Un Mundial a la americana y repleto de polémicas: de las deportaciones y los registros a la injerencia de Trump en el caso Balogun | Mundial 2026 de Fútbol

La mañana del 5 de junio, seis días antes de que echara a rodar en el estadio Azteca el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, un avión procedente de Estambul aterrizó en el aeropuerto de Miami. Los pasajeros desfilaron ordenados por la pasarela, dejaron atrás varios murales con exóticos reclamos turísticos y llegaron a la inmensa cola que conducía, al fin, al exhaustivo control de aduanas. Tras una interminable espera, y sin separarse nunca de su equipaje ni su pasaporte, Omar Abdulkadir Artan se plantó ante la ventanilla correspondiente. Tras identificarse, varios policías lo guiaron hacia una oficina apartada del bullicio. Allí fue interrogado durante 11 largas horas antes de ser deportado por, según la versión oficial, “problemas de verificación” relacionados con sus antecedentes.
Artan, como se le conoce en el mundo del fútbol, iba a ser el primer árbitro nacido en Somalia en dirigir un partido en un Mundial, pero la férrea política migratoria de EE UU, especialmente agresiva contra nacionalidades como la somalí, rompió su sueño antes incluso de que arrancara el torneo más importante del planeta. A sus 34 años, y declarado recientemente como el mejor colegiado de África, Artan fue recibido días después en el estadio nacional de Mogadiscio (Somalia) como un héroe. Tal fue el revuelo que levantó su caso que la UEFA, siempre oportunista para desmarcarse de las directrices adoptadas por la FIFA, le designó como el juez de la final de la Supercopa de Europa que el PSG, campeón de la Champions, y el Aston Villa, vencedor de la Europa League, disputarán el próximo 12 de agosto en Salzburgo (Austria).
La suya fue solo la primera de las muchas ampollas que ha levantado dentro y fuera del terreno de juego la llegada de la Copa del Mundo a EE UU, sede de 78 de los 104 partidos del torneo. Más adelante llegarían las de Aymen Hussein, capitán iraquí retenido durante más de siete horas en el aeropuerto internacional de Chicago, o las de las selecciones de Uzbekistán y Senegal, ambas retenidas por la policía y registradas con perros en las llegadas a sus respectivas sedes en territorio estadounidense. También la de la selección de Irán, aislada durante toda su participación mundialista en México, a varias horas en avión de los estadios en los que se disputaban sus partidos, por la fuerte tensión política entre su gobierno y el de Donald Trump.

Precisamente el mandatario estadounidense protagonizó en las rondas eliminatorias el que muy probablemente haya sido el escándalo más sangrante de todo el Mundial. Durante el duelo de dieciseisavos de final entre la gran anfitriona y Bosnia-Herzegovina, el delantero Folarin Balogun arrastró sus tacos desde la parte inferior del gemelo hasta el talón de Tarik Muharemovic, defensor rival. Tras revisar la acción en el VAR, coordinado aquel día por el venezolano Juan Soto, el colegiado del encuentro, el brasileño Raphael Claus, expulsó al atacante norteamericano con roja directa.
Pese a quedarse con uno menos, la selección de Mauricio Pochettino logró prosperar (2-0) y accedió a los octavos de final del torneo, donde, ya sin poder contar con su ariete, tendría que verse las caras con Bélgica para acceder a la siguiente ronda, donde esperaría España. Todo viró, sin embargo, horas antes del choque, cuando el presidente Trump descolgó el teléfono y llamó a Gianni Infantino, mandamás de la FIFA.
Fue así como, en una decisión sin precedentes en la historia de los Mundiales, el órgano que rige el torneo levantó el castigo a Balogun y anuló los efectos de la tarjeta roja —dos partidos de suspensión— recibida solo unas horas antes. “Lo único que hice fue pedir [a la FIFA] que se revisara la jugada, porque no me pareció falta… Y bueno, creo que tengo buen ojo para estas cosas”, reconoció abiertamente Trump desde el Despacho Oval de la Casa Blanca. “Yo ni siquiera sabía qué demonios era una tarjeta roja. Cuando me lo explicaron, pensé que era una broma, que me estaban tomando el pelo. En definitiva, la decisión del árbitro me pareció horrible. Luego miré su historial y, bueno, digamos que no era precisamente el mejor”.
El caso desató una oleada de indignación en Bélgica, cuya federación nacional de fútbol (RBFA, por sus siglas en inglés) envió una carta a la FIFA solicitando explicaciones e impugnando la decisión. El órgano dirigido por Gianni Infantino no tardó en declarar “inadmisible” la petición presentada por Bruselas porque, argumentaron, “Bélgica no era parte en el procedimiento y, por tanto, carecía de legitimación para recurrir el fallo”. Balogun terminó jugando y, pese a ello, EE UU cayó con estrépito en los octavos de final del torneo (1-4) ante una selección belga encendida por la polémica.
Solo dos días antes, Jarell Quansah, defensor inglés con ficha en el Bayer Leverkusen, fue expulsado por roja directa en el vibrante duelo de octavos entre los Three Lions y la selección mexicana en el estadio Azteca. Pese al fresquísimo precedente, la FIFA no aplicó el mismo procedimiento que había seguido con Balogun y, a pesar de los lamentos procedentes de las islas, Thomas Tuchel no pudo contar con su lateral derecho titular en cuartos de final ante Noruega ni en semifinales contra Argentina.
No fue, sin embargo, la última polémica de una Copa del Mundo que sostuvieron las grandes estrellas sobre el césped hasta el último día. Tras estrenar el discutido formato de 48 selecciones, 16 más que en ediciones anteriores, la FIFA implantó desde el inicio del torneo, e independientemente de las condiciones climatológicas, dos pausas de hidratación por encuentro, de modo que los partidos pasaron de jugarse en dos partes de 45 minutos a hacerlo en cuatro cuartos de 22 minutos y medio, separados todos ellos por provechosos espacios publicitarios en las señales televisivas de todo el mundo.
El descontento general fue en aumento a medida que avanzaba el torneo, y desde el ecuador de la fase de grupos no hubo ocasión en la que los asistentes a los estadios no hayan abucheado estas interrupciones cuando el árbitro las señalaba.
Quién sabe si por esa presión popular o no, a dos días de que se celebrara la gran final de la Copa del Mundo en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, la FIFA anunció que el último descanso del torneo no duraría media hora —como se había rumoreado tras conocerse el extenso cartel de artistas invitados—, sino 17 minutos, tiempo más que suficiente a ojos de la organización para que, mientras los jugadores de España y Argentina recuperaban fuerzas en las tripas del recinto, se montara y desmontara el macroescenario sobre el que cantarían Shakira, Justin Bieber, Madonna o el grupo de K-pop BTS.
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