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Pogacar, líder a las primeras de cambio en la Vuelta por nueve centésimas | Ciclismo | Deportes

Bienvenidos a la Vuelta, bienvenidos al nuevo mundo de Pogacar.

La comitiva de la crono se repetía sin parar. Dos motos policiales de avanzadilla (una de la Guardia Civil y otra de la Gendarmería del Principado), un ciclista y dos coches escoba, uno del equipo con el cartel del corredor y otro de la organización. Y tantas vallas como aliento por doquier, pues las calles de Montecarlo estaban abarrotadas, curiosos los aficionados —además de los infinitos veraneantes— por un espectáculo que por una vez iba a dos ruedas. Y eso, el show de la ceremonia de apertura, llegó sobre la bocina y por obra y arte de Pogacar, que salió el penúltimo y acabó el primero, nueve estrechas centésimas de margen sobre el británico Ethan Hayter (Soudal). Otro ejercicio de superioridad que acabó con todo su equipo de pie —corredores y staff— y aplaudiéndole, al tiempo que él encogía los hombros con timidez. Pero nada ni nadie puede esconder al dios de la bicicleta, líder de la Vuelta para empezar.

Las intermitentes lluvias de los últimos días dieron paso a un sol abrasador nada más despuntar el día, bochorno entremezclado con sudores de buena mañana. Bien que lo comprobaron los corredores, que desde el mediodía disfrutaron del circuito cerrado solo para los ciclistas, también para aquellos aficionados que por un día querían sentirse profesionales, además de los vehículos autorizados. El trazado de 9,4 kilómetros, íntegramente delimitado en el Principado y con apenas un desnivel de 59 metros, era bien técnico, plagado de curvas reviradas, también peligroso. De ahí que todos los repitieran en varias ocasiones, desde la rampa inicial del Casino hasta la meta de Fórmula 1. Se trataba de descifrar dónde frenar o acelerar, cómo tomar según que giros. Pero ninguno podría con el dios sobre ruedas.

Digerida la comida, comenzó la procesión de los ciclistas y su esfuerzo, que chocaba con la dolce vita de los adinerados transeúntes, emperifollados con vestidos que quitaban el hipo, por eso del elevado precio, pues de Carolina Herrera, Loro Piana y Ermenegildo Zegna no se bajaba. El ejemplo de la pomposidad, por ejemplo, se daba en la playa, donde alquilar una sombrilla y dos hamacas —con la marca Gucci bien visible, claro— costaba 500 euros por día. Un desfile de marcas y modelos, una opulencia sin igual, siempre con los Porsches, Lamborghinis y Ferraris aliñando el asfalto. Postal pintoresca a la que se sumaban las colinas de Beausoleil —territorio francés que da la mano a Mónaco, al punto que hay hoteles que están en Francia y sus calles en Montecarlo— y sus casas colgantes, vistas a la irresistible Costa Azul, puro espectáculo. Pero en eso no hay quién gane a Pogacar.

Abrió el telón Diego Uriarte, del Kern Pharma y futuro corredor del Movistar, fuegos artificiales para lo que estaba por venir. Y aunque hubo corredores que parecieron poner a temblar el crono, caso del galo Jordan Labrosse (Decathlon) o el británico Matthew Brennan (Visma), el picante estaba en los últimos ciclistas en salir en escena, pues cada equipo escogía el orden de sus corredores y casi todos optaron por poner a sus principales espadas al final —no así EF con Carapaz o Lidl con Skjelmose—, cuando la canícula de agosto y el sol ya no picaba tanto, cuando ya tenían las referencias. Mientras tanto, Pogi se ponía a tono en el rodillo, bien refrescado por unos ventiladores que soltaban vapor, concentrado, gafas de sol caladas y cabeza gacha, también un chaleco de hielo, ritmo y más ritmo porque, ya advirtió, quería ganar en su casa. Y, claro, no falló.

El tiempo de referencia iba de mano en mano, aunque se dio un dominio de los británicos, pistards por naturaleza, que podían con los favoritos como Van Aert o Pedersen. Caso de Thornley (Bora), Tarling (Ineos), que corrió en homenaje a su hermano, fallecido en la reciente Volta a Portugal, y, sobre todo, Hayter. Pero en el ciclismo la ley corre por cuenta de Pogacar y así se volvió a explicar en Montecarlo.

Sentado, estiloso, con pisotones frenéticos, Pogacar alzó los brazos por 9 centésimas. Lo justo para subrayarse como el mejor de los mejores, para poder llevar el maillot rojo de principio a fin.


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