con una pendiente media de 5,9% y rampas de hasta el 13%) abrigada por un manto de pinos, montaña que desde buena mañana recibió a multitud de caravanas que se hacían hueco en las cunetas, mesas y sillas para picnics, toldo para la siesta y maillots para acompañar al paso de los ciclistas, también los más activos pinturas para dejar su huella y aliento en la carretera, como ese chico con una camiseta del Zaragoza que escribió: “No hay dolor”. No faltaba, claro, la roulette belga de cada año, esa que anima a los suyos con la bandera de ¡Por tutatis!, muy al estilo Astérix y Obélix.

La muchachada, en cualquier caso, copó la ascensión y formó un atasco morrocotudo, coches entremezclados con miles de ciclistas que querían sentirse profesionales por un día, parones porque la organización comenzó (o acabó) tarde en montar las estructuras cerca de meta, un guirigay de los buenos. Nada que importunara a los ciclistas, alfombra roja hasta la cima. Y ahí, entre flashes, estrella de Hollywood él, apareció Pogacar. Quién si no. Un arranque cuando se quedó sin gregarios a su alrededor, un triunfo parcial en sus ambiciones, más rojo que nunca. Pero el 10 se lo llevó la estrategia vikinga.

Ganó Leknessund porque arrancó en los últimos kilómetros, una pregunta al resto sobre si alguien estaba tan fuerte como él. Si la respuesta hubiese sido afirmativa, Johannessen se reservaba desde atrás, el mejor motor. Pero nadie contestó a Luknessund y, por una vez, la Vuelta no fue territorio esloveno sino que fue el Valhalla del Uno-X.


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