Madrid ruge con la segunda estrella de España | Mundial 2026 de Fútbol


Toda la fuerza con la que empujó todo un país a miles de kilómetros de donde la historia acontecía fue recibida ayer por los futbolistas y el cuerpo técnico de la selección española. La victoria de España en Nueva Jersey, que alcanzó, sumando todos los canales, 15.706.000 espectadores de media, provocó que las calles de Madrid, colmadas por casi dos millones de personas según Delegación de Gobierno, se convirtieran en un río de color rojo para abrazar a los nuevos campeones del mundo. Abuelos, hijos y nietos —algunos de estos últimos no vivían o no tienen el recuerdo de cuando España bordó su primera estrella en el pecho— vivieron eufóricos y con emoción desbordante cómo 26 muchachos unieron a todo un país.
Desde primera hora de la tarde la plaza de Cibeles comenzó a teñirse de grana. Paraguas en una mano, bocina en la otra y suministros de agua mínimos para soportar el calor sofocante, grupos y grupos de jóvenes se agolpaban en las vallas frente al escenario. Tampoco faltaron los cánticos. Un “campeones del mundo” por aquí, un “yo soy español” por allá y algún otro cántico que enseguida fue acallado por la potencia de los altavoces que empezaron a escupir unos ritmos de reggaeton a todo trapo.
Cerca de las 19.00 comenzó el show en Cibeles. Un animador que desprendía una energía que contagiaba al público, luego sesiones de Dj, para continuar con un breve concierto del grupo Viva Suecia y de Saiko antes de la llegada de los jugadores que antes de su visita al Palacio de la Zarzuela y al de Moncloa comenzaron su baño de masas en el aeropuerto, donde cientos de aficionados les esperaban, pero no tuvieron la suerte de poder verlos. Después de las visitas protocolarias llegó la fiesta en el autobús.
La multitud bulle a borbotones alrededor de Moncloa. Algo más alejados, aguardando a que llegue el autobús con los jugadores, una pareja espera en la hierba y a la sombra. A pesar de haber vivido las dos finales que ha vencido España, concuerdan en que la primera fue especial. “La alegría de aquel mundial fue mayor. Unió a todo el país. Consiguió que se levantaran todas las barreras entre nosotros, aunque luego acabara desdibujándose”, reflexiona Julián García, madrileño de 59 años. “Estoy feliz por el equipo maravilloso que se ha conseguido reunir, pero creo esta no nos va a unir tanto. No soy muy optimista. Hay demasiada polarización”, razona. “Pero habrá que ver”, concluye dejando el último aliento a la esperanza.
María Luisa Gómez, toledana de 62 años, espera a la rúa en la calle Princesa. Tiene en la muñeca una pulsera con la rojigualda y lleva gafas de sol. Lanza la misma idea: “Me ha encantado cómo esta selección juega en equipo, sin subrayar las genialidades y siendo el bien común lo que prima”, dice. “Ojalá se nos pegue como sociedad algo de lo que es este equipo”.
A los pocos minutos los gritos de “España, España, España” en la multitud alertan de que el autobús se aproxima. Más teléfonos arriba que bufandas al aire. “Vamos, España”, grita un niño con la camiseta del Barça y el nombre de Lamine Yamal. Ya están aquí. Los jugadores se sacan fotos con el público de fondo, levantan la copa y hasta se animan con el champán. Ferran, el goleador de la final, se lleva la gran parte de la atención. “¡Que Ferran ha lanzado un beso a una chica!”, comenta un grupo de adolescentes.
La rúa avanza y es difícil hacerse hueco. Pero en la esquina de la Glorieta de Ruiz Jiménez, Marisa Salmerón, de 90 años, lleva tiempo esperando acompañada de una nieta y dos hijas. Al principio aguarda expectante en la silla de ruedas hasta que el fervor anuncia la llegada de los jugadores. Entonces, se levanta, se apoya con el brazo izquierdo en la barandilla y con el brazo derecho saluda a toda la plantilla española. Tiene pintada en ambas mejillas la bandera rojigualda. Hace 16 años lo celebró en Cibeles con su marido, uno de los primeros socios del Real Madrid, cuenta orgullosa. Murió hace poco, a los 102 años. “Ojalá pudiera ver esto”, dice emocionada pero sin perder la sonrisa. “Estoy muy feliz”, alega.
En la calle de Sagasta, los gritos y vítores comienzan en cuanto el vehículo asoma por una recta que parecía infinita. Los jugadores han sido recibidos al grito de “campeones del mundo”. La multitud, cada vez más ansiosa, se anima entre bocinas y consignas.
Uno entre esa multitud es Jaime Tite, que tenía cuatro años cuando España ganó su primer Mundial. “Pero me acuerdo como si hubiera sido ayer. Teníamos la televisión cúbica esta”, recuerda. Ahora lo vive todo con más intensidad y mejor: rodeado de sus amigos, en la calle. “Ahora sí se puede sentir”.
Los jugadores llegaron a las 22.00 a Cibeles y con su llegada, la locura total. Júbilo entre los asistentes cuando Lamine Yamal y Nico Williams se pegaron sus bailecitos, cuando apareció Marcos Llorente con sus gafas, cuando Oyarzabal salió a escena con Potra Salvaje o cuando en última instancia apareció Rodri, el capitán. “Somos campeones del mundo. Viva la madre que nos parió”, dijo el MVP del Mundial. El centrocampista no quiso olvidarse del goleador de la final. “Me gustaría acordarme de una persona muy importante para mí, un jugador que ha sido injustamente criticado y que hoy es historia del fútbol español: Ferran”. Luego Borja Iglesias tomó los mandos de su mesa de mezclas para hacer de Dj y Aitana saltó al escenario con el público enloquecido para cantar la canción de España en el Mundial, Superestrella.
Una nueva generación ha nacido y con ella la ilusión de seguir conquistando el mundo.
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