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Una granizada obliga a la Vuelta a cancelar la etapa | Ciclismo | Deportes

Alcanzaron los ciclistas las faldas del puerto, juez del día porque eran los kilómetros finales, y los rayos precedieron a los truenos y a un diluvio universal, también a una granizada de la que hace daño. Pero, sobre todo, de la que ponía imposible el rodar en la carretera, manto blanco, hielo traidor, terreno resbaladizo y asfalto prohibido, por más que los puristas y románticos exigieran que había que acabar, que esto es ciclismo, que no es lo mismo subir, donde no entraña peligro, que bajar. Pero no lo entendieron así los ciclistas ni la organización, que a falta de 16 kilómetros optaron por detener el espectáculo. “Etapa anulada”, anunciaba la Vuelta. Sin tiempos ni vencedores, sin show de Pogacar, que, se intuía, ya estaba por llegar.

Por delante, a menos de un minuto, rodaban Wenzel y Fortunato, que le había dado caza nada más comenzar la ascensión al Col de Mont-Louis (Font-Romeu; Francia), 19,4 kilómetros con una pendiente media de 4.8% y pendientes máximas del 8%, donde se da el pastoreo, además de carreteras de gravel entre puertos de montañas y pistas forestales. No era una pared, pero sí una carrera de fondo, desgaste y erosión, barbecho para un nuevo triunfo de Pogacar. Pero en esta ocasión, el esloveno se quedó a medias. Así no se corre, determinó la Vuelta; y así se acabó el día.

Tal fue la tronada y la lluvia, la granizada que cubría la revirada carretera de Mont-Louis, que los ciclistas pusieron el pie a tierra, yo así no sigo, dame un refugio. Visto lo visto, eso ofreció después la organización, que ante el panorama, decidió anular la etapa antes de la ascensión. Por entonces, los ciclistas ya tiritaban de frío y agradecían sobremanera las toallas, mantas o abrigos que les ofrecían los auxiliares de los staffs. Pogacar, sin embargo, seguro que por un lado maldecía por dentro lo ocurrido, toda vez que el UAE había trabajado para él durante toda la jornada, preocupado en controlar en todo momento la fuga, confiado en que en el instante en que la carretera picara hacia arriba, el líder volviera a hacer de las suyas. Pero eso ya es especulación porque la Vuelta, de nuevo, volvió a entrecortarse, un gafe repetido porque el año pasado, con las manifestaciones en contra de Israel y el genocidio, ya se acortaron o suspendieron un par de etapas. Nada que ver, claro, pero gatillazo conocido.

Y eso que el día comenzó con mucho color, también calor, pues tras las enroscadas carreteras de Montecarlo, donde se destilaba más glamur que afición por las bicis, fue en Gruissan, pueblo costero de la mano de Narbona, donde los franceses apuraban los últimos días de vacaciones y los mosquitos también sus mejores banquetes, donde se concentró una auténtica marabunta de amantes del ciclismo. Había miles que se aglomeraban por las calles y los parques aledaños, maillots, bidones, bicis y mucho entusiasmo por ver a los héroes sobre ruedas. “Monsieur Pogacar”, rezaba una pancarta de un niño, que, junto a su familia —y la gran mayoría de los presentes— aguardaba bajo el autocar a una firma de su ídolo. Siempre atento con los hinchas, Tadej bajó un rato junto a los curiosos. Pero no demasiado, su cabeza estaba en Font-Romeu, en la ascensión al puerto de esquí, ya en los Pirineos franceses, la primera (o segunda tras su exhibición en la crono inicial) ocasión para descifrar lo ya descifrado, que es el mejor y que está en la Vuelta para ganarla. Horas después, sin embargo, se bajó de la bici como el resto, nada que festejar.

Anulada la etapa y sin tiempos que sumar, la Vuelta se traslada ahora a Andorra, previo paso para alcanzar España. Por entonces se espera de nuevo el sol y el calor, también el espectáculo que está por llegar de Pogacar, ahora que en Francia se quedó con las ganas.


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